Cuando pase la tormenta

Cuando la tormenta pase

Y se amansen los caminos 

y seamos sobrevivientes 

de un naufragio colectivo. 

Con el corazón lloroso

y el destino bendecido

nos sentiremos dichosos

tan sólo por estar vivos.

Y le daremos un abrazo 

al primer desconocido

y alabaremos la suerte

de conservar un amigo.

Y entonces recordaremos

todo aquello que perdimos

y de una vez aprenderemos 

todo lo que no aprendimos.

Ya no tendremos envidia

pues todos habrán sufrido. 

Ya no tendremos desidia 

Seremos más compasivos. 

Valdrá más lo que es de todos 

Que lo jamas conseguido

Seremos más generosos

Y mucho más comprometidos

Entenderemos lo frágil 

que significa estar vivos

Sudaremos empatía 

por quien está y quien se ha ido.

Extrañaremos al viejo 

que pedía un peso en el mercado,

que no supimos su nombre

y siempre estuvo a tu lado.

Y quizás el viejo pobre

era tu Dios disfrazado. 

Nunca preguntaste el nombre

porque estabas apurado.

Y todo será un milagro

Y todo será un legado

Y se respetará la vida, 

la vida que hemos ganado. 

Cuando la tormenta pase

te pido Dios, apenado, 

que nos devuelvas mejores, 

como nos habías soñado.

Mario Benedetti

Lo que estamos aprendiendo

Estos son días muy difíciles en los que todos tenemos la oportunidad de reflexionar sobre el significado de las palabras y todos esos pequeños y preciosos gestos diarios que nos faltan. 

Estamos experimentando la prueba más dura e inesperada que podríamos enfrentar, pero realmente podríamos salir mejor si, dejando de lado el miedo o, por el contrario, eliminamos, intentamos hacer un ejercicio de conciencia. Aprender a mirar en nosotros mismos, tratar de escucharnos a nosotros mismos y reflejarnos en el otro y, sobre todo, ordenar las cosas desde las cuales comenzar de nuevo. 

Sí, tratamos de ordenar, no solo en los cajones de la casa, sino en nosotros mismos. 

Propongo un ejercicio que será útil para cuando lleguen mejores días.

Lista de cosas que he aprendido: 

1. Necesito ordenar mi escala de valores para descubrir qué es realmente importante. 

2. Cuando todo esto termine, tengo que apegarme a la escala de valores anterior. 

3. Lo más importante es estar cerca de las personas que amamos. Nada es más importante que un abrazo a nuestros hijos. 

4. Debo recordar que es hora de reconectarse con la Tierra y el ecosistema: solo respetando su equilibrio seremos respetados y preservados. 

5. Me di cuenta de que las cosas también suceden contra la voluntad de los hombres: no somos omnipotentes. 

6. Redescubrí el valor de algunas palabras y conceptos que descartamos demasiado rápido: el estado del bienestar, por ejemplo.

Solidaridad, por poner otro ejemplo. 

7. Se ha hecho evidente que quien no paga impuestos no solo comete un delito sino un delito: si no hay camas y respiradores, también es su culpa. 

8. Me prometí a mí mismo que ya no aceptaría ninguna forma de cinismo: en este momento tan difícil, todavía es agradable amarte a ti mismo y sentirte parte de lo mismo. 

9. Estoy convencido de que el significado de las palabras es sagrado. 

10. Me prometí a mí mismo esperar que aquellos en puestos de responsabilidad y gobierno estén más preparados que aquellos que están gobernados por él. 

11. Aprendí el valor de un apretón de manos. 

12. Aprendí la necesidad de llegar. 

13. Aprendí que estamos conectados de verdad y no solo en la red.

14. Me di cuenta de que las fronteras no existen y que todos estamos en el mismo bote. 

15. Y dado que todos estamos en el mismo bote, es mejor que los puertos, todos los puertos, estén siempre abiertos. Para todos.

Fabio Fazio

Pedro y Felipe


Encaramado en el progreso tecnocientífico, el siglo XXI es derribado estrepitosamente y obligado a ponerse de rodillas ante una criatura ciega e invisible. Veinte años atrás, un joven siglo que no gana para sustos entraba en la historia de las calamidades por la puerta grande de las Torres Gemelas. Apabullados por estos reveses, los occidentales, nietos de la Ilustración y del Positivismo, devotos de la Diosa Razón, todavía nos preguntamos qué está pasando, incapaces de asimilar los bofetones. Así lo pone de manifiesto, pienso yo, la decepcionante respuesta de nuestros líderes. Valga el ejemplo que mejor conozco: España.


