Libertad trascendental

Lo propio del hombre es ser libre; es lo que le distingue de los animales. La fuerza del ser humano no está en su cuerpo. Lo específicamente suyo es ser dueño de sí, capaz de hacer lo que ha decidido antes, pues obra tras deliberar con la inteligencia. La libertad configura y dirige la propia vida; es como el timón que nos lleva al buen puerto. Nos permite además ser dueños de nuestros propios actos, no estar dominado por los propios instintos, pasiones o pulsiones. 

Estos pueden ser algunos aspectos de esa libertad radical del comportamiento humano:

  1. La libertad denota siempre apertura, encuentro, crecimiento con los demás; debe acercarnos al resto de las personas y a la realidad.
  2. Por eso el uso de la libertad debe ser ecológico y social, es decir, respetuoso con las leyes naturales y con los demás.
  3. La libertad debe hacernos crecer en tres esferas: personal (haciéndonos mejores personas), social (integrándonos mejor en la sociedad) y ecológica (siendo más cuidadosos con la naturaleza)
  4. Por eso la libertad nos acerca también a la realidad, a lo verdadero que nos rodea; y al revés, la verdad crea un horizonte mayor de libertad. La libertad no es arbitrariedad: tiene raíces.
  5. La libertad es inseparable de la ética, apunta hacia el bien, crece en contacto con el bien.

¿Que está pasando?

Creo que el universo tiene su manera de devolver el equilibro a las cosas según sus propias leyes, cuando estas se ven alteradas. Los tiempos que estamos viviendo, llenos de paradojas, dan que pensar…

En una era en la que el cambio climático está llegando a niveles preocupantes por los desastres naturales que se están sucediendo, a China en primer lugar y a otros tantos países a continuación, se les obliga al bloqueo; la economía se colapsa, pero la contaminación baja de manera considerable. La calidad del aire que respiramos mejora, usamos mascarillas, pero no obstante seguimos respirando…

En un momento histórico en el que ciertas políticas e ideologías discriminatorias, con fuertes reclamos a un pasado vergonzoso, están resurgiendo en todo el mundo, aparece un virus que nos hace experimentar que, en un cerrar de ojos, podemos convertirnos en los discriminados, aquéllos a los que no se les permite cruzar la frontera, aquéllos que transmiten enfermedades. Aún no teniendo ninguna culpa, aún siendo de raza blanca, occidentales y con todo tipo de lujos económicos a nuestro alcance.

En una sociedad que se basa en la productividad y el consumo, en la que todos corremos 14 horas al día persiguiendo no se sabe muy bien qué, sin descanso, sin pausa, de repente se nos impone un parón forzado. Quietecitos, en casa, día tras día. A contar las horas de un tiempo al que le hemos perdido el valor, si acaso éste no se mide en retribución de algún tipo o en dinero. ¿Acaso sabemos todavía cómo usar nuestro tiempo sin un fin específico?

En una época en la que la crianza de los hijos, por razones mayores, se delega a menudo a otras figuras e instituciones, el Coronavirus obliga a cerrar escuelas y nos fuerza a buscar soluciones alternativas, a volver a poner a papá y mamá junto a los propios hijos. Nos obliga a volver a ser familia.

En una dimensión en la que las relaciones interpersonales, la comunicación, la socialización, se realiza en el (no)espacio virtual, de las redes sociales, dándonos la falsa ilusión de cercanía, este virus nos quita la verdadera cercanía, la real: que nadie se toque, se bese, se abrace, todo se debe de hacer a distancia, en la frialdad de la ausencia de contacto. ¿Cuánto hemos dado por descontado estos gestos y su significado?

En una fase social en la que pensar en uno mismo se ha vuelto la norma, este virus nos manda un mensaje claro: la única manera de salir de esta es hacer piña, hacer resurgir en nosotros el sentimiento de ayuda al prójimo, de pertenencia a un colectivo, de ser parte de algo mayor sobre lo que ser responsables y que ello a su vez se responsabilice para con nosotros. La corresponsabilidad: sentir que de tus acciones depende la suerte de los que te rodean, y que tú dependes de ellos.

Dejemos de buscar culpables o de preguntarnos porqué ha pasado esto, y empecemos a pensar en qué podemos aprender de todo ello. Todos tenemos mucho sobre lo que reflexionar y esforzarnos. Con el universo y sus leyes parece que la humanidad ya esté bastante en deuda y que nos lo esté viniendo a explicar esta epidemia, a caro precio.

