El amor conyugal I: Aceptar al otro

Aceptar al otro tal como es supone vencer la tentación de querer hacerlo a nuestra imagen y semejanza, sometiéndolo a ser “lo que siempre pensé que tendría que ser él/ella”. 

Demasiadas veces, quizá por evitar conflictos, por ahorrarnos esas pequeñas “muertes” que suponen renunciar a nuestras ideas para buscar juntos, uno de los dos sucumbe convirtiéndose en la sombra del otro. Nos condenamos a repetir con tristeza la vida, aceptando la imposición que deja un regusto amargo para siempre.

“Si me obligas a responder a tus sueños, a tus obsesiones, a tus necesidades, … ya no somos dos que caminan unidos, que crecen juntos, que saborean el gozo de la victoria del amor sobre el egoísmo”.

Aceptar al otro tal y como es, con sus grandezas y sus miserias, sus genialidades y sus manías, con sus limitaciones y humores, es amarlo realmente. Esperar para amarlo a que sea lo que yo quiero que sea, no es amar, es amarme a mí mismo.

Aceptar al otro tal y como es, significa no decir nunca “me lo se de memoria”, “ya se todo lo que pueda decir”, es creer en él y esperar de él, es aceptar ese dinamismo interno de toda vida que nos hace insospechados cada día. Es asumir la realidad cambiante del otro, tantas veces insospechada.

La belleza en la mujer

«A partir de los 50 años, la belleza es el resultado de la simpatía, de la elegancia, del pensamiento, no más del cuerpo y los rasgos físicos. La belleza se vuelve un estado del espíritu, un brillo en los ojos, el temperamento. La sensualidad va a surgir más de la sensibilidad que de la apariencia. Una mujer aburrida, deprimida o desagradable puede ser bonita antes de los 50. Una mujer egoísta, oportunista o cobarde puede ser bonita antes de los 50. Después, ya no, después se acaba la facilidad. Después lo que ilumina la piel es si ella es amada o no, si ella es educada o no. Después de cierta edad la belleza viene del carácter. De la manera en que los problemas son enfrentados, de la alegría al despertar y de la actitud. A cierta edad, la amistad es la crema que estira las arrugas, el afecto es el protector solar que protege el rostro. La belleza pasa a ser la comunicación, el buen humor. La belleza pasa a ser la inteligencia, la gentileza. Después de los 50, 70 o los que vengan, sólo la felicidad rejuvenece…”

Carla Bruni

El amor conyugal

 La benevolencia que caracteriza el amor de amistad impulsa a buscar el bien de los demás, a darles lo que puede contribuir a su bien. Pero cuando otro presenta a nuestros ojos un atractivo particular, un carácter único, puede convertirse en alguien a quien queremos dárselo todo, ofrecerle lo mejor de nosotros, lo más valioso que tenemos… nosotros mismos. Así nace el amor conyugal. Allí donde la amistad une las voluntades, el amor conyugal va más lejos: une al hombre y a la mujer, en la totalidad de su dimensión corporal y espiritual, hasta llegar a ser, como dice tan poderosamente la Biblia, «una sola carne» (Gn 2, 24). Eso se expresa con estas palabras: «Yo me entrego a ti» y «nos entregamos el uno al otro».

El amor conyugal es esta forma de amor que va hasta el don de sí, que es por definición un don total, porque no se puede dividir ese «sí». Y puesto que es total, este don es también exclusivo y definitivo: solamente a ti y para siempre. No solo entregamos todo lo que tenemos, sino todo lo que somos, y lo damos a una sola persona y para siempre. Y si nuestro don es aceptado, suscita el don del otro a nosotros. ¿Por qué insistimos en la expresión «entregamos todo lo que somos»? Es una consecuencia de la mirada amorosa. Lo que suscita el amor, lo que ha transformado la atracción en don desinteresado, no es un aspecto parcial del otro, algo de lo que tiene, como puede ser la belleza corporal, su inteligencia, su habilidad en tal o cual aspecto, y menos aún sus bienes materiales, su prestigio o su posición

