El problema de la conciencia

El problema de la conciencia se ha convertido actualmente, sobre todo en el ámbito de la teología moral, en un punto esencial del conocimiento moral católica. La disputa gira en torno a los conceptos “libertad” y “norma”, “autonomía” y “heteronomía”, “autodeterminación” y “heterodeterminación” por la autoridad. La conciencia aparece en todo ello como baluarte de la libertad frente a las constricciones de la existencia causadas por la autoridad

En la controversia se contraponen dos concepciones de lo católico: un entendimiento renovado de su esencia, que despliega la fe cristiana desde el fondo de la libertad y un anticuado modelo “preconciliar”, que subordina la existencia cristiana a la autoridad, la cual regula la vida hasta en sus más íntimos recintos tratando de mantener su poder sobre los hombres. De este modo, la moral de la conciencia y la moral de la autoridad parecen enfrentarse como dos morales contrapuestas.

La libertad del cristiano quedaría a salvo gracias a la proposición originaria de la tradición moral: la conciencia es la norma suprema, que el hombre ha de seguir incluso contra la autoridad. Cuando la autoridad, en este caso el Magisterio de la Iglesia, hable sobre problemas de moral, podrá suministrar el material a la conciencia, que se reserva siempre la última palabra, para que forme su propio juicio. La concepción de la conciencia como instancia última es recogida por algunos autores en la fórmula “la conciencia es infalible”.

En este punto se puede, con todo, plantear la oposición. Es incuestionable que debemos seguir siempre el veredicto evidente de la conciencia o, al menos, que no debemos obrar en su contra. Cosa muy distinta es saber si el fallo de la conciencia tiene razón siempre, si es infalible. Decir que lo es significaría tanto como establecer verdad alguna, al menos en asuntos de moral y religión, es decir, en ese ámbito que forma el fundamento constitutivo de nuestra existencia. Como los juicios de conciencia se contradicen unos a otros, sólo habría una verdad del sujeto, que se reduciría a su veracidad.

Joseph Ratzinger en “liberar la libertad” pp. 91-92.

Leer un clásico

Leer un clásico no presenta mayor riesgo que la lectura de algo actual de cierto nivel literario. Es decir, exige una vivaz atención, y tal vez cierta lentitud, para llegar a captar con precisión lo que nos dice por encima de los ecos de su trasfondo de época. Más allá de las convenciones de estilo, lo que caracteriza a un libro clásico es el hecho de que pervive porque fue interesante y emotivo y capaz de sugerir apasionadas lecturas al lector de cualquier época. Classicus quería decir en su origen “con clase” o “de primera clase”, según los mandarines de la crítica; pero los grandes clásicos no requieren lectores muy selectos ni con título especial, sino inteligentes y despiertos, porque versan sobre aspectos esenciales de la condición humana. Un libro clásico es el que puede releerse una y otra vez y siempre parece inquietante y seductor porque nos conmueve y cuestiona, a veces en lo íntimo, y, como escribió Italo Calvino, “siempre tiene algo más que decir”. Por eso se ha salvado del gran enemigo de toda cultura: el abrumador olvido (hablo de los libros, pero vale lo mismo para los clásicos de la música o de otras artes).

Carlos García Gual

Mirar con asombro

El mensaje que el cardenal Parolin ha enviado al encuentro de Rimini, de parte del Papa Francisco (5-VIII-2020), subraya la posibilidad del asombro, para descubrir, también en medio de las experiencias dramáticas de la pandemia, con ojos de niño (cf. Mt 18, 3) el valor de la existencia humana, de la existencia de los demás seres y del amor, Y también el don de la fe. Ese asombro se traduce ahora –puede y debe traducirse– en compasión y en servicio a las necesidades de quienes nos rodean.

En efecto. La admiración, el asombro o estupor tiene que ver con la capacidad de mirar. El guardagujas le dice al Principito (capítulo XXII) que en los trenes los viajeros no buscan ni persiguen nada, normalmente duermen o bostezan; “únicamente los niños aplastan su nariz contra los vidrios…. únicamente ellos saben lo que buscan…”.

Si el principio de la filosofía es la atención hacia la realidad y la vida, también el asombro –capacidad exclusivamente humana– es condición para captar el Misterio que está en la raíz y el fundamento de todas las cosas y especialmente de todo lo que tiene que ver con las personas, la nostalgia y el anhelo de infinito. Con ello se conecta el camino de la belleza, cuya plenitud se encuentra en Cristo, que revela la maravilla de la vida cuando se descubre un amor que salva.

“Diversas personas –se lee en ese mensaje– se han apresurado en la búsqueda de respuestas o incluso solo de preguntas sobre el sentido de la vida, a lo que todos aspiramos, aunque no seamos conscientes: en lugar de apagar esa sed más profunda, el confinamiento ha reavivado en algunos la capacidad de maravillarse ante personas y hechos que antes se daban por supuestos. Una circunstancia tan dramática ha restituido, al menos un poco, un modo más genuino de apreciar la existencia, sin la complejidad de las distracciones y pre-conceptos que manchan la mirada, desdibuja las cosas, vacía el asombro y nos priva de preguntarnos quiénes somos”.

