El dinero de un modelo fracasado

Aquí una descripción simple del modelo, tomado del análisis de un buen amigo:

Si consideramos que el dinero fiat es un pasivo (deuda) que se emite sin contrapartida de activos tangibles, solo comprometiendo la producción futura, entonces quienes emiten ese dinero nos deben a los tontos, quienes utilizamos nuestro tiempo de vida y nuestra energía trabajando o invirtiendo en la economía real, para producir la verdadera riqueza que es: conocimientos, bienes y servicios (PIB), pero nos pagarán esa deuda con inflación y devaluación, que con el tiempo convertirán la deuda en negativa, lo cual implica que después del expolio realizado, aún sigamos debiendo a los expoliadores.

Esta es la razón de la indignación de quienes protestan a nivel global, aunque ellos aún no entienden porque han perdido su pasado y porque no tienen ningún futuro, pues no tienen ahorros o inversiones que valgan y reciben ingresos reales precarios, por usar un modelo económico fraudulento y fracasado, que favorece a la especulación y castiga a la producción, mediante el uso de dinero que es una estafa, debido a que no conserva su valor.

Julio H. Correa

Deuda internacional y pobreza

En el año 1987 (“Sollicitudo rei socialis”, 19) Juan Pablo II advertía de un peligroso obstáculo para combatir la pobreza

La razón que movió a los países en vías de desarrollo a acoger el ofrecimiento de abundantes capitales disponibles fue la esperanza de poderlos invertir en actividades de desarrollo. En consecuencia, la disponibilidad de los capitales y el hecho de aceptarlos a título de préstamo puede considerarse una contribución al desarrollo mismo, cosa deseable y legítima en sí misma, aunque quizás imprudente y en alguna ocasión apresurada.

Habiendo cambiado las circunstancias tanto en los países endeudados como en el mercado internacional financiador, el instrumento elegido para dar una ayuda al desarrollo se ha transformado en un mecanismo contraproducente. Y esto ya sea porque los Países endeudados, para satisfacer los compromisos de la deuda, se ven obligados a exportar los capitales que serían necesarios para aumentar o, incluso, para mantener su nivel de vida, ya sea porque, por la misma razón, no pueden obtener nuevas fuentes de financiación indispensables igualmente.

Por este mecanismo, el medio destinado al desarrollo de los pueblos se ha convertido en un freno, por no hablar, en ciertos casos, hasta de una acentuación del subdesarrollo.

¿Sigue vigente esta visión del problema por parte de la Iglesia? El pasado 12 de abril el papa Francisco recordó: “Considerando las circunstancias, se relajen además las sanciones internacionales de los países afectados, que les impiden ofrecer a los propios ciudadanos una ayuda adecuada, y se afronten —por parte de todos los Países— las grandes necesidades del momento, reduciendo, o incluso condonando, la deuda que pesa en los presupuestos de aquellos más pobres”.

Pero ¿es justo no pagar las deudas? Ya Juan Pablo II se planteaba la cuestión: “Es ciertamente justo el principio de que las deudas deben ser pagadas. No es lícito, en cambio, exigir o pretender su pago cuando éste vendría a imponer de hecho opciones políticas tales que llevarían al hambre y a la desesperación a poblaciones enteras. No se puede pretender que las deudas contraídas sean pagadas con sacrificios insoportables”.

Sonrisas

La cara risueña juega un papel de primer orden en las relaciones humanas. A veces, cuando se encarece la importancia que este bello gesto tiene en la convivencia, se suele argumentar con cierto escepticismo que todo eso está muy bien, que por supuesto, es un «tic» bonito, pero que expresarla no es tan fácil, pues «la sonrisa nace, no se hace». Es ésta una frase breve, redonda, que, como otras muchas máximas ingeniosas, no deja de ser más que una verdad a medias. Si con este dicho se quiere afirmar que es un gesto instintivo, vale; no hay nada que objetar. Si, por el contrario, de lo que se trata es de postular que es sólo privilegio de unos pocos, no estoy de acuerdo.

