La tarea del amor

El amor tiene, desde luego, como casi todo en el ser humano, su parte de misterio que hay que respetar, pero pienso que entender bien cuál es la tarea principal del amor ayuda no poco a fortalecerlo y a dar ese salto en el vacío que nos sumergirá en un nuevo horizonte de auténtica libertad con la persona amada.

Yo diría que la tarea del amor (por lo menos del matrimonial, que es del que estoy hablando) se puede expresar así: ayudarte a ser la mejor persona posible con la que compartir la mejor vida imaginable.

  • El fin: que la persona amada sea todo lo que está llamada a ser.
  • El medio: que yo sea para ella todo lo que estoy llamado/a a ser.
  • El resultado: que los dos crezcamos juntos y también juntos logremos todo lo que estamos llamados a alcanzar.

Ante una perspectiva como esta, tras la decisión de amar para siempre, el vértigo se transforma en gozo, en liberación y en certeza mucho antes de lo que uno piensa. Es como saltar en paracaídas: vencido el miedo a saltar, el paracaídas se abre y uno disfruta de la sensación de libertad y grandeza que da volar… con la seguridad, en el caso del amor, de que él, ella estará siempre a nuestro lado. ¿Y cómo lo sé? ¡Porque me lo ha ha dicho! ¡Se ha lanzado conmigo a una vida nueva sin querer volver la vista atrás ni mirar hacia otro lado!

Tomado del blog “Familiarmente”

La ley del más débil

“La salida del estado de naturaleza y la entrada en la civilización se manifiesta en aquella sociedad que concede preferencia a los sobrantes (predilectos de la dignidad), una preferencia de la que sería ilustración, en nuestra experiencia urbana cotidiana, uno de esos coches de alta gama que circulan a gran velocidad por las calles de una ciudad pero están obligados a frenar y detenerse ante un niño despreocupado o un torpe anciano que cruzan ociosamente un paso de cebra. La naturaleza impone la lucha entre las especies animales para seleccionar sólo las más fuertes o mejor adaptadas. Los hombres llegan a esa lucha en las mejores condiciones porque han sustituido las fauces feroces y las garras afiladas por el lenguaje simbólico y la técnica, que obran el prodigio de adaptar la naturaleza a sus necesidades y dominar a las otras especies. Llegados a cierta etapa de la evolución social, la especie humana, sin visible ventaja evolutiva, dándose un lujo que aparentemente sólo ella puede permitirse, eleva un ideal humanitario que supone la derogación de la ley del más fuerte, vigente en la naturaleza, y su sustitución por una nueva y revolucionaria ley del más débil”.

Javier Gomá en su reciente ensayo “Dignidad”

El gran inquisidor

¿Qué hubiera pasado si Jesús hubiera vuelto al mundo? ¿hubiera sido apresado por la Inquisición y acusado de hereje?

Reproducimos aquí algunas notas de una conversación con el  profesor Alfredo Obarrio sobre el relato de  “El gran inquisidor”, incluido dentro de la extraordinaria novela de Dostoievski “Los hermanos Karamazov”.

La aparición de Jesús en la España de la Inquisición lleva a plantear en la novela sugerentes cuestiones de gran calado. El Gran inquisidor reprocha a Jesús sus respuestas ante las tentaciones del desierto. Es una reflexión sobre La fe y elpoder. Habla al hombre de ayer y de hoy. La figura de Cristo resume perfectamente el Cristo del Evangelio. Su luz, la luz de Dios, es apreciada enseguida por el pueblo. Y temida por la Iglesia. Esta venida no es la “parusía”, sino que llega para dar testimonio de que la fe no se forja con la hoguera sino con el amor de Dios. 

Al igual que en el proceso de Jerusalén, Jesús no habla. Calla. Al gran inquisidor si se le describe. Hombre enjuto y con fuego en los ojos. No es un hombre de Dios. Lo fue. Pero sucumbió a la tentación del diablo. Todo en él es sombrío. Le hace ver q las tres tentaciones se han cumplido por lo que le pregunta ¿quién tenía razón tú o él? 

