Individualismo vs humanismo

El la sociedad actual es fácil constatar un distanciamiento creciente entre el individualismo moderno, con su pretensión de un ser humano emancipado y autónomo, que se entiende a sí mismo y aspira a realizarse sin remitir a una alteridad (Dios y los demás), y el humanismo cristiano.

El yo moderno se considera una autónomo (“auto-nomos”, ley para si mismo), mientras que para una visión agustiniana, por ejemplo, el hombre se remite constitutiva y existencialmente  a Dios y al prójimo. Sin la referencia a Dios y a los demás no puedo entenderme a mí mismo ni realizarme en mi personalidad auténtica, porque el yo humano remite constitutivamente (según su fin) a Dios y al prójimo. El fundamento y el sentido de la persona no se encuentran en sí misma: un ser humano ego-céntrico y auto-referencial se enajena, se pierde a sí mismo.

Luis Romera

Quejarse cansa

Le preguntaron una vez a Quilón, uno de los siete sabios de Grecia, qué diferenciaba a las personas educadas de las ignorantes. Respondió que se distinguían unas de otras por «sus esperanzas». Es decir, por la calidad de sus deseos y ambiciones, de sus ansias y trabajos, de sus intereses y desvelos. Al ignorante que parece sabio le traicionan sus esperanzas pequeñitas y egoístas, vanidosas casi siempre. Y al revés, al que parece iletrado le hacen culto sus ganas de infinito.

También se suele atribuir a Quilón la enumeración de las tres tareas más difíciles de la vida: guardar un secreto, emplear bien el tiempo de ocio y soportar la injusticia. Solo se puede soportar la injusticia, según los sabios griegos, con mucha fortaleza, que es virtud fundamental. Porque toda injusticia supone una falta de verdad grave, que la hace dolorosísima, sobre todo si quien la padece no tiene modo de defenderse. Muchos lo solucionan recurriendo a la queja. Pero la queja resulta siempre ineficaz y peligrosa, porque deviene muy pronto en una especie de recurso cultural que sirve para amparar perezas o torpezas. Una periodista contó en las redes sociales que el músico Kiko Veneno le dijo: «Tú no te quejes, que si te quejas te cansas más. Nunca he admirado a nadie que se queje».

Paco Sánchez

salvar vidas

En relación con la atención a pacientes con covid-19, Adela Cortina, catedrática emérita de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia y miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, recomienda con buen criterio “no recurrir a criterios de priorización hasta no haber agotado todas las posibilidades existentes para disponer de los recursos asistenciales necesarios y para optimizar el uso de los disponibles. Lo esencial es planificar, ampliar los recursos, derivando de unos centros a otros, de unas comunidades a otras; evitar en lo posible llegar al punto en que el personal sanitario no tiene más remedio que tomar “decisiones trágicas”. Y es curioso cómo se amplía el campo de lo posible cuando quien tiene que determinar qué es lo posible está empeñado en salvar vidas, y cómo se encoge hasta el raquitismo cuando esas vidas no le importan. El posibilismo es una planta asombrosamente moldeable, se estira y se encoge. Es entonces esencial crear una trama de solidaridad entre todos los centros, públicos y privados, sin acepciones ideológicas. Pero si, desgraciadamente, llega el momento de tener que elegir, porque realmente los recursos no alcanzan, entonces se prescribe no discriminar por razón de edad o de discapacidad, sino considerar caso por caso, teniendo en cuenta la situación clínica y las expectativas objetivas de cada paciente. Los pacientes de mayor edad deben ser tratados en las mismas condiciones que el resto de la población, atendiendo a criterios de cada caso particular, y lo mismo sucede con las personas con discapacidad o demencia. El igual valor de todas las personas así lo exige”.

Al salir de casa

Dirígete al ángel custodio. Pero no solo para que te preserve de los peligros o para que te consiga evitar las múltiples insidias del mal. Pídele para que te ayude a afrontar los riesgos de los choques. Que te libre de los prejuicios, de las sospechas injustificadas, de la desconfianza, de las obstrucciones que te impiden estar disponible para las sorpresas.