En sus discursos a la nación, el Rey Felipe y el Presidente Pedro Sánchez solo han sido capaces de volcar sacos de tópicos sobre sus desprevenidos oyentes. Parece mentira que tengan asesores con sueldos astronómicos. Si nos fijamos en el fundamento de lo que dicen, encontramos un curioso rasgo común: Pedro y Felipe —antagónicos en cuestiones no solo políticas- apelan a la ciencia y olvidan la Providencia. Sabemos que la posmodernidad justifica esas frivolidades, pero a Pedro y Felipe no les pagamos para que vayan de posmodernos. Como particulares pueden creer o no creer en la ciencia o en la Providencia, en ambas o en ninguna: están en su derecho. En cambio, cuando hablan como representantes de todos los españoles, si omiten el recurso a la oración, a la protección divina, dejan de representar a unos cuantos millones de ciudadanos. ¿Por qué? Muy sencillo: porque esos millones —entre los que se cuentan policías y bomberos, médicos y militares, sacerdotes y enfermeras, madres que educan a sus hijos, estudiantes y profesores, niños y ancianos, vascos y catalanes, gallegos y andaluces-tienen el convencimiento de que Dios está muy por encima de los sentimientos de unidad y solidaridad invocados por el Rey y el Presidente. Sentimientos que, como nos recuerda Confucio, tienden a venirse abajo cuando Él no los sostiene, porque “si no se respeta lo Sagrado, no hay nada sobre lo que se pueda edificar una conducta”.


La apuesta por la trascendencia ha sido una constante en la historia humana, especialmente en la civilización que hunde sus raíces en Atenas, Roma y Jerusalén. Platón la resume en el inolvidable mito de la caverna, con tres palabras inmensas: Hay otro mundo. Dostoiewski —otro magnífico botón de muestra-, prisionero en Siberia, medio ateo, tuvo tiempo de meditar a fondo durante cinco años. Rodeado de asesinos de la peor calaña, con la sola compañía de la Biblia, con el puñal de la agonía unamuniana clavado en el alma, escribió lo que sigue: “Soy hijo de este siglo, hijo de la incredulidad y de las dudas, y lo seguiré siendo hasta el día de mi muerte. Pero mi sed de fe siempre me ha producido una terrible tortura. Alguna vez Dios me envía momentos de calma total, y en esos momentos he formulado mi credo personal: que nadie es más bello, profundo, comprensivo, razonable, viril y perfecto que Cristo. Y diría más: si alguien me demostrara que Cristo no es la verdad, yo preferiría permanecer con Cristo y no con la verdad”.


José R. Ayllón

  • Autor de “El mundo de las ideologías” y “10 ateos cambian de autobús”.

Libertad trascendental

Lo propio del hombre es ser libre; es lo que le distingue de los animales. La fuerza del ser humano no está en su cuerpo. Lo específicamente suyo es ser dueño de sí, capaz de hacer lo que ha decidido antes, pues obra tras deliberar con la inteligencia. La libertad configura y dirige la propia vida; es como el timón que nos lleva al buen puerto. Nos permite además ser dueños de nuestros propios actos, no estar dominado por los propios instintos, pasiones o pulsiones. 

Estos pueden ser algunos aspectos de esa libertad radical del comportamiento humano:

  1. La libertad denota siempre apertura, encuentro, crecimiento con los demás; debe acercarnos al resto de las personas y a la realidad.
  2. Por eso el uso de la libertad debe ser ecológico y social, es decir, respetuoso con las leyes naturales y con los demás.
  3. La libertad debe hacernos crecer en tres esferas: personal (haciéndonos mejores personas), social (integrándonos mejor en la sociedad) y ecológica (siendo más cuidadosos con la naturaleza)
  4. Por eso la libertad nos acerca también a la realidad, a lo verdadero que nos rodea; y al revés, la verdad crea un horizonte mayor de libertad. La libertad no es arbitrariedad: tiene raíces.
  5. La libertad es inseparable de la ética, apunta hacia el bien, crece en contacto con el bien.

¿Que está pasando?

Creo que el universo tiene su manera de devolver el equilibro a las cosas según sus propias leyes, cuando estas se ven alteradas. Los tiempos que estamos viviendo, llenos de paradojas, dan que pensar…

En una era en la que el cambio climático está llegando a niveles preocupantes por los desastres naturales que se están sucediendo, a China en primer lugar y a otros tantos países a continuación, se les obliga al bloqueo; la economía se colapsa, pero la contaminación baja de manera considerable. La calidad del aire que respiramos mejora, usamos mascarillas, pero no obstante seguimos respirando…

En un momento histórico en el que ciertas políticas e ideologías discriminatorias, con fuertes reclamos a un pasado vergonzoso, están resurgiendo en todo el mundo, aparece un virus que nos hace experimentar que, en un cerrar de ojos, podemos convertirnos en los discriminados, aquéllos a los que no se les permite cruzar la frontera, aquéllos que transmiten enfermedades. Aún no teniendo ninguna culpa, aún siendo de raza blanca, occidentales y con todo tipo de lujos económicos a nuestro alcance.