Ramiro Pellitero

La filosofía se ha vuelto loca

“El francés Jean-François Braunstein -es la lúcida reseña del escritor Enrique García-Máiquez para Nueva Revista– repasa en La filosofía se ha vuelto loca (Ariel, 2019) algunas teorías ideológicas -y sus autores, como Judith Butler- que configuran nuestra sociedad y sus agendas políticas. Teorías “peligrosamente populares” las ha calificado Fernando Savater. Braunstein desentraña esas ideas con un contundente aparato crítico, no sólo por la cantidad de citas y autores tratados, sino también por la finura de sus observaciones. Obsérvese la ironía: «Las cuestiones relativas al género, al derecho de los animales y a la eutanasia han cruzado el Atlántico y se han convertido en debates sociales, que supuestamente deben apasionarnos». Hay una oscilación entre la información rigurosa y la chispa epigramática, que aparece aquí y allá, como un aliviadero, cuando el autor, que trata de mostrarse siempre ecuánime, no puede más. Ese juego de tonos contribuye a una lectura dinámica, que va y viene de la información a la crítica, aunque sin confundir los planos. (…)

Con todo, la pulsión epigramática de Braunstein no le distrae de subrayar la seriedad de lo que nos jugamos. Se trata de «proyectos aparentemente generosos que conducen a consecuencias absurdas, chocantes incluso». Este ensayo describe, fundamentalmente, «el paso de los buenos sentimientos a la abyección». Como remacha Savater: «[La filosofía] tiende a la genialidad en el mejor de los casos, pero al delirio en los peores». Braunstein estudia a John Money, Anne Fausto-Sterling, Judith Butler…, y muestra cómo van de lo grotesco a lo directamente desagradable. Sostiene un pulso particular con el filósofo australiano Peter Singer, del que subraya que «casi la mitad de su influyente tratado de ética, Ética práctica, está dedicado a la pregunta de si “se puede matar” a fetos, a niños, a ancianos, etc.».

Individualismo vs humanismo

El la sociedad actual es fácil constatar un distanciamiento creciente entre el individualismo moderno, con su pretensión de un ser humano emancipado y autónomo, que se entiende a sí mismo y aspira a realizarse sin remitir a una alteridad (Dios y los demás), y el humanismo cristiano.

El yo moderno se considera una autónomo (“auto-nomos”, ley para si mismo), mientras que para una visión agustiniana, por ejemplo, el hombre se remite constitutiva y existencialmente  a Dios y al prójimo. Sin la referencia a Dios y a los demás no puedo entenderme a mí mismo ni realizarme en mi personalidad auténtica, porque el yo humano remite constitutivamente (según su fin) a Dios y al prójimo. El fundamento y el sentido de la persona no se encuentran en sí misma: un ser humano ego-céntrico y auto-referencial se enajena, se pierde a sí mismo.

Luis Romera

Quejarse cansa

Le preguntaron una vez a Quilón, uno de los siete sabios de Grecia, qué diferenciaba a las personas educadas de las ignorantes. Respondió que se distinguían unas de otras por «sus esperanzas». Es decir, por la calidad de sus deseos y ambiciones, de sus ansias y trabajos, de sus intereses y desvelos. Al ignorante que parece sabio le traicionan sus esperanzas pequeñitas y egoístas, vanidosas casi siempre. Y al revés, al que parece iletrado le hacen culto sus ganas de infinito.

También se suele atribuir a Quilón la enumeración de las tres tareas más difíciles de la vida: guardar un secreto, emplear bien el tiempo de ocio y soportar la injusticia. Solo se puede soportar la injusticia, según los sabios griegos, con mucha fortaleza, que es virtud fundamental. Porque toda injusticia supone una falta de verdad grave, que la hace dolorosísima, sobre todo si quien la padece no tiene modo de defenderse. Muchos lo solucionan recurriendo a la queja. Pero la queja resulta siempre ineficaz y peligrosa, porque deviene muy pronto en una especie de recurso cultural que sirve para amparar perezas o torpezas. Una periodista contó en las redes sociales que el músico Kiko Veneno le dijo: «Tú no te quejes, que si te quejas te cansas más. Nunca he admirado a nadie que se queje».

Paco Sánchez

salvar vidas

En relación con la atención a pacientes con covid-19, Adela Cortina, catedrática emérita de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia y miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, recomienda con buen criterio “no recurrir a criterios de priorización hasta no haber agotado todas las posibilidades existentes para disponer de los recursos asistenciales necesarios y para optimizar el uso de los disponibles. Lo esencial es planificar, ampliar los recursos, derivando de unos centros a otros, de unas comunidades a otras; evitar en lo posible llegar al punto en que el personal sanitario no tiene más remedio que tomar “decisiones trágicas”. Y es curioso cómo se amplía el campo de lo posible cuando quien tiene que determinar qué es lo posible está empeñado en salvar vidas, y cómo se encoge hasta el raquitismo cuando esas vidas no le importan. El posibilismo es una planta asombrosamente moldeable, se estira y se encoge. Es entonces esencial crear una trama de solidaridad entre todos los centros, públicos y privados, sin acepciones ideológicas. Pero si, desgraciadamente, llega el momento de tener que elegir, porque realmente los recursos no alcanzan, entonces se prescribe no discriminar por razón de edad o de discapacidad, sino considerar caso por caso, teniendo en cuenta la situación clínica y las expectativas objetivas de cada paciente. Los pacientes de mayor edad deben ser tratados en las mismas condiciones que el resto de la población, atendiendo a criterios de cada caso particular, y lo mismo sucede con las personas con discapacidad o demencia. El igual valor de todas las personas así lo exige”.