social. El amor se dirige a la persona, a lo que ella es: «Yo soy de mi amado, y mi amado es mío» (Ct 6, 3). El compromiso del matrimonio es para lo mejor y lo peor, pues ninguna circunstancia puede destruirlo. Nada de lo que pertenece al orden del tener puede afectar al don de los seres. Al contrario, las dificultades tienden a reforzar el verdadero amor: toda pérdida en el orden del tener (revés financiero, enfermedad, injusticia, etc.), hace resurgir lo esencial del don, que es el don del ser. Eso se verifica también en las parejas mayores, donde el amor se enriquece de día en día: la decrepitud de los cuerpos –pobreza creciente del tener– revela progresivamente la belleza de las almas –riqueza del ser. Queremos dar todo lo que somos porque nuestra apertura al bien no tiene límites. Nuestra capacidad de amar apunta a la plenitud. Tenemos una sed insaciable de hacer el máximo para el bien del otro, de dar lo mejor de nosotros, lo más preciado, sin el menor límite.

Seminckx, Stéphane

Amistad en el matrimonio

Muchos piensan que su estatuto de esposo o esposa hace superfluo el de amigo o amiga. Se consideran dispensados de las exigencias del amor de amistad, porque se sitúan, por así decir, en un nivel más alto. Es un error frecuente, sobre todo en la cabeza de los varones, menos sensibles a la faceta espiritual del amor. Algunos no saben que la ​​amistad se cultiva durante toda una vida como dimensión esencial del matrimonio. 

La amistad enriquece al infinito el lenguaje del amor, que no se limita a la «palabra» del acto conyugal: «Después del amor que nos une a Dios, el amor conyugal es “la máxima amistad”» (Tomás de Aquino, citado por Francisco en AL 123). El don de sí, que se expresa con una fuerza particular en el acto conyugal, debe mostrarse también en las mil pequeñas «palabras» cotidianas de la benevolencia: el tiempo dedicado al otro, la atención, la escucha, el respeto, la comprensión, los piropos, las palabras de amor, los pequeños (o grandes) regalos, los servicios, las caricias, los besos, etc… Todas estas «palabras» traducen el deseo de hacer que aumente el bien del otro, de hacerle cada día mejor.

En este «vocabulario» del amor, el perdón tiene un lugar especial. En una pareja, es normal que haya divergencias. Se podría incluso decir que es necesario que las haya, pues una pareja en que los cónyuges coincidieran en todo –temperamento, carácter, visión del mundo, gustos, opiniones, etc– llevaría una vida en común terriblemente aburrida. Tiene que haber divergencias de puntos de vista, de sensibilidad, de enfoques, que provocan a veces malentendidos y choques.

En la estructura del amor conyugal, la amistad contribuye, sobre todo, a que destaque la dimensión espiritual del don, mientras que la atracción incide más sobre la dimensión física. En el acto conyugal estas dos dimensiones van unidas. Su dimensión física es evidente y el hombre es particularmente sensible a ella. Pero su dimensión espiritual es esencial, pues es la que convierte este acto en un verdadero don, en lo más profundo del corazón de los cónyuges. Esta dimensión es especialmente importante para la mujer, que, más que el hombre, necesita sentirse reconocida, amada en cuanto persona.

Seminckx, Stéphane. “Si tú me dices ‘ven’”: Una visión cristiana del éxito en el amor 

El amor de atracción

El amor de atracción es el que surge «entre el hombre y la mujer, que no nace del pensamiento o la voluntad, sino que en cierto modo se impone al ser humano» (DCE 3). Benedicto XVI señala que los antiguos griegos dieron a ese amor el nombre de eros. Cuando se publicó la encíclica «Deus caritas est», algunos medios se extrañaron de encontrar la noción de eros: esta palabra está en la raíz de la noción de erotismo, que parece extraña en un discurso pontificio sobre el amor. En latín, esa atracción se llama concupiscentia. Se refiere, según el diccionario, al «apetito desordenado de placeres deshonestos» en el contexto sexual. En el lenguaje corriente, esa palabra tiene un significado peyorativo: una persona concupiscente es sospechosa de ser viciosa.

Por ahora nos limitaremos a retener que se refieren al sentimiento que nace entre hombre y mujer, no deliberado, sino que se impone a ellos. Es algo del orden de la «tendencia» o del «impulso». La atracción es un hecho: la mujer atrae al hombre y el hombre atrae a la mujer. Y se atraen en primer lugar por lo que es más perceptible, es decir, su cuerpo. La mujer atrae al hombre porque, en su cuerpo, el hombre reconoce a una persona de sexo femenino, con toda una serie de características que hacen de esa persona un ser atractivo. Y la misma reacción se observa en el otro sentido.