En una sociedad que se basa en la productividad y el consumo, en la que todos corremos 14 horas al día persiguiendo no se sabe muy bien qué, sin descanso, sin pausa, de repente se nos impone un parón forzado. Quietecitos, en casa, día tras día. A contar las horas de un tiempo al que le hemos perdido el valor, si acaso éste no se mide en retribución de algún tipo o en dinero. ¿Acaso sabemos todavía cómo usar nuestro tiempo sin un fin específico?

En una época en la que la crianza de los hijos, por razones mayores, se delega a menudo a otras figuras e instituciones, el Coronavirus obliga a cerrar escuelas y nos fuerza a buscar soluciones alternativas, a volver a poner a papá y mamá junto a los propios hijos. Nos obliga a volver a ser familia.

En una dimensión en la que las relaciones interpersonales, la comunicación, la socialización, se realiza en el (no)espacio virtual, de las redes sociales, dándonos la falsa ilusión de cercanía, este virus nos quita la verdadera cercanía, la real: que nadie se toque, se bese, se abrace, todo se debe de hacer a distancia, en la frialdad de la ausencia de contacto. ¿Cuánto hemos dado por descontado estos gestos y su significado?

En una fase social en la que pensar en uno mismo se ha vuelto la norma, este virus nos manda un mensaje claro: la única manera de salir de esta es hacer piña, hacer resurgir en nosotros el sentimiento de ayuda al prójimo, de pertenencia a un colectivo, de ser parte de algo mayor sobre lo que ser responsables y que ello a su vez se responsabilice para con nosotros. La corresponsabilidad: sentir que de tus acciones depende la suerte de los que te rodean, y que tú dependes de ellos.

Dejemos de buscar culpables o de preguntarnos porqué ha pasado esto, y empecemos a pensar en qué podemos aprender de todo ello. Todos tenemos mucho sobre lo que reflexionar y esforzarnos. Con el universo y sus leyes parece que la humanidad ya esté bastante en deuda y que nos lo esté viniendo a explicar esta epidemia, a caro precio.

(Cit. F. MORELLI, traducido al español)

La manifestación corporal del alma

El cuerpo, en su masculinidad y feminidad, está llamado “desde el principio” a convertirse en la manifestación del espíritu. Se convierte también en esa manifestación mediante la unión conyugal del hombre y de la mujer, cuando se unen de manera que forman “una sola carne”. En otro lugar (cf. Mt 19, 5-6) Cristo defiende los derechos inviolables de esta unidad, mediante la cual el cuerpo, en su masculinidad y feminidad, asume el valor del signo, signo en algún sentido, sacramental; y además, poniendo en guardia contra la concupiscencia de la carne, expresa la misma verdad acerca de la dimensión ontológica del cuerpo y confirma su significado ético, coherente con el conjunto de su enseñanza. Este significado ético nada tiene en común con la condena maniquea, y, en cambio, está profundamente compenetrado del misterio de la “redención del cuerpo”, de que escribirá San Pablo en la Carta a los Romanos (cf. Rom 8, 23). La “redención del cuerpo” no indica, sin embargo, el mal ontológico como atributo constitutivo del cuerpo humano, sino que señala solamente el estado pecaminoso del hombre, por el que, entre otras cosas, éste ha perdido el sentido límpido del significado esponsalicio del cuerpo, en el cual se expresa el dominio interior y la libertad del espíritu. Se trata aquí —como ya hemos puesto de relieve anteriormente— de una pérdida “parcial”, potencial, donde el sentido del significado esponsalicio del cuerpo se confunde, en cierto modo, con la concupiscencia y permite fácilmente ser absorbido por ella.

Juan Pablo II. Audiencia 22.10.80

el fuego del hogar

He aquí una discusión medular para la civilización: ¿Cómo cuidamos de los que no se pueden cuidar por sí mismos? ¿Y entre esos cuidados cabe incluir el no dejarlos nacer o matarlos cumpliendo sus deseos? ¿Puede obligarse a todos a que asuman las convicciones de la mayoría eliminando, por ejemplo, la objeción de conciencia de los profesionales?

Es claro que en nuestras sociedades hay al respecto visiones contrapuestas y sensibilidades morales divergentes que hay que reflejar en nuestros ordenamientos jurídicos. Pero, en cualquier caso, dar la discusión por cerrada remitiéndose a la libertad de los que valiéndose por sí mismos pueden evitar nacimientos o precipitar muertes de los que no pueden nacer o morir por sí mismos, es, en el mejor de los casos, una frivolidad.

