¿Qué es la fidelidad?

Para muchos la fidelidad es mantener un compromiso a lo largo del tiempo. Es sin duda una respuesta verdadera, pero tiene que haber algo más. La fidelidad requiere perseverancia, pero no es mera perseverancia.

“No se puede ser fiel sin perseverar. Pero es posible perseverar y no ser fiel. No es fiel quien persevera con resignación; no es fiel quien persevera solo porque es su deber; no es fiel quien mantiene su compromiso por miedo a las consecuencias de no mantenerlo; no es fiel quien busca exclusivamente asegurarse el buen juicio de los demás; no es fiel quien mantiene su compromiso porque tiene planteamientos raquíticos, porque rehúsa considerar las cosas grandes de la vida por temor a que le resulten atractivas. Para una persona así la fidelidad es un puro formalismo; no se desdice porque le parece feo –incluso despreciable– desdecirse, pero no porque le parezca maravillosa la entrega; no niega lo que afirmó, no reclama lo que entregó, pero no lo hace por el valor de la entrega y de la vida de entrega, sino simplemente por guardar una formalidad”.

“Es fiel quien goza en la fidelidad; es fiel quien advierte la tremenda grandeza que encierra su fidelidad; es fiel, en definitiva, quien en la vida se ha ido configurando al ideal del que vive, a la persona para la que vive. La fidelidad es algo mucho más grandioso que dejar que pase el tiempo sin alterar las coordenadas básicas de la vida. Es aprender a construir una vida desde esas coordenadas, que se van haciendo cada vez más propias, más mías: no simplemente algo que respeto, sino algo con lo que me identifico”

 Julio Diéguez

Amor y política

La palabra “amor” es uno de los términos más usados en nuestras conversaciones. Aparece en las canciones, películas, mensajes y comunicaciones de todo tipo, pero hay ámbitos importantes de la vida en los que no se usa nunca. Ha sido excluido en ellos de forma sistemática, sin que se haya alzado protesta alguna. Nadie habla en política de amor. Tampoco en economía. La razón que se aduce para tan extraño fenómeno es muy clara: estamos hablando de cosas serias.

El amor parece excesivamente débil y voluble como para proponerse como fundamento en temas que requieren firmeza y coincidencia en los criterios básicos. Se achaca al amor ser irremediablemente subjetivo, incapaz de dar una razón sólida para la construcción responsable de una sociedad que pide una estabilidad suficiente para dar seguridad a las personas (…)

Los grandes sistemas éticos que han predominado en el siglo XX: el kantismo y el consecuencialismo, han desechado por principio cualquier apoyo en la esfera amorosa. No podemos extrañarnos, por tanto, de esa marginación en lo que atañe a la sociedad. Precisamente esta fue una de las grandes reivindicaciones de Benedicto XVI (véase la encíclica “Caritas in vertate”): mostrar el papel fundarte del amor en lo que concierne  a estas dos actividades sociales, la política y la economía. Por ello, pone el amor como luz principal para la comprensión del bien común.

Juan José Pérez-Soba

Vacuna contra la superficialidad

Michael Sandel es uno de los pensadores influyentes en la cultura actual. Su contribución más relevante es sin duda la de devolver la moral a la esfera pública, destruyendo esa divisoria falaz entre lo público y lo privado que levantó la Ilustración. Enseña, por tanto, que ni la democracia ni la libertad tienen sentido fuera de un contexto de valores. No se puede ser libre en el vacío. Eso no implica dogmatismo alguno, sino el profundo convencimiento de que la política es algo más noble y alto que la gestión: de lo que se trata es de formar un nosotros, no de saldar demandas identitarias.