(Cit. F. MORELLI, traducido al español)

La manifestación corporal del alma

El cuerpo, en su masculinidad y feminidad, está llamado “desde el principio” a convertirse en la manifestación del espíritu. Se convierte también en esa manifestación mediante la unión conyugal del hombre y de la mujer, cuando se unen de manera que forman “una sola carne”. En otro lugar (cf. Mt 19, 5-6) Cristo defiende los derechos inviolables de esta unidad, mediante la cual el cuerpo, en su masculinidad y feminidad, asume el valor del signo, signo en algún sentido, sacramental; y además, poniendo en guardia contra la concupiscencia de la carne, expresa la misma verdad acerca de la dimensión ontológica del cuerpo y confirma su significado ético, coherente con el conjunto de su enseñanza. Este significado ético nada tiene en común con la condena maniquea, y, en cambio, está profundamente compenetrado del misterio de la “redención del cuerpo”, de que escribirá San Pablo en la Carta a los Romanos (cf. Rom 8, 23). La “redención del cuerpo” no indica, sin embargo, el mal ontológico como atributo constitutivo del cuerpo humano, sino que señala solamente el estado pecaminoso del hombre, por el que, entre otras cosas, éste ha perdido el sentido límpido del significado esponsalicio del cuerpo, en el cual se expresa el dominio interior y la libertad del espíritu. Se trata aquí —como ya hemos puesto de relieve anteriormente— de una pérdida “parcial”, potencial, donde el sentido del significado esponsalicio del cuerpo se confunde, en cierto modo, con la concupiscencia y permite fácilmente ser absorbido por ella.

Juan Pablo II. Audiencia 22.10.80

el fuego del hogar

He aquí una discusión medular para la civilización: ¿Cómo cuidamos de los que no se pueden cuidar por sí mismos? ¿Y entre esos cuidados cabe incluir el no dejarlos nacer o matarlos cumpliendo sus deseos? ¿Puede obligarse a todos a que asuman las convicciones de la mayoría eliminando, por ejemplo, la objeción de conciencia de los profesionales?

Es claro que en nuestras sociedades hay al respecto visiones contrapuestas y sensibilidades morales divergentes que hay que reflejar en nuestros ordenamientos jurídicos. Pero, en cualquier caso, dar la discusión por cerrada remitiéndose a la libertad de los que valiéndose por sí mismos pueden evitar nacimientos o precipitar muertes de los que no pueden nacer o morir por sí mismos, es, en el mejor de los casos, una frivolidad.

Es una insoslayable responsabilidad que nos compromete como sociedad discutir abierta y respetuosamente sobre las formas expuestas de la vida humana y nuestras obligaciones al respecto, porque, sobre lo que no hay duda es que dejar de cuidar de los que no pueden hacerlo por sí mismos, es apagar el fuego del hogar y extender la intemperie, convirtiendo el mundo y nuestras sociedades en lugares expuestos al frio y la oscuridad.

Higinio Marín

Derecho al silencio

Interesante reflexión de Juan Carlos Ramos:

El ruido que asfixia el silencio. A mitad del siglo pasado ya denunciaba Ortega y Gasset que “la existencia privada, oculta o solitaria, cerrada al público, al gentío, a los demás, va siendo cada vez más difícil (…). El derecho a cierta dosis de silencio, anulado”. Y esta cuestión, que resultaba grave para el genial pensador, no ha hecho sino aumentar vertiginosamente como secuela de las posibilidades ofrecidas por el mundo digital. En consecuencia, acaso se haya olvidado la importancia del silencio interior y convenga rescatar las consideraciones de este filósofo para que ayuden a valorarlo: “En el aislamiento [silencio] se produce de manera automática una criba y discriminación de nuestras ideas, afanes, fervores, y aprendemos los que son de verdad nuestros y los que son anónimos, ambientes, caídos sobre nosotros como la polvareda del camino”. 

En el momento actual, se hace cada vez más necesario un elogio de ese silencio que tanto favorece nuestro crecimiento interior. Sin esta valoración positiva, habrá mucha gente que desconozca el enriquecimiento que puede producir el silencio, “herrero trascendente que hace a nuestra persona compacta y la repuja”, como sentencia Ortega . Sin él, la existencia se debilita, se vuelve inauténtica, se arrastra una vida vacía y como diseñada por otros.

