Ateísmo y movimiento obrero

¿Habría sido necesario el comunismo si los cristianos hubieran sabido ser lúcidos y objetivos a su debido tiempo? ¿No estaba clara en la Biblia la preocupación humanitaria por los pobre y los explotados? Y de no haber existido las funestas alianzas entre los explotadores y la religión cristiana, ¿habría sido necesario el ateísmo moderno? Nos encontramos con que la vida proletaria y el movimiento obrero tuvieron que presentarse casi necesariamente en sentido ateo porque Dios no estaba a la vista durante los decenios cruciales del comienzo. Después de Cristo Dios solo puede manifestarse a los pobres en los cristianos que verdaderamente siguen la doctrina de Jesucristo. Pero el cristianismo, que no apoyó el movimiento obrero en su estructura popular campesina y pequeño-burguesa, apenas le facilitó el encuentro con Dios al aparecer más bien del lado de los explotadores. El ateísmo revolucionario de la hora inicial del movimiento obrero es un producto directo de la ausencia de Dios, es decir, de la ausencia de los cristianos.

¿Qué es lo que faltó? Una viva conciencia de fraternidad en lugar de una práctica religiosa farisaica y cerrada al mundo. ¿Para qué las sublimidades trascendentes, la atención al más allá, cuando las tareas cristianas las tiene uno ante las narices, hoy igual que en tiempos del “Manifiesto comunista”? ¡Cuántas exigencias de humanidad elemental quedan incumplidas porque los hombres alegan no tener tiempo para ellas! Aquí puede adelantarse el cristiano, aquí puede encarnar su religión.

Hans Urs von Balthasar

¿Son posibles las finanzas éticas?

La banca, junto a los políticos, es la institución peor valorada por los ciudadanos. La población está adquiriendo conciencia de que es necesario exigir a las entidades financieras una actividad comprometida con la inclusión y el cuidado del medioambiente.

La actividad financiera y económica ¿no deberían ser éticas, y guiarse por los principios y valores de la economía solidaria? 

Según la Asociación Ethical Financing with Solidarity las finanzas éticas son las que hacen compatible la rentabilidad económica y financiera con la consecución de objetivos sociales y ambientales

“Las personas deben exigir transparencia y conocer dónde se invierten sus ahorros”

Podemos encontrarnos con que nuestros ahorros se dedican a actividades poco éticas. ¿Deberíamos exigir más inversión en proyectos sociales y sostenibles, así como la concesión de créditos a los excluidos?

Para esta asociación, los cinco principios básicos de las finanzas éticas son:

  1. Ética Aplicada: La ética en la aplicación de los criterios de inversión y concesión de créditos.
  2. Coherencia: El dinero empleado según nuestros valores.
  3. Participación: Decisiones tomadas de forma democrática y participación en el diseño de las políticas básicas de la entidad.
  4. Transparencia: Exponer públicamente todas las actividades y sus efectos.
  5. Implicación: Las entidades no solo deben cumplir con lo que exige la ley. Deben diseñar una política de inversión con criterios positivos que transforme la realidad.

En la actualidad, la Global Alliance for Banking of Values (GABV) se compone de 64 instituciones financieras y 16 socios estratégicos que operan en 39 países de Asia, África, Australia, América Latina, América del Norte y Europa.

Se trata de dar un paso más allá de lo legalmente exigible para situarse en otra dimensión.  Emplear el capital con criterios de justicia y al servicio del bien común. Se debe ejercer esta actividad de forma transparente, donde cada ahorrador sepa exactamente qué se hace con sus ahorros. 

En la actualidad, existen entidades dedicadas a las finanzas, en la que parte de su actividad o toda, se desarrolla bajo unos parámetros éticos. Las finanzas éticas comprenden los proyectos que los cumplen. 

En el libro «Finanzas éticas: La otra cara de la moneda», SETEM las define como: “la otra cara de la moneda del ahorro. Otra forma de ahorrar e invertir que combina los beneficios sociales con los beneficios económicos. Cuentas de ahorro, fondos de inversión o planes de pensiones que pretenden el uso ético del dinero y apuestan por empresas que cuidan y hacen explícita su responsabilidad social y ambiental.»

