Formas de amar

El amor, más que en sentimientos, consiste en hacer feliz a la persona amada. Por eso podemos afirmar que amor es:

Conocimiento y deseo del otro. Desear es buscar con afán lo que no se tiene. La inclinación a la plenitud nos hace desear y amar aquello que nos perfecciona. Amar es gozar de esa plenitud que es fruto de la unión. Previo a esto es conocer al otro. Ningún amante se conforma con un conocimiento superficial de la persona amada: busca conocer del todo hasta llegar a la identificación.

La afirmación del otro. Amar es afirmar todo lo bueno de la persona amada. Esto incluye perdonar sus defectos. “¡Sé que tú no eres así!”. Amar es afirmar al otro también cuando no está presente, amar es recordar, evocar la presencia del amado mediante los recuerdos de los momentos bellos e intensos del pasado.

Anticipación del futuro. Disponer del futuro mediante la elección de queso que está en nuestro poder. Amar es ponerse en el lugar del otro y elegir aquello que el otro elegiría. Ponerse en el lugar del otro es una de las claves para que el amor pueda consolidarse y crecer: cuando esto falta nace la discordia.

Manifestación del amor. La persona es fuente de novedades, tiene una faceta creadora que debe manifestarse también en el amor. El amor aguza la capacidad de superar las dificultades para unirse y conocer al amado, busca siempre nuevas formas de afirmación del otro. Decía Platón que amar es el deseo de engendrar en la belleza. El regalo, el don es la forma más bella de manifestar el amor. Esto supone entenderse a uno mismo como don.

La aspiración a la igualdad

Es imposible comprender que la igualdad no acabe por penetrar en el mundo político como en otras partes. No se podría concebir a los hombres eternamente desiguales entre sí en un solo punto e iguales en los demás; llegarán, pues, en un tiempo dado, a serlo en todos. 

Ahora bien, no sé más que dos maneras de hacer prevalecer la igualdad en el mundo político: hay que dar derechos iguales a cada ciudadano, o no dárselos a ninguno. En cuanto a los pueblos que han llegado al mismo estado social que los angloamericanos, es muy difícil percibir un término medio entre la soberanía de todos y el poder absoluto de uno solo. No hay que disimular que el estado social que acabo de describir se presta casi tan fácilmente a una como a otra de esas dos consecuencias. 

Hay en efecto una pasión viril y legítima por la igualdad, que excita a los hombres a querer ser todos fuertes y estimados. Esa pasión tiende a elevar a los pequeños al rango de los grandes: pero se encuentra también en el corazón humano un gusto depravado por la igualdad, que inclina a los débiles a querer atraer a los fuertes a su nivel, y que conduce a los hombres a preferir la igualdad en la servidumbre a la igualdad en la libertad. 

No es que los pueblos cuyo estado social es democrático desprecien naturalmente la libertad. Tienen por el contrario un gusto instintivo por ella. Pero la libertad no es el objeto principal y continuo de su deseo; lo que aman con amor eterno, es la igualdad; se lanzan hacia ella por impulsión rápida y por esfuerzos súbitos, y si no logran el fin, se resignan; pero nada podría satisfacerles sin la igualdad, y desearían más perecer que perderla

Alexis de Tocqueville en “La democracia en América”, vol. I, 1 parte, cap. 3

Cristianos contra las cruzadas

Magnífica investigación la que hace Martin Aurell  sobre las cruzadas en su libro “Des chrétiens contre les croisades” (XIIe-XIIIsiècle)

Las «cruzadas» han sido, y continúan siendo, un tema estrella en la historiografía y la divulgación histórica. Entre el desprecio dela Ilustración y la sublimación del romanticismo, la historia de estas peregrinaciones armadas ha suscitado todo tipo de reacciones ante lo que puede considerarse uno los fenómenos más controvertidos y singulares del Occidente europeo. Sin embargo, pocas veces aparecen trabajos que cuestionan paradigmas demasiado asentados sobre la compleja relación con el Islam.