Pídele que te disponga a aprender de cualquiera, preparado para recibir hasta de ése de quien piensas que eres tú quien tiene que darle. Rézale para abundar en atención, para ser grande en capacidad de escucha, para que la mano del ángel te pare cuando, fastidiado, querrías escabullirte, pasar de largo. Para tener la generosidad más difícil: la confianza.

Rézale para lograr sospechar que puedes descubrir algo hermoso, bueno, verdadero, allá donde no te esperarías nada. Para dejarte sorprender por lo imprevisible. Para caer en la cuenta de que, con cualquiera que te encuentres, también el pobre que te alarga la mano o el viejecito que te cuenta sus recuerdos que ya has oído tantas veces, puede ser “enviado” por Dios con su mensaje para entregártelo hoy.

Sí, el ángel va contigo no sólo para cubrir tu cabeza con la sombrilla de la protección divina, sino también para pedirte que camines con la cabeza descubierta para afrontar los riesgos, para capturar ese rayo de sol “imposible” en un día nublado, para recoger una canica dorada en un charco. Para descubrir que en tu camino no sólo existen peligros, sino también oportunidades.

La ecología del espíritu

La ecología es armonía; y tiene un nombre: paz. La paz con uno mismo, con los demás, con la naturaleza…, eso es ecologismo. Más aún, está “convencido de que respetando a la persona se promueve la paz”. Este es el verdadero ecologismo del espíritu.

Hoy es necesario rescatar los valores más genuinos, aquellos que nos han hecho grandes a los europeos y que invitan a una visión optimista del ser humano. En esta tarea, no podemos ni debemos claudicar. Nos va la dignidad y, con ella, el progreso. A veces, da la impresión de que, a más medios materiales, más egoísmo y más miseria moral; y no debe ser así. Es necesario conseguir un equilibrio para no caer en el barbarismo de una disrupción entre el desarrollo material y el espiritual, pues ambos se reclaman para esa justa paz que anida en nuestros corazones.

Hay una relación directa entre la destrucción del medio ambiente y la ruina moral y material de no pocas personas. Paz que, como definió Agustín de Hipona, es «tranquillitas ordinis», la tranquilidad en el orden, es decir, aquella situación que respeta la verdad de la naturaleza y del hombre. Si el progreso material está hipertrofiado y el espiritual está tendencialmente atrofiado, hay un desequilibrio que es siempre violento. Y lo califico de tendencial porque es libremente buscado, inducido por la claudicación intelectual que insiste en el “tener” sobre el “ser”.

Pedro López

Lo que está mal en el mundo

“¿Qué está mal en el mundo?”, deberíamos responder como se dice que Chesterton hacía cuando le preguntaban. “Yo”, replicaba.

El problema es que nosotros somos el problema. Es la humanidad caída y rota la que está en la raíz de lo que está mal en el mundo.

“Yo”, dice Chesterton.

“Nosotros”, deberíamos responder, a coro.

“No se ha probado y encontrado imperfecto al ideal cristiano”, dice Chesterton, “se le ha encontrado difícil y ni siquiera se ha intentado” (Lo que está mal en el mundo, I, 5, El templo inacabado).

Y ése es el problema. Eso es lo que está mal.

Se nos pide amar, que consiste en entregar nuestra vida por los demás, pero esto solo es posible si tenemos la humildad de ponernos a nosotros mismos en segundo o último puesto.

Si somos orgullosos en vez de humildes, nos pondremos a nosotros en primer lugar y a los demás en segundo o último plano. Si somos orgullosos, exigiremos nuestros derechos y no asumiremos nuestras responsabilidades. Y si no ponemos nuestras responsabilidades por delante de nuestros derechos, no podremos ser buenos esposos, buenos padres ni buenos ciudadanos. Nos moverán nuestras propias exigencias de lo que queremos, y no las exigencias que nos plantean quienes necesitan nuestro amor. Nosotros seremos el problema. Nosotros seremos lo que está mal en el mundo.

Si somos orgullosos, contemplaremos las cosas en términos de derecha e izquierda, y no en términos del bien y del mal. Habremos sustituido la buena moral por la mala política.