Pero nada de lo anterior se puede lograr sin confiar en el hombre, sin fiarse del potencial de la razón, tal y como muestra en sus clases. No parece que a este profesor, galardonado hace un par de años con el premio Princesa de Asturias, se le haya subido el éxito a la cabeza: además de impartir el curso más demandado de la historia de Harvard (más de mil alumnos solicitaron participar en el de Justicia, cuyas lecciones recogió más tarde en forma de libro), sus videos son célebres, especialmente en el Este asiático, porque siempre desciende del estrado para preguntar a una audiencia multicultural su opinión sobre dilemas morales contemporáneos y conquistar, junto a ella, algo más de claridad ética.

La obra de Sandel funciona a la manera de una vacuna, tanto para protegernos de la superficialidad actual como para llamar la atención acerca de los peligros de abandonar el avance científico a su propia suerte. Anima a pensar sobre la dimensión ética de acciones cotidianas o de hechos recientes. Por ejemplo: ¿es bueno recompensar económicamente a los alumnos para que lean? Cuando parece que la sociedad busca dinero y comodidades, él llama la atención sobre la virtud. Al explicar que el fetiche del utilitarismo carcome los valores y empobrece nuestra existencia está ofreciéndonos un antídoto para superar la crisis de sentido.

Josemaría Carabante en “Nueva Revista”

El laicismo como religión civil

Desaparecidos de la escena pública un Dios transcendente y la ley natural, el hombre es un dios que hace lo que le da la gana, su única ley es su voluntad, Nietzsche lo explicó muy bien antes de pasar diez años en el manicomio. Y dado que, como es lógico, esta religión civil del laicismo se refleja en nuestra vida social y política, el resultado es claro: un hombre que ha dado la espalda a Dios asume por su cuenta el gobierno del mundo, y así el poder se convierte en el dios de tal mundo. Es decir, el Estado se convierte en un dios social, un Leviatán, un Estado-dios que, a imagen y semejanza del hombre-dios, también hace lo que le da la gana, su única guía es su voluntad, a la que eufemísticamente llama voluntad popular. Sin nada que limite al Estado, sin leyes naturales que observar, los que mandan tienen plenitud de potestad y mangonean todo lo nuestro, nuestras vidas, nuestras libertades y nuestros bienes. Lo cual es una faena pavorosa a la que Ortega llamó politicismo integral: prohibido todo aparte, nada de 4 tener opiniones propias, nada de discrepar, estamos encerrados en la cárcel del pensamiento único y Leviatán (el Estado) nos ordena lo que debemos hacer, decir, y en ocasiones hasta pensar. Así funcionaron el socialismo científico de Stalin y el nacional socialismo de Hitler, quienes gobernaron a modo de dioses en la tierra, destrozando lo más humano en nombre de nuestra liberación.

José Ramón Recuero. Autor de “La Cuestión Política” 

Dignidad y autonomía

“Más allá de cuestiones decisivas como el escaso acceso a los cuidados paliativos o el peligro real de entrar en una “pendiente resbaladiza” -sostiene José María Torralba, profesor titular de Filosofía Moral y Política en la Universidad de Navarra-, lo que hay en el fondo de este debate [acerca de la nueva ley de Eutanasia] son dos maneras de entender la dignidad humana. Esta es la cuestión ideológica sobre la que más hay que hablar, pues la dignidad constituye la base de nuestros ordenamientos jurídicos, al menos desde la Declaración Universal de Derechos Humanos. Lo que ahora se decide es si la dignidad consiste únicamente en la autonomía, es decir, la autodeterminación del individuo; o si, en cambio, se trata del valor intrínseco que posee cada persona, con independencia de sus capacidades, circunstancias e, incluso, percepciones.

La nueva ley se propone “respetar la autonomía” de quien se encuentre en “condiciones que considere incompatibles con su dignidad personal”. De este modo, la dignidad pasa de ser una condición objetiva (el valor intrínseco) a una percepción subjetiva. Habrá condiciones de enfermedad grave o terminal que hagan la vida indigna. La única dignidad que queda entonces es la autonomía para decidir si vale la pena vivir, de modo que sería una obligación respetar esa autodeterminación.