El amor de atracción es ante todo carnal: comienza por identificar al otro en su cuerpo, en su carne, como una realidad atractiva, un bien deseable, también desde el punto de vista sexual. En un segundo momento, la atracción descubre –más allá del cuerpo– a la persona, con toda su riqueza psicológica, espiritual, moral, que es también atractiva. La atracción está pues motivada tanto por la sensualidad –la reacción de los sentidos a la percepción del otro en tanto que cuerpo– como por el «encanto» –la reacción suscitada por la dimensión más espiritual del otro. En sí mismo es algo espontáneo, natural, inscrito en la naturaleza humana. En su encíclica, Benedicto XVI lo llama también «amor ascendente» (DCE 7), pues, en cierta manera, es una forma de amor que «sube» en nosotros. En quien experimenta la atracción, esta situación podría expresarse con la declaración siguiente: «Te veo como algo bueno para mí».–

Dios es alguien

«Perdí mi fe pensando en los dogmas, en los misterios en cuanto dogmas; la he recobrado pensando en los misterios, en los dogmas en cuanto misterios». A veces hemos presentado nuestra fe como un conjunto de enunciados que aprender de memoria. Pero Dios no es «algo» que se puede definir, medir o pesar, sino «Alguien» que sale a nuestro encuentro porque quiere entrar en relación con nosotros. En este venir a nuestro encuentro nos ha manifestado su belleza, ternura y generosidad. La experiencia de Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), patrona de Europa, puede servirnos de ilustración. Mujer de capacidades sorprendentes: Filósofa, feminista, políglota, escritora, conferenciante… fue una incansable buscadora de la verdad. Cuando se convirtió, después de leer el Libro de la Vida de Santa Teresa de Jesús, exclamó: «Ésta es la verdad. Yo he creído siempre que la verdad era algo intelectual, comprensible con el poder de la mente, y he descubierto que la verdad es algo vital, relacional: Dios mismo que sale a nuestro encuentro y nos ilumina».

Unamuno

Bienaventuranzas políticas

1. Bienaventurado el político que tiene un elevado conocimiento y una profunda conciencia de su papel.

Vivimos en un mundo con una arquitectura social global que sea fuerte y esté fundada en valores globalmente compartidos.

2. Bienaventurado el político cuya persona refleja la credibilidad.

3. Bienaventurado el político que trabaja por el bien común y no por su propio interés.

4. Bienaventurado el político que se mantiene fielmente coherente,

Con una coherencia constante entre su fe y su vida de persona comprometida en política; con una coherencia firme entre sus palabras y sus acciones.

5. Bienaventurado el político que busca y realiza la unidad y, haciendo a Jesús punto de apoyo de aquélla, la defiende.

6. Bienaventurado el político que está comprometido en la realización de un cambio radical,

Si es cristiano basándose en su fe; tiene una carta magna: el Evangelio.

7. Bienaventurado el político que sabe escuchar,

Que sabe escuchar a los demás y la propia conciencia; que sabe escuchar a Dios en la oración.

8. Bienaventurado el político que no tiene miedo.

Que no tiene miedo, ante todo, de la verdad: «¡la verdad –dice Juan Pablo II- no necesita de votos!».


Autor: Cardenal François-Xavier Nguyên Van Thuân

El poder de las corporaciones

Ahora, un elitista club de megacorporaciones globales ostenta más poder que muchos países. Walmart tiene más ingresos anuales que España y más del doble que Rusia. ExxonMobil ingresa más que India, Noruega o Turquía. Como dice el estratega internacional Parag Khanna, en un mundo en el que Apple tiene más efectivo disponible que dos tercios de las naciones del mundo, «es probable que las corporaciones superen a todos los Estados en términos de influencia». En unos Estados Unidos que ahora funcionan en Internet, cinco empresas —Facebook, Apple, Amazon, Microsoft, Google— ejercen una influencia prácticamente incalculable tanto en la vida pública como en la privada. 