Joseph Pearce

Comprender a los pobres

Leemos en los distintos informes que la OCDE ha publicado sobre cooperación al desarrollo. Una de sus principales conclusiones es que los esfuerzos por combatir la pobreza deben centrarse en promocionar a los pobres para que sean ellos quienes contribuyan al cambio social.

Qué quieren los pobres. Meera Tiwari, investigadora del “School of Law and Social Sciences” de la Universidad de East London, se plantea dos preguntas en uno de los capítulos: ¿Cómo ven la pobreza los pobres? ¿Qué podemos aprender de ellos sobre el tipo de ayudas que necesitan? Tiwari analiza cuatro programas a medida que están resultando eficaces en zonas rurales, dos en la India y los otros dos en Etiopía y Tanzania.

Su primera conclusión es que la pobreza no se reduce a la escasez económica. La mayoría de los encuestados en las cuatro regiones asocian la lucha contra la pobreza a una combinación de factores no económicos como la salud, el acceso a la educación o la necesidad de infraestructuras. Además, sus testimonios dejan claro que lo que los pobres perciben como pobreza varía de un lugar a otro.

Mientras que en los estados de Madyha Padress y Bihar –considerados hasta hace poco entre los más pobres de la India–, los agricultores tienen dificultades para distribuir sus cosechas, los de la región etíope de Sidama quieren aprender a adaptarse a los cambios meteorológicos; y los de la zona del Kilimanjaro, al nordeste de Tanzania, necesitan instalaciones sanitarias, agua potable y educación para combatir enfermedades como la malaria o la diarrea.
Este enfoque –basado en las teorías de Amartya Sen– permite conocer lo que necesitan los pobres en cada lugar y qué es lo que piensan ellos que hay que hacer, lo que se traduce en una mayor implicación de los beneficiarios. Para Tiwari, la clave del éxito de esos programas está en la colaboración de los líderes locales, que son los que ayudan a que la gente use los servicios sociales y las infraestructuras que se ponen en marcha.

El dinero de un modelo fracasado

Aquí una descripción simple del modelo, tomado del análisis de un buen amigo:

Si consideramos que el dinero fiat es un pasivo (deuda) que se emite sin contrapartida de activos tangibles, solo comprometiendo la producción futura, entonces quienes emiten ese dinero nos deben a los tontos, quienes utilizamos nuestro tiempo de vida y nuestra energía trabajando o invirtiendo en la economía real, para producir la verdadera riqueza que es: conocimientos, bienes y servicios (PIB), pero nos pagarán esa deuda con inflación y devaluación, que con el tiempo convertirán la deuda en negativa, lo cual implica que después del expolio realizado, aún sigamos debiendo a los expoliadores.

Esta es la razón de la indignación de quienes protestan a nivel global, aunque ellos aún no entienden porque han perdido su pasado y porque no tienen ningún futuro, pues no tienen ahorros o inversiones que valgan y reciben ingresos reales precarios, por usar un modelo económico fraudulento y fracasado, que favorece a la especulación y castiga a la producción, mediante el uso de dinero que es una estafa, debido a que no conserva su valor.

Julio H. Correa

Deuda internacional y pobreza

En el año 1987 (“Sollicitudo rei socialis”, 19) Juan Pablo II advertía de un peligroso obstáculo para combatir la pobreza

La razón que movió a los países en vías de desarrollo a acoger el ofrecimiento de abundantes capitales disponibles fue la esperanza de poderlos invertir en actividades de desarrollo. En consecuencia, la disponibilidad de los capitales y el hecho de aceptarlos a título de préstamo puede considerarse una contribución al desarrollo mismo, cosa deseable y legítima en sí misma, aunque quizás imprudente y en alguna ocasión apresurada.

Habiendo cambiado las circunstancias tanto en los países endeudados como en el mercado internacional financiador, el instrumento elegido para dar una ayuda al desarrollo se ha transformado en un mecanismo contraproducente. Y esto ya sea porque los Países endeudados, para satisfacer los compromisos de la deuda, se ven obligados a exportar los capitales que serían necesarios para aumentar o, incluso, para mantener su nivel de vida, ya sea porque, por la misma razón, no pueden obtener nuevas fuentes de financiación indispensables igualmente.