Al igual que otros muchos gestos humanos, la sonrisa es una expresión del rostro, fácil de activar y que está al alcance de cualquiera que quiera realizarla. No hay raza, cultura o nacionalidad que no la reconozca, la aprecie y la emplee para manifestar sus alegrías, su felicidad o como recurso para hacer el trato con la gente más grato. Los orientales, y más en concreto los chinos, que, además, entienden bastante de sonrisas, tienen dos proverbios que ilustran bien su papel y su importancia en la vida social: «un día sin sonreír, un día perdido»; o aquel otro que reza así: «la persona que no pueda sonreír, que no ponga una tienda». Si la lectura del rostro es decisiva a la hora de conocer a una persona y saber a qué atenerse en el trato con ella, cabría decir lo mismo de un gesto tan personal y socorrido como éste.

No es fácil, sin embargo, discernir de sonrisas. ¡Son tantas y tan ambiguas! Ni siquiera el mismo Paul Eckman, una de las máximas autoridades en el lenguaje gestual, llegó a dar con una clasificación de ellas que fuera convincente. Sonrisas hay tantas cuantos individuos, estados de ánimo y situaciones existen.

Ateniéndonos a la intencionalidad de la persona, se puede hablar de tres clases de sonrisas: la sentida, la media sonrisa y la falsa. La sentida es la producida por la alegría, por la felicidad o por el optimismo. Es la más fácil de detectar. Moviliza los ojos, los labios, al tiempo que parece iluminar todo el semblante de la persona. Es el gesto-rey; es la sonrisa propiamente dicha. Cuando, de algún modo, los ojos parecen desmentir lo que la boca intenta expresar o la frialdad de la mirada no está en armonía con los labios y el resto de las facciones, el resultado es la media sonrisa. Son ejemplos de ella la sonrisita o sonrisa irónica, y un sinnúmero de expresiones faciales equívocas bien difíciles, a veces, de discernir. La fingida o falsa, por último, es el gesto forzado, fácilmente detectable por la violencia con que se emplean tanto los ojos como los labios que, por cierto, no deja de tener cierto atractivo. Paradójicamente, es la sonrisa que más tiempo permanece en el rostro.

Luis Carlos Bellido, en Aprender a sonreír.

Gobernar sabiamente

Platón, con “La República” inauguró en su época un nuevo modo de ver la política. Parte de la idea de que solo pueden gobernar sabiamente quienes conocen y han experimentado el bien. El poder debe ser servicio, es decir, renuncia consciente a la altura contemplativa. El poder debería ser un retorno voluntario a la “caverna”, en cuya oscuridad viven los hombres. Solo así podrá surgir un verdadero gobierno y no una pelea continua con la apariencia y lo aparente como la que mantiene encarnizados, por lo general, a los políticos.

La ceguera de la política habitual reside, según Platón, en que sus defensores luchan por el poder como si fuera un gran bien. Con estas reflexiones, Platón se aproxima a la idea bíblica de que la verdad no es producida por la política (en nuestro caso el consenso). Cuando los relativistas piensan que sí lo es, se aproximan, a pesar de la primacía de la libertad que buscan, a los totalitarios. La mayoría se convierte en una especie de divinidad contra la que no cabe apelación posible (cuando es patente que las mayorías se han equivocado muchas veces, por ejemplo con el tema de la esclavitud).

Joseph Ratzinger en “Verdad, valores, poder”

Erotismo y pornografía

Se dice de la pornografía que es difícil de definir, pero muy fácil de reconocer. Pienso que efectivamente es así, pero como universitarios no podemos rehuir el definir el fenómeno que en esta sesión queremos estudiar. Los españoles para dilucidar este tipo de cuestiones solemos acudir en primer lugar al Diccionario de la Real Academia y no me parece mal, pues en ese diccionario vienen registradas distinciones muy sutiles que operan en nuestra cultura a través de la lengua. En nuestro caso, las definiciones de los dos términos que nos ocupan son las siguientes5:

Pornografía. Carácter obsceno de obras literarias o artísticas. 2. Obra literaria o artística de este carácter. 3. Tratado acerca de la prostitución.