Primera tentación:  Jesús vino a traer la libertad al hombre, pero esta quita pan. La libertad le abruma. Es una cargademasiado pesada. Lo importante es el bienestar personal. Por esta razón le recrimina a Jesús que vaya por el mundo con las manos vacías y con la promesa de libertad.  ¿Ante quien nos inclinamos: ante quien nos ofrece el pan o la libertad?  La humanidad escogerá el pan y volverá a construir una segunda torre de Babel. Por eso -le dice- que el diablo luchará contra Jesús y le vencerá.

Segunda tentación: precipitarse al vacío. Jesús no fundamentó su palabra en el milagro, el milagro refuerza o atestiguaque e Hijo de Dios. Pero el pueblo busca el milagro. Y si no se lo ofrecen recurren a los curanderos. La prueba es que Jesús no bajo de la Cruz.

Tercera tentacion: es la tentación del Clericalismo y del cesaropapismo. Ciertamente todo se ha cumplido, en mayor o en menor grado.

Y lo triste que quien llegó a ser hijo de Dios, como el inquisidor, claudicó a la tentación del diablo, que consiste encorregir la obra de Dios, para q los hombres sean “felices” a costa de renunciar a su libertad y a su alma. (Cfr. “Un mundo Feliz”, “1984”, etc.)

En el fondo el demonio lo que propone es: “deja que se pierda el reino de los cielos, para que asumamos, como único reino, el de la tierra”, porque el no piensa en la salvación de los hombres, para eso esta Jesucristo, sino en gobernarnos como a esclavos, por eso la libertad debe ser reprobada y, al serlo, ya no seremos hermanos, sino siervos -del pecado-.

Comunión

El concepto de comunión es uno de los más utilizados en la teología actual, pero no siempre es fácil de entender. Dios en su ser es comunión, el Espíritu es Espíritu de comunión y Cristo es cabeza de un cuerpo que es la Iglesia. Comunión es la vida trinitaria divina, vida hecha de escucha, intercambio y donación recíprocos entre las personas divinas. 

Sien do constitutiva de la vida divina, la comunión es esencian también para la Iglesia. Si no se plasma su rostro en la historia como rostro de comunión, la Iglesia se reduce a organización sociológica y ya no es la Iglesia de Dios. La Iglesia ha recibido el mandato de ser lugar de la superación de todas las barreras y discriminaciones culturales y sociales, lugar de la diversidad reconciliada, de las diferencias integradas mediante la comunión.

Así, “la Iglesia no sólo es reflejo de la comunión dinámica de las personas divinas, sino icono de la humanidad reconciliada, imagen del cosmos redimido, profecía del Reino. Justamente esto es lo que debe manifestar toda Eucaristía, corazón de la comunión. En la comunión la Iglesia se juega la obediencia a la vocación recibida de Dios y el cumplimiento de su testimonio y misión en el mundo”. Enzo Bianchi.

“Arriba” y “abajo”

Con frecuencia el lenguaje espiritual utiliza los términos de “arriba” y “abajo” para referirse al cielo y al infierno ¿tiene esto sentido hoy en día? “La ascensión y el descendimiento a los infiernos constituyen la expresión de la imágen del mundo en tres pisos, que llamamos mítica y creemos haber superado definitivamente. El mundo de “arriba” y de “abajo” es siempre mundo, regido por las mismas leyes físicas. El mundo no tiene pisos; los conceptos “arriba” y “abajo” son relativos, dependen del lugar que ocupe el observador. Como no se da un punto absoluto de relación -la tierra ciertamente no nos lo ofrece-, no se puede hablar de “arriba” y “abajo” en el campo espiritual. El mundo no ostenta direcciones fijas. Nadie se molesta hoy día en discutir seriamente tales concepciones; ya no creemos en el mundo entendido espacialmente como un edificio de tres pisos, ¿pero es esto lo que se afirma cuando la fe dice que el Señor bajó a los infiernos o que subió a los cielos?”

Para Ratzinger el cielo no es un lugar. “el cielo no es un lugar que, antes de la ascensión de Cristo, estaría cerrado por un decreto justiciero y positivista de Dios, pero que después estaría abierto también positivistamente. La realidad cielo nace más bien mediante la unión de Dios y el hombre. Hemos de definir el cielo como un contacto de la esencia del hombre con la esencia de Dios; esta unión de Dios y el hombre en Cristo que venció al bios por la muerte, se ha convertido en vida nueva y definitiva. El cielo es, pues, el futuro del hombre y de la humanidad, futuro que no puede darse a sí mismo, futuro que por vez primera se abrió en el hombre por quien Dios entró en el ser hombre.”