La vida eterna

La expresión «vida eterna» no significa la vida que viene después de la muerte —como tal vez piensa de inmediato el lector moderno—, en contraposición a la vida actual, que es ciertamente pasajera y no una vida eterna. «Vida eterna» significa la vida misma, la vida verdadera, que puede ser vivida también en este tiempo y que después ya no puede ser rebatida por la muerte física. Esto es lo que realmente interesa: abrazar ya desde ahora «la vida», la vida verdadera, que ya nada ni nadie puede destruir. 

Este significado de «vida eterna» aparece muy claramente en el capítulo sobre la resurrección de Lázaro: «El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre» (Jn 11,25s). «Viviréis, porque yo sigo viviendo», dice Jesús a sus discípulos durante la Última Cena (Jn 14,19), enseñando con ello una vez más que lo característico del discípulo de Jesús es que «vive»; que él, mucho más allá del simple existir, ha encontrado y abrazado la verdadera vida que todos andan buscando. Basándose en estos textos, los primeros cristianos se han denominado sencillamente como «los vivientes» (hoi zōntes). Ellos habían encontrado lo que todos buscan: la vida misma, la vida plena y, por tanto, indestructible. 

Mas, ¿cómo se puede llegar a eso? La oración sacerdotal da una respuesta quizás sorprendente, pero que ya estaba preparada en el contexto del pensamiento bíblico: el hombre encuentra la «vida eterna» a través del «conocimiento». No obstante, ha de tenerse en cuenta que el concepto veterotestamentario de «conocer» presupone un conocimiento que crea comunión, es hacerse una sola cosa con lo conocido.

homo aestheticus

El arte y la belleza forman parte también del ADN del ser humano. Desde las danzas y los relatos en torno al fuego a las pinturas o esculturas rupestres de los primeros seres prehistóricoshasta los modernos y contemporáneos “graffiti” urbanos, comprobamos que, tanto nosotros como nuestros antecesores, pertenecemos a la raza que podríamos denominar “homo aestheticus”. Podemos decir que necesitamos todos los días una cierta dosis de belleza para seguir viviendo. En el arte confluyen todas las dimensiones de la persona, como son la parte emocional y la intelectual, la social, la personal y la religiosa.

Además la actividad artística constituye un campo de pruebas para conocer mejor al ser humano y su actividad. En ella se unen el juego y el trabajo, el placer y el duro esfuerzo formativo. Dicho en términos un tanto cultos, podríamos decir que aquí se encuentran el “homo faber” y el “homo ludes”, el hombre que trabaja y el que juega, el insaciable deseo de divertirse y la necesidad de seguir trabajando. Así la estética se convierte -según Pareyson- en “toda la filosofía reflexionando sobre los problemas del arte y la belleza”.

Pablo Blanco

Formas de amar

El amor, más que en sentimientos, consiste en hacer feliz a la persona amada. Por eso podemos afirmar que amor es:

Conocimiento y deseo del otro. Desear es buscar con afán lo que no se tiene. La inclinación a la plenitud nos hace desear y amar aquello que nos perfecciona. Amar es gozar de esa plenitud que es fruto de la unión. Previo a esto es conocer al otro. Ningún amante se conforma con un conocimiento superficial de la persona amada: busca conocer del todo hasta llegar a la identificación.

La afirmación del otro. Amar es afirmar todo lo bueno de la persona amada. Esto incluye perdonar sus defectos. “¡Sé que tú no eres así!”. Amar es afirmar al otro también cuando no está presente, amar es recordar, evocar la presencia del amado mediante los recuerdos de los momentos bellos e intensos del pasado.

Anticipación del futuro. Disponer del futuro mediante la elección de queso que está en nuestro poder. Amar es ponerse en el lugar del otro y elegir aquello que el otro elegiría. Ponerse en el lugar del otro es una de las claves para que el amor pueda consolidarse y crecer: cuando esto falta nace la discordia.

Manifestación del amor. La persona es fuente de novedades, tiene una faceta creadora que debe manifestarse también en el amor. El amor aguza la capacidad de superar las dificultades para unirse y conocer al amado, busca siempre nuevas formas de afirmación del otro. Decía Platón que amar es el deseo de engendrar en la belleza. El regalo, el don es la forma más bella de manifestar el amor. Esto supone entenderse a uno mismo como don.

La aspiración a la igualdad

Es imposible comprender que la igualdad no acabe por penetrar en el mundo político como en otras partes. No se podría concebir a los hombres eternamente desiguales entre sí en un solo punto e iguales en los demás; llegarán, pues, en un tiempo dado, a serlo en todos. 