En el reciente informe del Comité de Bioética de España (dependiente del Ministerio de Sanidad) se explica la contradicción que encierra este planteamiento. Si la dignidad consiste en respetar la autonomía, ¿por qué solo se permite la eutanasia a los enfermos graves o terminales? Lo lógico sería otorgar el derecho a cualquier persona, sana o enferma. Esto es, precisamente, lo que hace unos meses sentenció el Tribunal Constitucional de Alemania al reconocer el derecho al suicidio asistido para todos los ciudadanos”.

Derechos humanos depredados

A veces, hay que decir la verdad; y la verdad es sin más lo que hay. Pero no al modo con que el fiscal puede decirlo en un juicio penal: ¡es usted un farsante! Para acusarnos y condenarnos. Sí, a los ancianos, a los desahuciados, hay que decirles la verdad, al menos la que ellos quieren saber. Pero no inducirles, con nuestro malestar o con nuestro silencio culposo, que estorban, que son sobreros. Sería cruel e inhumano. Muchos, en esta situación terminal, en la que por otro lado todos nos encontramos -la salud, se dice de modo jocoso, es un estado provisional que no augura nada bueno- se verán psicológicamente presionados para solicitar la eutanasia. Sí, es una ley garantista, como se ha dicho, pero para no cuidar de los que chochean. Garantista de los que se quedan sin hacer la faena y con la herencia. Garantista de los sanos, no de los sufrientes.

No hay nada nuevo bajo el sol. Por más que lo vendan como panacea humanitaria, es el mismo argumento de siempre: los otros, los diferentes, los débiles, deben seguir siendo los parias, porque así ha sido siempre. Es lo que hace años explicaba Janne Haaland Matlàry, en ‘Derechos humanos depredados’: caminamos hacia un relativismo que hace del deseo un derecho. Marx lo explicitó indicando que el derecho es la superestructura de los pudientes para conservar su ‘estatus quo’.

Pedro López

Hombres a la intemperie

El artículo «Hombres a la intemperie» de Carlos Marín-Blázquez —maravillosamente escrito— sobre el feroz individualismo de nuestra sociedad me ha dejado temblando. Copio: «Ante los indicios de un tiempo que intuyen exhausto, las élites se muestran decididas a actuar en su provecho. De la angustia del hombre aislado ellas saben cómo extraer resentimiento; de su sed de fraternidad obtienen el control de sus emociones. De ese modo, la frustración consustancial a un mundo atravesado por el espíritu disgregador del materialismo y desprovisto de cualquier expectativa trascendente redunda en una intensificación de las refriegas ideológicas que, exacerbando su virulencia y mutando constantemente de faz, no albergan propósito más urgente que el de acabar de disolver hasta el último vestigio de los antiguos vínculos comunitarios». Vemos que esto es así: la familia, las profesiones, las costumbres e instituciones de nuestra sociedad están siendo corroídas sistemáticamente, dejando a los pobres individuos a la intemperie y del todo desorientados. Por suerte, su severo y certero diagnóstico termina con una maravillosa cita del filósofo y escritor alemán Ernst Jünger (1895-1998): «Raras veces nos salen al encuentro hombres felices: no quieren llamar la atención. Pero aún viven entre nosotros, en sus celdas y buhardillas, sumidos en el conocimiento, la contemplación, la adoración en los desiertos, en las ermitas bajo el techo del mundo. Tal vez a ellos se deba que nos llegue todavía el calor, la fuerza superior de la vida».