Por oro lado “el hombre puede darse a sí mismo la profundidad que llamamos infierno. Hablando con claridad, diremos que consiste formalmente en que él no quiere recibir nada, en que quiere se autónomo. Es expresión de la cerrazón en el propio yo. La esencia de esta profundidad consiste, pues, en que el hombre no quiere recibir nada, en que no quiere tomar nada, sino sólo permanecer en sí mismo, bastarse a sí mismo. Si esta actitud se realiza en su última radicalidad, el hombre es intocable, solitario.”

Pasaje de: Joseph Ratzinger. “Introduccion al Cristianismo”.

¿Quiere Dios el sufrimiento?

En el centro de muchas religiones está la idea de sacrificio, entendido como acto de culto a la divinidad consistente en una ofrenda cruenta o de algo costoso. La pregunta inevitable es ¿quiere Dios el sufrimiento?. 

La respuesta de Ratzinger en “Introducción al cristianismo” es muy sugerente: “La esencia del culto cristiano no es el ofrecimiento de cosas ni la destrucción de las mismas, como a partir del siglo XVI afirmaban las teorías del sacrificio de la misa; se decía que de esa forma se reconocía la supremacía de Dios.

El acontecimiento Cristo y su explicación bíblica ha superado todos esos ensayos de ilustración. El culto cristiano consiste en lo absoluto del amor que sólo podía ofrecer aquel en quien el amor de Dios se ha hecho amor humano”

El fin de todo culto verdadero es la adoración, suprema posibilidad del ser humano. El Crucificado ha fundido el cuerpo de la humanidad en el “sí” de la adoración a la que se pueden unir todos los hombres. 

El verdadero culto espiritual tiene su clave en el amor sacrificado, en la entrega y “está en tensión perpetua consigo mismo, separado y muy sobre sus posibilidades de distensión, así la adoración (sacrificio) siempre es también cruz, dolor de separación, muerte del grano de trigo que sólo da fruto si muere”. 

Pero esto indica que lo doloroso es un elemento secundario nacido de algo más fundamental que lo precede y que le da sentido. El principio constitutivo del sacrificio no es la destrucción, sino el amor. En cuanto que el amor rompe, abre, crucifica y divide, todo esto pertenece al amor como forma del mismo, en un mundo marcado con el sello de la muerte y del egoísmo.”

Pasaje de: Joseph Ratzinger. “Introduccion al Cristianismo”.

La ambivalencia del progreso

El Papa Francisco pasará a la historia por ser un gran impulsor de la doctrina social de la Iglesia. Es una firme convicción suya la idea de que la economía ocupa un lugar importante en la reflexión de la Iglesia, que mira al hombre y a la mujer como personas llamadas a colaborar con el plan de Dios mediante el trabajo, la producción, la distribución y el consumo de bienes y servicios. A continuación escogemos algunas ideas del Papa Francisco, del prólogo del libro Poder y dinero:

“Si miramos la economía y los mercados globales, un dato que vemos es su ambivalencia. Por una parte, nunca como en estos años la economía había permitido a miles de millones de personas asomarse al bienestar, a los derechos, a una mejor salud y a muchas otras cosas. Al mismo tiempo, la economía y los mercados han tenido un papel en la explotación excesiva de los recursos de todos, en el aumento de las desigualdades y en el deterioro del planeta.”(…)

“Nuestro mundo es capaz de lo mejor y de lo peor. Siempre lo ha sido, pero hoy los medios técnicos y financieros han amplificado la potencialidad del bien y del mal. Hay partes del planeta que nadan en la opulencia mientras que otras no tienen lo mínimo para sobrevivir. En mis viajes he podido ver estos contrastes más de lo que me había sido posible en Argentina. He visto la paradoja de una economía globalizada que podría alimentar, cuidar y dar cobijo a todos los habitantes que pueblan nuestra casa común, pero que –como indican algunas estadísticas preocupantes– concentra en las manos de poquísimas personas la misma riqueza que constituye la renta anual de prácticamente la mitad de la población mundial. He constatado que el capitalismo desenfrenado de las últimas décadas ha ampliado aún más el abismo que separa a los más ricos de los más pobres, generando nuevas pobrezas y esclavitudes.”