Por este mecanismo, el medio destinado al desarrollo de los pueblos se ha convertido en un freno, por no hablar, en ciertos casos, hasta de una acentuación del subdesarrollo.

¿Sigue vigente esta visión del problema por parte de la Iglesia? El pasado 12 de abril el papa Francisco recordó: “Considerando las circunstancias, se relajen además las sanciones internacionales de los países afectados, que les impiden ofrecer a los propios ciudadanos una ayuda adecuada, y se afronten —por parte de todos los Países— las grandes necesidades del momento, reduciendo, o incluso condonando, la deuda que pesa en los presupuestos de aquellos más pobres”.

Pero ¿es justo no pagar las deudas? Ya Juan Pablo II se planteaba la cuestión: “Es ciertamente justo el principio de que las deudas deben ser pagadas. No es lícito, en cambio, exigir o pretender su pago cuando éste vendría a imponer de hecho opciones políticas tales que llevarían al hambre y a la desesperación a poblaciones enteras. No se puede pretender que las deudas contraídas sean pagadas con sacrificios insoportables”.

Sonrisas

La cara risueña juega un papel de primer orden en las relaciones humanas. A veces, cuando se encarece la importancia que este bello gesto tiene en la convivencia, se suele argumentar con cierto escepticismo que todo eso está muy bien, que por supuesto, es un «tic» bonito, pero que expresarla no es tan fácil, pues «la sonrisa nace, no se hace». Es ésta una frase breve, redonda, que, como otras muchas máximas ingeniosas, no deja de ser más que una verdad a medias. Si con este dicho se quiere afirmar que es un gesto instintivo, vale; no hay nada que objetar. Si, por el contrario, de lo que se trata es de postular que es sólo privilegio de unos pocos, no estoy de acuerdo.

Al igual que otros muchos gestos humanos, la sonrisa es una expresión del rostro, fácil de activar y que está al alcance de cualquiera que quiera realizarla. No hay raza, cultura o nacionalidad que no la reconozca, la aprecie y la emplee para manifestar sus alegrías, su felicidad o como recurso para hacer el trato con la gente más grato. Los orientales, y más en concreto los chinos, que, además, entienden bastante de sonrisas, tienen dos proverbios que ilustran bien su papel y su importancia en la vida social: «un día sin sonreír, un día perdido»; o aquel otro que reza así: «la persona que no pueda sonreír, que no ponga una tienda». Si la lectura del rostro es decisiva a la hora de conocer a una persona y saber a qué atenerse en el trato con ella, cabría decir lo mismo de un gesto tan personal y socorrido como éste.

No es fácil, sin embargo, discernir de sonrisas. ¡Son tantas y tan ambiguas! Ni siquiera el mismo Paul Eckman, una de las máximas autoridades en el lenguaje gestual, llegó a dar con una clasificación de ellas que fuera convincente. Sonrisas hay tantas cuantos individuos, estados de ánimo y situaciones existen.

Ateniéndonos a la intencionalidad de la persona, se puede hablar de tres clases de sonrisas: la sentida, la media sonrisa y la falsa. La sentida es la producida por la alegría, por la felicidad o por el optimismo. Es la más fácil de detectar. Moviliza los ojos, los labios, al tiempo que parece iluminar todo el semblante de la persona. Es el gesto-rey; es la sonrisa propiamente dicha. Cuando, de algún modo, los ojos parecen desmentir lo que la boca intenta expresar o la frialdad de la mirada no está en armonía con los labios y el resto de las facciones, el resultado es la media sonrisa. Son ejemplos de ella la sonrisita o sonrisa irónica, y un sinnúmero de expresiones faciales equívocas bien difíciles, a veces, de discernir. La fingida o falsa, por último, es el gesto forzado, fácilmente detectable por la violencia con que se emplean tanto los ojos como los labios que, por cierto, no deja de tener cierto atractivo. Paradójicamente, es la sonrisa que más tiempo permanece en el rostro.

Luis Carlos Bellido, en Aprender a sonreír.