Jaime Nubiola

Política de rostro humano

En su última encíclica, el Papa ha querido enlazar nuevamente con el legado espiritual de san Francisco de Asís, como lo hizo al comienzo de su pontificado, al escoger el nombre de Francisco.  Un gesto lleno de significado, seguido de muchos otros, encaminados todos ellos a evocar la renovación espiritual que inició el santo de Asís en la Iglesia y el mundo de su tiempo, sacudiendo inercias y llamando la atención sobre la  radicalidad del mensaje evangélico; un mensaje que, cuando se acoge en toda su hondura, tiene el potencial de revolucionar lugares comunes, rutinas e ideas acostumbradas. Glosando la parábola evangélica del buen samaritano, Francisco ha querido llamar la atención sobre una de las dimensiones de la fraternidad cristiana, que en una época marcada por enfrentamientos y polarizaciones, resulta estrictamente revolucionaria, y llena de consecuencias para la vida social: justamente la apertura al otro, más allá de todos los muros que puedan levantar nuestras costumbres, intereses o simpatías. En Fratelli tutti, Francisco aborda muchas cuestiones, pero el hilo conductor es siempre este: para gestar sociedades abiertas y fraternas sin duda es precisa una revolución, cuyo contenido puede leerse en la figura del buen samaritano, el cual manifiesta en su conducta una apertura de corazón que no sabe de barreras identitarias, y es por ello capaz de inspirar la reforma de mentalidades, costumbres y la misma práctica política.

Ana Marta González en “Alfa y Omega”

Ecología humana

“De la misma manera que hubo un tiempo en el que ignorábamos el impacto de nuestras industrias sobre el medio ambiente, muchas empresas ignoran hoy el hecho de que están destruyendo la ecología humana y contaminando sus propias organizaciones y la sociedad con unas prácticas que la perjudican y deshumanizan, cuando no permiten que sus empleados cumplan sus roles como miembros de una familia y de una comunidad.

Vivimos ya en un mundo permanentemente conectado. El planeta Tierra es una aldea global que debe afrontar la “incómoda” verdad de lo que vengo llamando “contaminación social” y su insostenibilidad: individuos deshumanizados y “contaminados” por una sociedad sin valores.

Preservar la salud social y la ecología de las personas, de las familias y de las comunidades humanas es tan importante y urgente para la economía como preservar el medio ambiente, cuyo deterioro no deja de ser consecuencia del deterioro de la ecología humana”

Nuria Chinchilla

El problema de la conciencia

El problema de la conciencia se ha convertido actualmente, sobre todo en el ámbito de la teología moral, en un punto esencial del conocimiento moral católica. La disputa gira en torno a los conceptos “libertad” y “norma”, “autonomía” y “heteronomía”, “autodeterminación” y “heterodeterminación” por la autoridad. La conciencia aparece en todo ello como baluarte de la libertad frente a las constricciones de la existencia causadas por la autoridad

En la controversia se contraponen dos concepciones de lo católico: un entendimiento renovado de su esencia, que despliega la fe cristiana desde el fondo de la libertad y un anticuado modelo “preconciliar”, que subordina la existencia cristiana a la autoridad, la cual regula la vida hasta en sus más íntimos recintos tratando de mantener su poder sobre los hombres. De este modo, la moral de la conciencia y la moral de la autoridad parecen enfrentarse como dos morales contrapuestas.

La libertad del cristiano quedaría a salvo gracias a la proposición originaria de la tradición moral: la conciencia es la norma suprema, que el hombre ha de seguir incluso contra la autoridad. Cuando la autoridad, en este caso el Magisterio de la Iglesia, hable sobre problemas de moral, podrá suministrar el material a la conciencia, que se reserva siempre la última palabra, para que forme su propio juicio. La concepción de la conciencia como instancia última es recogida por algunos autores en la fórmula “la conciencia es infalible”.

En este punto se puede, con todo, plantear la oposición. Es incuestionable que debemos seguir siempre el veredicto evidente de la conciencia o, al menos, que no debemos obrar en su contra. Cosa muy distinta es saber si el fallo de la conciencia tiene razón siempre, si es infalible. Decir que lo es significaría tanto como establecer verdad alguna, al menos en asuntos de moral y religión, es decir, en ese ámbito que forma el fundamento constitutivo de nuestra existencia. Como los juicios de conciencia se contradicen unos a otros, sólo habría una verdad del sujeto, que se reduciría a su veracidad.

Joseph Ratzinger en “liberar la libertad” pp. 91-92.