“En buena parte, la actual concentración de las riquezas es fruto de los mecanismos del sistema financiero. Mirando a las finanzas vemos además que, en la época de la globalización, un sistema económico basado en la proximidad se topa con no pocas dificultades: las instituciones financieras y las empresas multinacionales alcanzan tales dimensiones que condicionan las economías locales, lo que ocasiona a los Estados cada vez más dificultades para obrar bien en favor del desarrollo de las poblaciones.”

“Por otra parte, la falta de reglamentación y de controles adecuados favorece el crecimiento de capital especulativo, que no está interesado en inversiones productivas a largo plazo, sino que persigue el lucro inmediato.”

Primeramente como simple cristiano, luego como religioso y sacerdote y por último como Papa, opino que las cuestiones sociales y económicas no pueden ser ajenas al mensaje del Evangelio . por eso, siguiendo los pasos de mis predecesores, trato de ponerme a la escucha de los actores presentes en la escena mundial, dando voz especialmente a los pobres, los descartados y los que sufren. 

En su difusión del mensaje de caridad y justicia del Evangelio, la Iglesia no puede quedarse callada frente a la injusticia y el sufrimiento, sino que puede y quiere unirse a los millones de hombres que dicen no a la injusticia de modo pacífico.

Santidad y belleza

La tradición cristiana, sobre todo la occidental, ha hecho una interpretación esencialmente moral de la santidad. Pero la santidad es gracia, es regalo que exige la apertura fundamental al don divino. La santidad plantea la primacía del ser sobre el obrar, del don sobre el deber, de la gratuidad sobre la ley.

Tener una conducta santa no es otra cosa que tener una “conducta bella”. Articulada como belleza, la santidad se manifiesta ante todo como un acontecimiento de comunión, en nada semejante a una empresa individualista, fruto del esfuerzo heroico de cada uno. Se trata de una comunión plasmada icónicamente en Moisés y Elías que aparecen en el pasaje de la Transfiguración en un “resplandor glorioso” (Lc 9, 31).

“¿Cómo no recordar la catedral de Chartres –afirma E. Bianchi- con las imágenes de los santos reunidos en torno al Buen Dios como rayos que proceden del único sol? La gloria de Aquél que es el “autor de la belleza” brilla en el rostro de Jesús”. 

“Porque Dios, que ordenó que la luz resplandeciera en las tinieblas, hizo brillar su luz en nuestro corazón para que conociéramos la gloria de Dios que resplandece en el rostro de Cristo” (2 Cor 4,6).

Si la belleza es “una promesa de felicidad”, como dice Stendhal, entonces todo gesto, toda palabra, toda acción inspirada en ella se convierte en profecía del mundo redimido, de la humanidad congregada en la Jerusalén celeste en una comunión sin fin. La belleza es profecía de la salvación.

La paciencia

“El Señor, Dios clemente y misericordioso, es lento para la ira y rico en fidelidad”. Ex 34, 6.

La paciencia es una prerrogativa divina, Dios es magnánimo, constante, paciente, “lento a la ira”. Para un cristiano la paciencia es “capacidad de ver y de sentir con magnanimidad”, es decir, el arte de acoger y vivir lo inacabado. En este segundo aspecto la paciencia se revela necesariamente como humilde: lleva al hombre a reconocerse como inacabado, y en este sentido se convierte en paciencia con uno mismo; además reconoce que las relaciones con los otros son frágiles e imperfectas, por tanto se estructura como paciencia con los otros.

La paciencia es la virtud de una Iglesia que espera al Señor, que vive responsablemente el “todavía no” sin anticipar el fin y sin erigirse a sí misma como el fin último del designio de Dios. Rechaza la impaciencia tanto del fanatismo como de la ideología, y recorre la vía fatigosa de la escucha, de la obediencia y de la espera en relación con los otros y con Dios, para construir la comunión que es posible, histórica y limitada, con los otros y con Dios. La paciencia es atención al tiempo del otro (entendido como proceso), en la plena conciencia de que el tiempo se vive en plural, con los otros, convirtiéndolo en acontecimiento de relación, de encuentro, de amor.