Al salir de casa

Dirígete al ángel custodio. Pero no solo para que te preserve de los peligros o para que te consiga evitar las múltiples insidias del mal. Pídele para que te ayude a afrontar los riesgos de los choques. Que te libre de los prejuicios, de las sospechas injustificadas, de la desconfianza, de las obstrucciones que te impiden estar disponible para las sorpresas.

Pídele que te disponga a aprender de cualquiera, preparado para recibir hasta de ése de quien piensas que eres tú quien tiene que darle. Rézale para abundar en atención, para ser grande en capacidad de escucha, para que la mano del ángel te pare cuando, fastidiado, querrías escabullirte, pasar de largo. Para tener la generosidad más difícil: la confianza.

Rézale para lograr sospechar que puedes descubrir algo hermoso, bueno, verdadero, allá donde no te esperarías nada. Para dejarte sorprender por lo imprevisible. Para caer en la cuenta de que, con cualquiera que te encuentres, también el pobre que te alarga la mano o el viejecito que te cuenta sus recuerdos que ya has oído tantas veces, puede ser “enviado” por Dios con su mensaje para entregártelo hoy.

Sí, el ángel va contigo no sólo para cubrir tu cabeza con la sombrilla de la protección divina, sino también para pedirte que camines con la cabeza descubierta para afrontar los riesgos, para capturar ese rayo de sol “imposible” en un día nublado, para recoger una canica dorada en un charco. Para descubrir que en tu camino no sólo existen peligros, sino también oportunidades.

La ecología del espíritu

La ecología es armonía; y tiene un nombre: paz. La paz con uno mismo, con los demás, con la naturaleza…, eso es ecologismo. Más aún, está “convencido de que respetando a la persona se promueve la paz”. Este es el verdadero ecologismo del espíritu.

Hoy es necesario rescatar los valores más genuinos, aquellos que nos han hecho grandes a los europeos y que invitan a una visión optimista del ser humano. En esta tarea, no podemos ni debemos claudicar. Nos va la dignidad y, con ella, el progreso. A veces, da la impresión de que, a más medios materiales, más egoísmo y más miseria moral; y no debe ser así. Es necesario conseguir un equilibrio para no caer en el barbarismo de una disrupción entre el desarrollo material y el espiritual, pues ambos se reclaman para esa justa paz que anida en nuestros corazones.

Hay una relación directa entre la destrucción del medio ambiente y la ruina moral y material de no pocas personas. Paz que, como definió Agustín de Hipona, es «tranquillitas ordinis», la tranquilidad en el orden, es decir, aquella situación que respeta la verdad de la naturaleza y del hombre. Si el progreso material está hipertrofiado y el espiritual está tendencialmente atrofiado, hay un desequilibrio que es siempre violento. Y lo califico de tendencial porque es libremente buscado, inducido por la claudicación intelectual que insiste en el “tener” sobre el “ser”.

Pedro López

Lo que está mal en el mundo

“¿Qué está mal en el mundo?”, deberíamos responder como se dice que Chesterton hacía cuando le preguntaban. “Yo”, replicaba.

El problema es que nosotros somos el problema. Es la humanidad caída y rota la que está en la raíz de lo que está mal en el mundo.

“Yo”, dice Chesterton.

“Nosotros”, deberíamos responder, a coro.

“No se ha probado y encontrado imperfecto al ideal cristiano”, dice Chesterton, “se le ha encontrado difícil y ni siquiera se ha intentado” (Lo que está mal en el mundo, I, 5, El templo inacabado).

Y ése es el problema. Eso es lo que está mal.

Se nos pide amar, que consiste en entregar nuestra vida por los demás, pero esto solo es posible si tenemos la humildad de ponernos a nosotros mismos en segundo o último puesto.

Si somos orgullosos en vez de humildes, nos pondremos a nosotros en primer lugar y a los demás en segundo o último plano. Si somos orgullosos, exigiremos nuestros derechos y no asumiremos nuestras responsabilidades. Y si no ponemos nuestras responsabilidades por delante de nuestros derechos, no podremos ser buenos esposos, buenos padres ni buenos ciudadanos. Nos moverán nuestras propias exigencias de lo que queremos, y no las exigencias que nos plantean quienes necesitan nuestro amor. Nosotros seremos el problema. Nosotros seremos lo que está mal en el mundo.

Si somos orgullosos, contemplaremos las cosas en términos de derecha e izquierda, y no en términos del bien y del mal. Habremos sustituido la buena moral por la mala política.

Joseph Pearce