Es una insoslayable responsabilidad que nos compromete como sociedad discutir abierta y respetuosamente sobre las formas expuestas de la vida humana y nuestras obligaciones al respecto, porque, sobre lo que no hay duda es que dejar de cuidar de los que no pueden hacerlo por sí mismos, es apagar el fuego del hogar y extender la intemperie, convirtiendo el mundo y nuestras sociedades en lugares expuestos al frio y la oscuridad.

Higinio Marín

Derecho al silencio

Interesante reflexión de Juan Carlos Ramos:

El ruido que asfixia el silencio. A mitad del siglo pasado ya denunciaba Ortega y Gasset que “la existencia privada, oculta o solitaria, cerrada al público, al gentío, a los demás, va siendo cada vez más difícil (…). El derecho a cierta dosis de silencio, anulado”. Y esta cuestión, que resultaba grave para el genial pensador, no ha hecho sino aumentar vertiginosamente como secuela de las posibilidades ofrecidas por el mundo digital. En consecuencia, acaso se haya olvidado la importancia del silencio interior y convenga rescatar las consideraciones de este filósofo para que ayuden a valorarlo: “En el aislamiento [silencio] se produce de manera automática una criba y discriminación de nuestras ideas, afanes, fervores, y aprendemos los que son de verdad nuestros y los que son anónimos, ambientes, caídos sobre nosotros como la polvareda del camino”. 

En el momento actual, se hace cada vez más necesario un elogio de ese silencio que tanto favorece nuestro crecimiento interior. Sin esta valoración positiva, habrá mucha gente que desconozca el enriquecimiento que puede producir el silencio, “herrero trascendente que hace a nuestra persona compacta y la repuja”, como sentencia Ortega . Sin él, la existencia se debilita, se vuelve inauténtica, se arrastra una vida vacía y como diseñada por otros.

La vida eterna

La expresión «vida eterna» no significa la vida que viene después de la muerte —como tal vez piensa de inmediato el lector moderno—, en contraposición a la vida actual, que es ciertamente pasajera y no una vida eterna. «Vida eterna» significa la vida misma, la vida verdadera, que puede ser vivida también en este tiempo y que después ya no puede ser rebatida por la muerte física. Esto es lo que realmente interesa: abrazar ya desde ahora «la vida», la vida verdadera, que ya nada ni nadie puede destruir. 

Este significado de «vida eterna» aparece muy claramente en el capítulo sobre la resurrección de Lázaro: «El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre» (Jn 11,25s). «Viviréis, porque yo sigo viviendo», dice Jesús a sus discípulos durante la Última Cena (Jn 14,19), enseñando con ello una vez más que lo característico del discípulo de Jesús es que «vive»; que él, mucho más allá del simple existir, ha encontrado y abrazado la verdadera vida que todos andan buscando. Basándose en estos textos, los primeros cristianos se han denominado sencillamente como «los vivientes» (hoi zōntes). Ellos habían encontrado lo que todos buscan: la vida misma, la vida plena y, por tanto, indestructible. 

Mas, ¿cómo se puede llegar a eso? La oración sacerdotal da una respuesta quizás sorprendente, pero que ya estaba preparada en el contexto del pensamiento bíblico: el hombre encuentra la «vida eterna» a través del «conocimiento». No obstante, ha de tenerse en cuenta que el concepto veterotestamentario de «conocer» presupone un conocimiento que crea comunión, es hacerse una sola cosa con lo conocido.

homo aestheticus

El arte y la belleza forman parte también del ADN del ser humano. Desde las danzas y los relatos en torno al fuego a las pinturas o esculturas rupestres de los primeros seres prehistóricoshasta los modernos y contemporáneos “graffiti” urbanos, comprobamos que, tanto nosotros como nuestros antecesores, pertenecemos a la raza que podríamos denominar “homo aestheticus”. Podemos decir que necesitamos todos los días una cierta dosis de belleza para seguir viviendo. En el arte confluyen todas las dimensiones de la persona, como son la parte emocional y la intelectual, la social, la personal y la religiosa.

Además la actividad artística constituye un campo de pruebas para conocer mejor al ser humano y su actividad. En ella se unen el juego y el trabajo, el placer y el duro esfuerzo formativo. Dicho en términos un tanto cultos, podríamos decir que aquí se encuentran el “homo faber” y el “homo ludes”, el hombre que trabaja y el que juega, el insaciable deseo de divertirse y la necesidad de seguir trabajando. Así la estética se convierte -según Pareyson- en “toda la filosofía reflexionando sobre los problemas del arte y la belleza”.

Pablo Blanco