Erotismo. Amor sensual. 2. Carácter de lo que excita el amor sensual. 3. Exaltación del amor físico en el arte.

Llama la atención la proximidad entre ambos términos, con la diferencia importante de que la pornografía es considerada “obscena”, esto es, como algo que no debe aparecer en escena, y está relacionada con la prostitución, mientras que el erotismo alude más bien a la exaltación de la dimensión física y sensual del amor. Sin duda resultan útiles estas definiciones del diccionario, pero me parece que quizá puede resultarnos todavía más útil lo que escribió a este respecto el novelista Walker Percy, refiriéndose en particular a los libros:

“la pornografía se diferencia de otros escritos en que hace algo que los otros libros no hacen. Hay novelas que aspiran a entretener, a decir cómo son las cosas, a crear personajes y aventuras con los que el lector pueda identificarse. En cambio, la pornografía hace algo completamente diferente: trata de modo completamente deliberado de excitar sexualmente al lector. Esto es algo en lo que podemos estar de acuerdo los cristianos y los no cristianos, los científicos y los profesores de lengua, pues no tiene gran misterio. La pornografía, que es una transacción con signos, no es realmente diferente de la salivación del perro de Pavlov al oír el sonido de la campana que ha aprendido que ‘significa’ que llega la comida”6.

Por ello, prosigue con fuerza Percy y desde la experiencia que da el ser un autor consagrado de novelas,

“sea lo que fuere la pornografía, no es literatura, ni siquiera mala literatura. Es otra cosa. Poniéndolo en términos semióticos, la literatura tiene que ver con que yo escriba palabras acerca de algo que usted lea comprendiéndolo y —espero— con placer. La pornografía tiene que ver con que yo use palabras como estímulos que provoquen determinadas respuestas en usted. La literatura es una transacción “yo-tú” en la que los símbolos se usan para transmitir verdades de algún tipo. La pornografía es una transacción “yo-ello” en la que tú te conviertes en un objeto, en un organismo manipulado por estímulos. No es necesario, estoy seguro, decirles quien se convierte en el Ello en esta transacción. Es la mujer, por supuesto, todas las mujeres, que son degradadas en su persona misma al ser usadas como objeto”.

Jaime Nubiola

(Ver texto completo)

¿Puede intervenir el Estado en la economía?

Textos de Juan Pablo II sacados de la Carta Encíclica “Centesimus annus”:

“La acción del Estado y de los demás poderes públicos debe conformarse al principio de subsidiaridad y crear situaciones favorables al libre ejercicio de la actividad económica; debe también inspirarse en el principio de solidaridad y establecer los límites a la autonomía de las partes para defender a la más débil”

«El Estado tiene el deber de secundar la actividad de las empresas, creando condiciones que aseguren oportunidades de trabajo, estimulándola donde sea insuficiente o sosteniéndola en momentos de crisis. El Estado tiene, además, el derecho a intervenir, cuando situaciones particulares de monopolio creen rémoras u obstáculos al desarrollo. Pero, aparte de estas incumbencias de armonización y dirección del desarrollo, el Estado puede ejercer funciones de suplencia en situaciones excepcionales»

La tarea fundamental del Estado en ámbito económico es definir un marco jurídico apto para regular las relaciones económicas, con el fin de «salvaguardar… las condiciones fundamentales de una economía libre, que presupone una cierta igualdad entre las partes, no sea que una de ellas supere talmente en poder a la otra que la pueda reducir prácticamente a esclavitud»

“Es necesario que mercado y Estado actúen concertadamente y sean complementarios. El libre mercado puede proporcionar efectos benéficos a la colectividad solamente en presencia de una organización del Estado que defina y oriente la dirección del desarrollo económico, que haga respetar reglas justas y transparentes, que intervenga también directamente, durante el tiempo estrictamente necesario”.

Laicidad del Estado

El profesor Viladrich en los años 80 desarrolló el concepto de laicidad del Estado, entendiendo por tal que el Estado no es competente en materias religiosas en cuanto tales, que la Fe es libre de Estado, que por supuesto el Estado ni es ateo, ni agnóstico, ni confesional, ni concurre, ni compite, ni sustituye al ciudadano en su creencia religiosa. Por ello la laicidad significa que el Estado en cuanto tal es Estado y se relaciona con el hecho religioso y las confesiones a través del Derecho en su repercusión social y jurídica.