Tomado de “Aleteia”

Educar para ser

En la Ética a Nicómaco y en la PolíticaAristóteles aborda la importancia de la formación de los ciudadanos, resaltando «la necesidad de haber sido educados de cierto modo ya desde jóvenes, como dice Platón, para poder alegrarnos y entristecernos como es debido; en esto consiste, en efecto, la buena educación». Según el Estagirita, aquello que hace falta educar para desarrollarnos plenamente es un «buen carácter».

Resulta difícil definir qué es el carácter o cómo se cultiva. Desde Character.org, una de las organizaciones con mayor influencia en este ámbito, expresan el concepto con las tres haches: «Head, Heart and Hands». Según su propuesta, ampliamente extendida, el buen carácter se apuntala en comprender (head), preocuparse o querer (heart) y actuar (hands) conforme a los valores éticos fundamentales.

Otras corrientes, como el aprendizaje socioemocional, la psicología positiva o la ética del cuidado, comparten aspectos teóricos y prácticos con la educación del carácter. Sin embargo, esta se distingue por su énfasis moral: tiene la firme convicción de que existe un bagaje moral universal para las acciones humanas, entre las que se puede llegar a distinguir buenas y malas, mejores y peores, convenientes e inconvenientes, considerando elementos universales —lo que nunca cambia— y particulares —lo que depende de cada caso—.

Juan P. Dabdoub en “Nuestro Tiempo”

Amor y lujuria

En su libro “Llena estos corazones”, Christopher West sintetiza en una tabla la diferencia entre amor y lujuria… que puede ayudar a muchos:

1. La lujuria busca satisfacer a uno mismo. El amor busca entregarse totalmente al otro (“amar es darlo todo y darse uno mismo”, decía Teresa de Lisieux) 

2. La lujuria trata a los demás como objetos para usar. El amor afirma a los demás como personas

3. La lujuria sacrificará a los demás por el propio interés. El amor es servicial, el que ama se sacrifica por los demás

4. La lujuria manipula, se usa para controlar al otro. El amor quiere respetar la libertad del otro

5. La lujuria esclaviza. El amor nos libera

6. La lujuria no es exclusiva, se entrega casi a cualquiera. El amor es exclusivo: quiere sólo al amado

7. La lujuria ve el cuerpo como una “cosa”. El amor respeta el cuerpo como un “alguien”8. La lujuria arrebata el placer, que siempre será bastante fugaz. El amor desea una felicidad eterna9. La lujuria enseguida se llena de envidia. El amor espera siempre, confía siempre

10. La lujuria termina cuando acaba el placer. El amor permanece en lo bueno y en lo malo

11.  La lujuria nos hace sentir usados. El amor nos hace sentir valorados

¿Qué es la fidelidad?

Para muchos la fidelidad es mantener un compromiso a lo largo del tiempo. Es sin duda una respuesta verdadera, pero tiene que haber algo más. La fidelidad requiere perseverancia, pero no es mera perseverancia.

“No se puede ser fiel sin perseverar. Pero es posible perseverar y no ser fiel. No es fiel quien persevera con resignación; no es fiel quien persevera solo porque es su deber; no es fiel quien mantiene su compromiso por miedo a las consecuencias de no mantenerlo; no es fiel quien busca exclusivamente asegurarse el buen juicio de los demás; no es fiel quien mantiene su compromiso porque tiene planteamientos raquíticos, porque rehúsa considerar las cosas grandes de la vida por temor a que le resulten atractivas. Para una persona así la fidelidad es un puro formalismo; no se desdice porque le parece feo –incluso despreciable– desdecirse, pero no porque le parezca maravillosa la entrega; no niega lo que afirmó, no reclama lo que entregó, pero no lo hace por el valor de la entrega y de la vida de entrega, sino simplemente por guardar una formalidad”.