Al mismo tiempo, las grandes empresas no han dejado de dar pasos hacia la izquierda en cuestiones sociales. La práctica comercial más corriente requirió durante mucho tiempo mantenerse al margen en temas controvertidos, con el argumento de que tomar partido en la guerra cultural sería perjudicial para los negocios. Todo esto cambió a lo grande en 2015, cuando el estado de Indiana aprobó un de ley sobre libertad religiosa que habría brindado cierta protección a las empresas demandadas por discriminación a personas homosexuales. Una poderosa coalición de líderes corporativos, entre los que figuraban los jefes de Apple, Salesforce, Eli Lilly y otros, amenazó con tomar represalias económicas contra el Estado si no cambiaba de rumbo. Y así lo hizo. Desde entonces, los miembros de los lobbies de las corporaciones nacionales e internacionales se han apoyado en gran medida en los gobiernos estatales para aprobar leyes pro-LGTB y oponerse a las leyes de libertad religiosa.

Rod Dreher

Libertad religiosa

El papel de la Iglesia en el mundo actual hubiera discurrido por cauces muy distintos sin la declaración sobre la libertad religiosa por parte del Concilio Vaticano II. En ella se recuerda el deber de cada persona de buscar la verdad, también (sobre todo) en materia religiosa, y el correspondiente deber de la sociedad y de los poderes públicos de respetar tanto esa búsqueda como la libre profesión de la religión encontrada, tanto individual, como asociadamente.

De este modo, el Concilio tomó como punto de partida el carácter libre del acto de fe, como exigencia, a la vez, sobrenatural y antropológica y rechazó, como siempre, cualquier tipo de indiferentismo en materia religiosa.

Propio de la doctrina conciliar al respecto es promover lo que hoy se llama una “laicidad positiva”, por la que los poderes públicos, están llamados a valorar positivamente el hecho religioso, favorecer su expresión y garantizar el efectivo reconocimiento de este derecho, “así como de otros relacionados (de conciencia, de elección en ámbito educativo, etc.).

Por último, la doctrina sobre la libertad religiosa ha sido el punto de partida de una rica reflexión de los papas posteriores, sobre la contribución de los cristianos a la sociedad y a sus cauces de expresión en sociedades democráticas.”

Nicolás Álvarez de las Asturias

Ideologías II

“Quizá el ejemplo extremo de reduccionismo antropológico, de cerrazón ante la trascendencia y de sacralización de lo humano esté representado por el marxismo. Según Marx, «la miseria religiosa es, por una parte, la expresión de la miseria real y, por otra, la protesta contra ella. La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo sin corazón, el espíritu de una situación carente de espíritu. Es el opio del pueblo». Por consiguiente, será necesario abolir la religión como alegría ilusoria, para que el hombre pueda gozar de una alegría real. Hay que eliminar el más allá del horizonte y preocuparse del más acá. 

El “homo oeconomicus”, después de la crítica de la alienación religiosa, se transforma en un dios. Marx bien podrá afirmar con Feuerbach: “Homo homini Deus” (el hombre es un Dios para el hombre), he aquí el principio práctico supremo, la transformación decisiva de la historia». Lamentablemente, la divinización del hombre marxista lleva a vivir no en las mansiones celestiales, sino en los distintos Archipiélagos Gulag de la historia reciente.

En lo que se refiere al positivismo, heredero legítimo de la razón del siglo XVIII, el mundo se presenta como perfectamente explicable si nos atenemos a los hechos, dejando de lado toda explicación metafísica “o teológica. Las ciencias poseen la última palabra sobre el mundo. El positivismo es una lectura de la ciencia que pretende ir más allá de la ciencia misma, y erigirse en explicación total del destino del hombre. En cuanto reductivo y pretendidamente totalizante, el positivismo se puede definir como ideología. Además, la caracterización del progreso de la humanidad como fe racional en un futuro feliz y justo para todos manifiesta en un modo claro el elemento de sustitución religiosa que toda ideología lleva consigo.

La absolutización de lo relativo, eje del pensamiento ideológico, comporta una visión optimista del futuro de la humanidad. Las ideologías, en cuanto religiones sustitutivas, son también escatologías secularizadas, es decir, prometen la felicidad propia del paraíso celestial, pero en esta tierra.”

Mariano Fazio