Esto lleva a concluir que el Estado no puede ser agresivo, hostil, laicista frente a la religión. Cosa diferente sería equiparar Estado y sociedad. La sociedad mantiene sus creencias que deben ser tenidas en cuenta por los poderes públicos y reguladas por acuerdos con las confesiones religiosas (en España con la Iglesia católica y, por el momento, con musulmanes, judíos y protestantes). Otro equívoco, a mi entender, es el contraponer laico a confesional o religioso, de tal modo que si eres creyente o cuentas con tus convicciones religiosas, ya no eres laico. Laico lo es el creyente y el no creyente, porque ambos son ciudadanos en plena igualdad, ni más ni menos. Por tanto, personalmente no renuncio a ser laico.

Otro malentendido no casual es pensar que el pensamiento del creyente determina su discurso académico, político, científico; y en cambio el pensamiento “laico” es neutro, científico, objetivo, no sometido más que a la razón. Nada más lejos de la realidad: el pensamiento “laico” está lleno de ideología, concepciones del hombre y la sociedad y, en algunas ocasiones, imbuido de su aparente neutralidad, puede intentar imponerse como un laicismo confesional.

Daniel Tirapu

El liberalismo económico

El liberalismo económico descansa en el valor absoluto que se atribuye a la libertad humana. Dado esta valor absoluto, todo lo que de él derive será lo mejor para el hombre. También en el orden económico. No hay que olvidar que los economistas liberales clásicos, como Adam Smith, no fueron puramente liberales; no fueron liberales doctrinarios como sus sucesores del siglo XIX. Aceptan algunas intervenciones del Estado. Si defendieron a ultranza la iniciativa privada, realizaron esta defensa para el mejor logro de los intereses generales. Fue la consideración filosófica del valor absoluto de la libertad humana la que introdujo en el liberalismo económico la idea del bienestar individual como fin único de su actividad, aunque se pretendiera paliar esta afirmación radical con el argumento de que sería la búsqueda del bien -o de la felicidad- individual lo que, sin más, aseguraba la felicidad de todos.

El liberalismo económico del siglo XIX, en virtud de su racionalismo naturalista, creyó en las fuerzas auterregeneradoras de la Naturaleza y en la conveniencia de que el mercado estuviera estrictamente regulado por la competencia. Sería por medio de esta competencia -aquí el paralelismo con el evolucionismo sería muy sugerente- como se llegaría a la selección de los más capaces. Quedaría así asegurada la aceleración del proceso técnico. Para este planteamiento la ética o la justicia no tenían mucha cabida en la economía. Habría supuesto la admisión de una norma común y superior a todos. La consecución del bien común se entendía como un logro automático en la medida en que cada cual buscara su bienestar particular.

Podríamos hablar de centros del liberalismo económico: la libertad máxima del individuo, que sería lo mejor tanto para el individuo como para la sociedad; y el mantenimiento de instituciones y prácticas políticas que fomentasen esa libertad ilimitada. Una vez más aparecen las consecuencias de una determinada manera de entender lo que es el hombre. Cabe así llegar a la siguiente definición del liberalismo económico: una creencia en un sistema de ideas y prácticas que tienen como objetivo lograr una libertad máxima para el individuo como media para alcanzar el bien de todos.

Puesto que el liberalismo económico parte del rechazo de toda norme en el ejercicio de la libertad, se encontró imposibilitado para establecer la norma que marcase cuándo un hombre debería considerar satisfechas sus necesidades. El lugar de la satisfacción de las necesidades naturales fue ocupado por la ganancia igualmente natural dentro de la dinámica del sistema. El factor esencial pasó a ser la constitución de capital. Cuando la búsqueda de capital se convirtió en un fin, el liberalismo económico se encontró en su seno con el capitalismo. Recordemos que estamos en el siglo XIX ante el nacimiento del capitalismo clásico o industrial.