“Es fiel quien goza en la fidelidad; es fiel quien advierte la tremenda grandeza que encierra su fidelidad; es fiel, en definitiva, quien en la vida se ha ido configurando al ideal del que vive, a la persona para la que vive. La fidelidad es algo mucho más grandioso que dejar que pase el tiempo sin alterar las coordenadas básicas de la vida. Es aprender a construir una vida desde esas coordenadas, que se van haciendo cada vez más propias, más mías: no simplemente algo que respeto, sino algo con lo que me identifico”

 Julio Diéguez

Amor y política

La palabra “amor” es uno de los términos más usados en nuestras conversaciones. Aparece en las canciones, películas, mensajes y comunicaciones de todo tipo, pero hay ámbitos importantes de la vida en los que no se usa nunca. Ha sido excluido en ellos de forma sistemática, sin que se haya alzado protesta alguna. Nadie habla en política de amor. Tampoco en economía. La razón que se aduce para tan extraño fenómeno es muy clara: estamos hablando de cosas serias.

El amor parece excesivamente débil y voluble como para proponerse como fundamento en temas que requieren firmeza y coincidencia en los criterios básicos. Se achaca al amor ser irremediablemente subjetivo, incapaz de dar una razón sólida para la construcción responsable de una sociedad que pide una estabilidad suficiente para dar seguridad a las personas (…)

Los grandes sistemas éticos que han predominado en el siglo XX: el kantismo y el consecuencialismo, han desechado por principio cualquier apoyo en la esfera amorosa. No podemos extrañarnos, por tanto, de esa marginación en lo que atañe a la sociedad. Precisamente esta fue una de las grandes reivindicaciones de Benedicto XVI (véase la encíclica “Caritas in vertate”): mostrar el papel fundarte del amor en lo que concierne  a estas dos actividades sociales, la política y la economía. Por ello, pone el amor como luz principal para la comprensión del bien común.

Juan José Pérez-Soba

Vacuna contra la superficialidad

Michael Sandel es uno de los pensadores influyentes en la cultura actual. Su contribución más relevante es sin duda la de devolver la moral a la esfera pública, destruyendo esa divisoria falaz entre lo público y lo privado que levantó la Ilustración. Enseña, por tanto, que ni la democracia ni la libertad tienen sentido fuera de un contexto de valores. No se puede ser libre en el vacío. Eso no implica dogmatismo alguno, sino el profundo convencimiento de que la política es algo más noble y alto que la gestión: de lo que se trata es de formar un nosotros, no de saldar demandas identitarias.

Pero nada de lo anterior se puede lograr sin confiar en el hombre, sin fiarse del potencial de la razón, tal y como muestra en sus clases. No parece que a este profesor, galardonado hace un par de años con el premio Princesa de Asturias, se le haya subido el éxito a la cabeza: además de impartir el curso más demandado de la historia de Harvard (más de mil alumnos solicitaron participar en el de Justicia, cuyas lecciones recogió más tarde en forma de libro), sus videos son célebres, especialmente en el Este asiático, porque siempre desciende del estrado para preguntar a una audiencia multicultural su opinión sobre dilemas morales contemporáneos y conquistar, junto a ella, algo más de claridad ética.

La obra de Sandel funciona a la manera de una vacuna, tanto para protegernos de la superficialidad actual como para llamar la atención acerca de los peligros de abandonar el avance científico a su propia suerte. Anima a pensar sobre la dimensión ética de acciones cotidianas o de hechos recientes. Por ejemplo: ¿es bueno recompensar económicamente a los alumnos para que lean? Cuando parece que la sociedad busca dinero y comodidades, él llama la atención sobre la virtud. Al explicar que el fetiche del utilitarismo carcome los valores y empobrece nuestra existencia está ofreciéndonos un antídoto para superar la crisis de sentido.

Josemaría Carabante en “Nueva Revista”