Martin Aurell, profesor en la universidad de Poitiers y excelente conocedor de las sociedades aristocráticas, plantea una tesis claramente expuesta en el título del libro: el movimiento cruzado no fue aceptado de manera unánime por los pensadores medievales; es más, se puede rastrear un corriente crítica –apoyada en los valores evangélicos– que despierta con las masacres de la primera cruzada y recorre la historia de los estados cruzados hasta su desaparición en 1291.

La investigación de Aurell revela una paulatina toma de conciencia entre algunos intelectuales sobre la violencia ejercida contra los paganos o cristianos herejes, aportando un interesante contrapunto a los estudios de Jean Flori. El autor no ofrece una reinterpretación del movimiento cruzado, sino una puntualización sobre las voces críticas que denunciaron determinadas actuaciones en esta paradójica empresa bendecida por unos móviles que no pocas veces acababan desencadenando comportamientos contrarios al Evangelio. A las denuncias de Albert, canónigo de Aix-la-Chapelle contra los bautismos forzosos durante la primera cruzada, se sumarán los teólogos de la paz, como Pietro Damián (1007-1072) y los clérigos imperiales que rechazaban el uso de las armas durante la querella de las Investiduras.

El saqueo de Constantinopla (1204), la cruzada albigense (1209-1213) y la pérdida de los últimos enclaves cristianos en Tierra Santa, suscitaron un torrente de discursos sobre la legitimidad de la violencia que llegará hasta la célebre disputa Sepúlveda-Las Casas en la Valladolid de 1550. Sus ecos todavía no se han apagado. La jornada de petición de perdón protagonizada por Juan Pablo II en el año santo del 2000, retoma un lamento antiguo por «las formas de intolerancia e incluso de violencia en servicio de la verdad», que ha sido recogido por la Comisión Teológica Internacional en su reciente documento Dios Trinidad, unidad de los hombres. El monoteísmo cristiano contra la violencia (2009-2014). La Historia de la Iglesia y de la civilización occidental deberá tomar buena nota de ello a la hora de reflexionar sobre un pasado, el medieval, que «no conoció el pensamiento único ni el comportamiento homogéneo»

El camino del hombre

Con cada hombre viene al mundo un ser nuevo que no ha existido nunca, alguien original y único. <<Cada israelita esta obligado a reconocer y considerar que es único en el mundo, que jamás ha existido nunca ningún hombre idéntico a él: si ya hubiera existido un hombre idéntico, no tendría sentido su existencia. Cada persona es diferente y debe realizar su propio ser. Que esto no suceda es lo que retrasa la llegada del <<Mesías». Todos están llamados a desarrollar y realizar personalmente esta unicidad e irrepetibilidad, y a no volver a repetir mas lo ya realizado por otro, por muy grande que fuese ésta persona.

Ya viejo, el sabio Rabí Bunam dijo un día: <<No me cambiaría por el padre Abrahán ¿Qué le reportaría a Dios si el patriarca Abrahán se convirtiera en el ciego Bunam y el ciego Bunam en Abrahán?>>. La misma idea ha sido expresada con mayor agudeza por el Rabí Sussja, quien a punto de morir exclamó: <<En la vida Futura no me preguntaran: ”¿Por qué no has sido Moisés?”; me preguntarán; “¿Porque no has sido Sussia?”>>.

Estamos ante una enseñanza basada en la inigualdad natural de las personas y la imposibilidad, por tanto, de hacerlos iguales. Todos los hombres tienen acceso a Dios, pero cada uno tiene una senda diferente. La diversidad humana, la diferenciación de sus cualidades y tendencias, es la grandeza del género humano. La universalidad de Dios consiste en la multiplicidad infinita de caminos que conducen hasta él, y cada uno de ellos está reservado a un hombre [,..]. Así, el camino a través del cual cada hombre tiene acceso a Dios le viene indicado únicamente por la conciencia de su propio sen; por el conocimiento de su especificidad y la singularidad de su existencia. <<En cada persona hay algo único que no existe en ninguna otra>> 

Martin Buber en “El camino del hombre”

concepto maduro de libertad

¿Qué significa para un niño “ser libre”? Podemos afirmar que para una persona que no ha alcanzado la madurez la libertad es entendida exclusivamente como “estar libre de…” así, por ejemplo, el niño se siente más libre un día de vacaciones porque está libre de ir al colegio o la escuela. Toda escuela es, se quiera o no, una forma de coacción, una de las muchas coacciones con las que se moldea la vida del niño para darle la forma que la sociedad humana considera deseable.