Ahora bien, no sé más que dos maneras de hacer prevalecer la igualdad en el mundo político: hay que dar derechos iguales a cada ciudadano, o no dárselos a ninguno. En cuanto a los pueblos que han llegado al mismo estado social que los angloamericanos, es muy difícil percibir un término medio entre la soberanía de todos y el poder absoluto de uno solo. No hay que disimular que el estado social que acabo de describir se presta casi tan fácilmente a una como a otra de esas dos consecuencias. 

Hay en efecto una pasión viril y legítima por la igualdad, que excita a los hombres a querer ser todos fuertes y estimados. Esa pasión tiende a elevar a los pequeños al rango de los grandes: pero se encuentra también en el corazón humano un gusto depravado por la igualdad, que inclina a los débiles a querer atraer a los fuertes a su nivel, y que conduce a los hombres a preferir la igualdad en la servidumbre a la igualdad en la libertad. 

No es que los pueblos cuyo estado social es democrático desprecien naturalmente la libertad. Tienen por el contrario un gusto instintivo por ella. Pero la libertad no es el objeto principal y continuo de su deseo; lo que aman con amor eterno, es la igualdad; se lanzan hacia ella por impulsión rápida y por esfuerzos súbitos, y si no logran el fin, se resignan; pero nada podría satisfacerles sin la igualdad, y desearían más perecer que perderla

Alexis de Tocqueville en “La democracia en América”, vol. I, 1 parte, cap. 3

Cristianos contra las cruzadas

Magnífica investigación la que hace Martin Aurell  sobre las cruzadas en su libro “Des chrétiens contre les croisades” (XIIe-XIIIsiècle)

Las «cruzadas» han sido, y continúan siendo, un tema estrella en la historiografía y la divulgación histórica. Entre el desprecio dela Ilustración y la sublimación del romanticismo, la historia de estas peregrinaciones armadas ha suscitado todo tipo de reacciones ante lo que puede considerarse uno los fenómenos más controvertidos y singulares del Occidente europeo. Sin embargo, pocas veces aparecen trabajos que cuestionan paradigmas demasiado asentados sobre la compleja relación con el Islam.

Martin Aurell, profesor en la universidad de Poitiers y excelente conocedor de las sociedades aristocráticas, plantea una tesis claramente expuesta en el título del libro: el movimiento cruzado no fue aceptado de manera unánime por los pensadores medievales; es más, se puede rastrear un corriente crítica –apoyada en los valores evangélicos– que despierta con las masacres de la primera cruzada y recorre la historia de los estados cruzados hasta su desaparición en 1291.

La investigación de Aurell revela una paulatina toma de conciencia entre algunos intelectuales sobre la violencia ejercida contra los paganos o cristianos herejes, aportando un interesante contrapunto a los estudios de Jean Flori. El autor no ofrece una reinterpretación del movimiento cruzado, sino una puntualización sobre las voces críticas que denunciaron determinadas actuaciones en esta paradójica empresa bendecida por unos móviles que no pocas veces acababan desencadenando comportamientos contrarios al Evangelio. A las denuncias de Albert, canónigo de Aix-la-Chapelle contra los bautismos forzosos durante la primera cruzada, se sumarán los teólogos de la paz, como Pietro Damián (1007-1072) y los clérigos imperiales que rechazaban el uso de las armas durante la querella de las Investiduras.

El saqueo de Constantinopla (1204), la cruzada albigense (1209-1213) y la pérdida de los últimos enclaves cristianos en Tierra Santa, suscitaron un torrente de discursos sobre la legitimidad de la violencia que llegará hasta la célebre disputa Sepúlveda-Las Casas en la Valladolid de 1550. Sus ecos todavía no se han apagado. La jornada de petición de perdón protagonizada por Juan Pablo II en el año santo del 2000, retoma un lamento antiguo por «las formas de intolerancia e incluso de violencia en servicio de la verdad», que ha sido recogido por la Comisión Teológica Internacional en su reciente documento Dios Trinidad, unidad de los hombres. El monoteísmo cristiano contra la violencia (2009-2014). La Historia de la Iglesia y de la civilización occidental deberá tomar buena nota de ello a la hora de reflexionar sobre un pasado, el medieval, que «no conoció el pensamiento único ni el comportamiento homogéneo»