El laicismo como religión civil

Desaparecidos de la escena pública un Dios transcendente y la ley natural, el hombre es un dios que hace lo que le da la gana, su única ley es su voluntad, Nietzsche lo explicó muy bien antes de pasar diez años en el manicomio. Y dado que, como es lógico, esta religión civil del laicismo se refleja en nuestra vida social y política, el resultado es claro: un hombre que ha dado la espalda a Dios asume por su cuenta el gobierno del mundo, y así el poder se convierte en el dios de tal mundo. Es decir, el Estado se convierte en un dios social, un Leviatán, un Estado-dios que, a imagen y semejanza del hombre-dios, también hace lo que le da la gana, su única guía es su voluntad, a la que eufemísticamente llama voluntad popular. Sin nada que limite al Estado, sin leyes naturales que observar, los que mandan tienen plenitud de potestad y mangonean todo lo nuestro, nuestras vidas, nuestras libertades y nuestros bienes. Lo cual es una faena pavorosa a la que Ortega llamó politicismo integral: prohibido todo aparte, nada de 4 tener opiniones propias, nada de discrepar, estamos encerrados en la cárcel del pensamiento único y Leviatán (el Estado) nos ordena lo que debemos hacer, decir, y en ocasiones hasta pensar. Así funcionaron el socialismo científico de Stalin y el nacional socialismo de Hitler, quienes gobernaron a modo de dioses en la tierra, destrozando lo más humano en nombre de nuestra liberación.

José Ramón Recuero. Autor de “La Cuestión Política” 

Dignidad y autonomía

“Más allá de cuestiones decisivas como el escaso acceso a los cuidados paliativos o el peligro real de entrar en una “pendiente resbaladiza” -sostiene José María Torralba, profesor titular de Filosofía Moral y Política en la Universidad de Navarra-, lo que hay en el fondo de este debate [acerca de la nueva ley de Eutanasia] son dos maneras de entender la dignidad humana. Esta es la cuestión ideológica sobre la que más hay que hablar, pues la dignidad constituye la base de nuestros ordenamientos jurídicos, al menos desde la Declaración Universal de Derechos Humanos. Lo que ahora se decide es si la dignidad consiste únicamente en la autonomía, es decir, la autodeterminación del individuo; o si, en cambio, se trata del valor intrínseco que posee cada persona, con independencia de sus capacidades, circunstancias e, incluso, percepciones.

La nueva ley se propone “respetar la autonomía” de quien se encuentre en “condiciones que considere incompatibles con su dignidad personal”. De este modo, la dignidad pasa de ser una condición objetiva (el valor intrínseco) a una percepción subjetiva. Habrá condiciones de enfermedad grave o terminal que hagan la vida indigna. La única dignidad que queda entonces es la autonomía para decidir si vale la pena vivir, de modo que sería una obligación respetar esa autodeterminación.

En el reciente informe del Comité de Bioética de España (dependiente del Ministerio de Sanidad) se explica la contradicción que encierra este planteamiento. Si la dignidad consiste en respetar la autonomía, ¿por qué solo se permite la eutanasia a los enfermos graves o terminales? Lo lógico sería otorgar el derecho a cualquier persona, sana o enferma. Esto es, precisamente, lo que hace unos meses sentenció el Tribunal Constitucional de Alemania al reconocer el derecho al suicidio asistido para todos los ciudadanos”.

Derechos humanos depredados

A veces, hay que decir la verdad; y la verdad es sin más lo que hay. Pero no al modo con que el fiscal puede decirlo en un juicio penal: ¡es usted un farsante! Para acusarnos y condenarnos. Sí, a los ancianos, a los desahuciados, hay que decirles la verdad, al menos la que ellos quieren saber. Pero no inducirles, con nuestro malestar o con nuestro silencio culposo, que estorban, que son sobreros. Sería cruel e inhumano. Muchos, en esta situación terminal, en la que por otro lado todos nos encontramos -la salud, se dice de modo jocoso, es un estado provisional que no augura nada bueno- se verán psicológicamente presionados para solicitar la eutanasia. Sí, es una ley garantista, como se ha dicho, pero para no cuidar de los que chochean. Garantista de los que se quedan sin hacer la faena y con la herencia. Garantista de los sanos, no de los sufrientes.

No hay nada nuevo bajo el sol. Por más que lo vendan como panacea humanitaria, es el mismo argumento de siempre: los otros, los diferentes, los débiles, deben seguir siendo los parias, porque así ha sido siempre. Es lo que hace años explicaba Janne Haaland Matlàry, en ‘Derechos humanos depredados’: caminamos hacia un relativismo que hace del deseo un derecho. Marx lo explicitó indicando que el derecho es la superestructura de los pudientes para conservar su ‘estatus quo’.

Pedro López