Ahora bien, imaginemos que ese mismo niño va creciendo. Al hacerse algo mayor el niño desea ayudar a sus padres y se siente orgulloso cuando puede acompañar a su padre y llevarle el maletín, o cuando puede ayudar a su madre a hacer un dulce. En este “poder” el niño se siente crecido, capaz de participar en un mundo —que comprende quizá sólo en parte— al que antes no tenía acceso. Dicho mundo, el de las personas mayores, es el mundo de la libertad entendida como “poder hacer…” determinadas cosas, para lo cual se requerirá tener unos determinados conocimientos, adquirir ciertas habilidades, tener capacidad creativa, estar en condiciones de poder asumir responsabilidades, etc. 

A medida que madura la persona, por lo tanto, se va produciendo una maduración del concepto de libertad desde la “libertad de…” a la “libertad para…” poder hacer algo, lo cual supone, ciertamente, un salto cualitativo importante. Una buena educación deberá tender a hacer ver al adolescente que encontrará su mayor satisfacción y se sentirá más profundamente realizado cuando ejerza en la vida la función a la que ha sido destinado, la función que se le ha confiado en el conjunto de la sociedad humana. A quien se le confía algo se le da a la vez una responsabilidad correspondiente. el peso de lo que se le pone en los brazos comunica a todo su ser un nuevo peso interior, y en la experiencia de ese peso consiste también, de algún modo, la experiencia de una más profunda libertad.

Ateísmo resignado

En los tiempos que nos ha tocado vivir contemplamos una multitud de personas que ya no creen en Dios y, por tanto, no esperan nada más allá de la actual vicisitud temporal inmediata. Estamos ante un ateísmo resignado e indoloro. Cómo se echa de menos ese sincero ateísmo dramático de los existencialistas del siglo XX.

Samuel Beckett definió la situación humana como un “vagabundear de gusanos” separados por un gran intervalo, “solos, entre la mugre, más aún, en la oscuridad”. Pero a continuación se sigue, con lógica interna el “bramido” en que estalla el deseo “de algo más importante en lo que haya amor”. Desde el abismo desde la última miseria del hombre apartado de Dios se alza aquí, de nuevo, el grito desesperado, por más que una y otra vez queda sin respuesta.

“Es la historia del “hijo pródigo” traducida a la realidad de nuestra época -dirá Ratzinger-: el ser humano que con su falsa libertad se ha convertido en el último esclavo, ha sido reducido a cuidador de cerdos e incluso envidia a los cerdos”. Esperemos que algún día recuerde también a su Padre.

Narciso

Narciso es el protagonista de un relato antiguo. Era un joven bellísimo que un día contempló su propia imagen reflejada en un espejo de agua. Se enamoró de ella ignorando que la imagen reflejada era él mismo. Se arrojó al agua y se ahogó.

Ningún relato ilustra mejor cuán engañosa es la felicidad fundada en el culto de sí, pero para mucha gente el alfa y la omega de la búsqueda de la felicidad reside en el propio «yo». Si el problema está en esto, en esto se encuentra también la respuesta. ¿Se necesita una aportación externa? Sólo para enriquecerse con ella. Es la felicidad posesiva que descarta fríamente todo lo que podría atraer al hombre fuera del propio nido. El que padece esta enfermedad puede sentirse feliz exclusivamente de sí. Este “cerrarse en el propio capullo” se ha difundido de modo sorprendente en los últimos decenios. Se tiene la impresión de que todas las fronteras se cierran, que puertas y ventanas están atrancadas, que la calefacción central esté abierta al máximo. El lecho de plumas parece haberse convertido en el santuario de toda la familia.

La publicidad colabora a la inflación del yo, como podemos constatar sobre los muros de nuestras calles: mi banco (mímame, mis dineros, mi interés, mi porvenir, mi seguridad…). “Tú” “él” casi han desaparecido.