Gonzalo Redondo

Por qué releemos

 Antes que nada, sin duda, para asimilar mejor lo que se nos dice allí. Es usual la experiencia de entender a medias, es decir, de entender ciertamente lo que leemos pero, al mismo tiempo, sentir que se contiene en el texto mucho más de lo que nosotros captamos ahora. Por eso digo «sentir». Es como palpar la profundidad, la densidad de lo que leemos. Y ello, a la vez que nos invita a una mayor reflexión, nos anuncia que hay mucho más que debemos comprender. Un gran lector y crítico como T. S. Eliot podía decir: «Sé que alguna de la poesía a la cual tengo mayor devoción es poesía que no comprendí en la primera lectura; alguna es poesía de la cual no estoy seguro que comprenda todavía: por ejemplo, Shakespeare»[ 11]. Se podría pensar que eso toca solo a la poesía, donde se llega a un máximo de objetivación, de fusión de sonido y sentido, lo que hace de las palabras más que símbolos, casi objetos. De hecho, no se puede explicar un poema: «Explicar un poema —escribe Raïssa Maritain—, incluso el más claro de los poemas, es abolir su poesía. Y el sentido que se saca de él al explicarlo no es ya el sentido del poema. El sentido del poema es una sola cosa con su forma verbal». Pero igual ocurre con las novelas y, ciertamente, con las obras de pensamiento (…)

Puede decirse que los grandes libros —las obras duraderas—crecen con nosotros. Uno es el libro que leemos en la adolescencia o al comienzo de nuestros años en la universidad; otro es ese mismo libro leído años después, cuando la vida nos ha hecho experimentar situaciones diversas y el corazón ha empezado a madurar sus afectos más profundos. Encontramos así que, quienes ya lo han vivido, nos insisten en que volvamos sobre aquellos textos, donde podremos hallar lo que, faltos de experiencia o de madurez, no podíamos haber visto en nuestra primera lectura.

Leer bien es la clave, no leer mucho. Leer bien, sobre todo, lo que merece ser leído que, como enseñaba aquél buen profesor, vale la pena leerlo al menos dos veces.

Rafael Tomás Caldera

La ideología liberal

“El objetivo de la ideología liberal es asegurar una vida en la que el hombre dispusiera de una plenitud de libertades fácticas que le aseguraran -con su ejercicio- la realización individual”

Toda Weltanschauung, toda visión del mundo, deriva de cómo se interpreta la relación entre los tres elementos capitales: Dios, el hombre y la Naturaleza que circunda al hombre y que, en parte, le constituye. El sentido cristiano de la vida reconoce la existencia de los tres factores indicados y de la determinada relación que se da entre ellos: Dios crear y conservar al hombre y al mundo.

La ideología liberal introduce un cambio de importancia al negar la dependencia actual del hombre y del mundo respecto de Dios, A fin de salvaguardar la integridad de la libertad humana. Se entiende al hombre como sujeto histórico único frente a un mundo inerte, material, al que domina por la superioridad de su espíritu. La manera de vivir este protagonismo será lógicamente muy variada: desde una cuidada matización hasta el radicalismo extremo.

La ideología liberal es “ideología”, pues aspira a ser visión global, absoluta e inmanente. Y es “liberal” al entender la libertad como clave única del auto-hacerse humano. La ideología liberal supone una verdadera revolución, pues con lleva un cambio radical en la auto comprensión del hombre

La ideología liberal introduce algunas variaciones decisivas en el modo de entender cómo actúa el hombre. Toma como punto de partida la negación de que exista una norma, ley o modelo común para todos los hombres. Lo cual se corresponde con otra de sus negaciones: la de una naturaleza también común e invariable. Para la ideología liberal, el lugar de la naturaleza humana viene ocupado por la libertad absoluta de que dispone el hombre. Y la pauta, norma, etc., que regula su comportamiento es el ejercicio absoluto de la libertad. Para el hombre liberal, naturaleza, libertad y ley se identifican. En estas condiciones pretende retener tan sólo la nota de incomunicabilidad. Donde el cristianismo ve personas el liberalismo ve sólo individuos.

Gonzalo Redondo