La desaparición del espíritu de sacrificio produce una sociedad fría, que se hace también superconservadora. Se limita a preservar, no crea nada. ¡Y peor aún! Ante el sufrimiento, la búsqueda de la felicidad pierde su sentido: todo sufrimiento anula la felicidad. De este modo, el hombre se aleja de la verdad misteriosa para la cual la felicidad es bastante fuerte para integrar momentáneamente el sufrimiento y asumirlo. El sufrimiento contiene otra especie de felicidad, una felicidad de registro distinto, una felicidad que sólo conocen los que la han comprendido a la luz de la cruz, Pero algo está claro para cada uno de nosotros: quien quiere ser feliz aquí abajo, debe estar dispuesto a dar cabida al sufrimiento

Godfried Danneels

¿Es Dios bueno y todopoderoso?

A la vista del dolor y las desgracias sin fin que quebrantan la vida del hombre y en particular de los más indefensos, la idea de la existencia de un Dios bueno y personal requiere, para ser admisible, alguna razón por al que Dios no ‘pueda’ evitar tales desgracias, o dicho de otro modo, que tales desgracias tengan una causa que su omnipotencia no ‘pueda’ someter.

Que una voluntad omnipotente no ‘pueda’ evitar algo resulta desconcertante, y más si lo que supuestamente no puede evitar es el dolor y el sufrimiento de unas criaturas. La omnipotencia divina y el sufrimiento humano conjugan un escándalo que no parece mitigarse con la apelación a la culpabilidad del hombre, al tratarse en muchos casos de seres inocentes.

Para algunas personas lo anterior desemboca en la negación de la existencia de un dios con tales  con tales características o en la problematicidad de semejante idea de lo divino. Sin embargo, tal vez exista realmente algo que un Dios omnipotente y creador no pueda sojuzgar precisamente por ser omnipotente: la libertad que ha creado. 

Si existiera un Dios omnipotente y misericordioso que hubiera creado unos seres libres no podría someterlos sin faltar a la justicia con su propia obra, por gratuita que esta fuera. Más todavía, la omnipotencia necesaria para crear seres libres incluye el designio de su respeto fueren las que fueren las consecuencias.

Higinio Marín

Dios y la plenitud humana

“El profundo estupor respecto al valor y a la dignidad del hombre (de todo hombre) se llama Evangelio, es decir Buena nueva. Se llama cristianismo”Juan Pablo II
Nietzsche nos advirtió desde hace tiempo de que la “muerte de Dios” es perfectamente compatible con una “religiosidad burguesa”. El no pensó ni por un momento que la religión se hubiera acabado. Cuando hablaba de la muerte de Dios, lo que ponía en cuestión era la capacidad de la religión para mover a la persona y abrir su mente. La religión se ha convertido en un producto de consumo, una forma de entretenimiento, una forma de consuelo para los débiles o una empresa de servicios emotivos, destinada a satisfacer algunas necesidades irracionales mejor que nadie. Aunque pueda sonar unilateral, puede que Nietzsche tuviera razón.
En esta situación histórica del hombre, donde el cristianismo debe mostrar su relevancia antropológica, su conveniencia humana, precisamente por su capacidad de “mover a la persona y abrir su mente”, el hombre de hoy tomará en serio la propuesta cristiana si la percibe como una respuesta significativa a sus necesidades fundamentales. Para ello el cristianismo cuenta con un gran aliado: todas las dificultades que vive el hombre de hoy no consiguen arrancar de su corazón la esperanza de alcanzar su plenitud humana.
Julián Carrón

La alegría es fuerza

La alegría es oración. La alegría es fuerza. Es como una red de amor que coge a las almas. Dios ama al que da con alegría. El que da con alegría, da más. No hay mejor manera de manifestar nuestra gratitud a Dios y a los hombres que aceptar todo con alegría. Un corazón ardiente de amor es necesariamente un corazón alegre. No dejéis nunca que la tristeza se apodere de vosotros hasta el punto de olvidar la alegría de Cristo resucitado. Continuad dando Jesús a los demás, no con palabras sino con el ejemplo, por el amor que os une a él, irradiando su santidad y difundiendo su amor profundo, id por todas partes. Que vuestra fuerza no sea otra que la alegría de Jesús. Vivid felices y en paz. Aceptad todo lo que él da y dad todo lo que él toma con una gran sonrisa. Madre Teresa de Calcuta.