La ecología del espíritu

La ecología es armonía; y tiene un nombre: paz. La paz con uno mismo, con los demás, con la naturaleza…, eso es ecologismo. Más aún, está “convencido de que respetando a la persona se promueve la paz”. Este es el verdadero ecologismo del espíritu.

Hoy es necesario rescatar los valores más genuinos, aquellos que nos han hecho grandes a los europeos y que invitan a una visión optimista del ser humano. En esta tarea, no podemos ni debemos claudicar. Nos va la dignidad y, con ella, el progreso. A veces, da la impresión de que, a más medios materiales, más egoísmo y más miseria moral; y no debe ser así. Es necesario conseguir un equilibrio para no caer en el barbarismo de una disrupción entre el desarrollo material y el espiritual, pues ambos se reclaman para esa justa paz que anida en nuestros corazones.

Hay una relación directa entre la destrucción del medio ambiente y la ruina moral y material de no pocas personas. Paz que, como definió Agustín de Hipona, es «tranquillitas ordinis», la tranquilidad en el orden, es decir, aquella situación que respeta la verdad de la naturaleza y del hombre. Si el progreso material está hipertrofiado y el espiritual está tendencialmente atrofiado, hay un desequilibrio que es siempre violento. Y lo califico de tendencial porque es libremente buscado, inducido por la claudicación intelectual que insiste en el “tener” sobre el “ser”.

Pedro López

Lo que está mal en el mundo

“¿Qué está mal en el mundo?”, deberíamos responder como se dice que Chesterton hacía cuando le preguntaban. “Yo”, replicaba.

El problema es que nosotros somos el problema. Es la humanidad caída y rota la que está en la raíz de lo que está mal en el mundo.

“Yo”, dice Chesterton.

“Nosotros”, deberíamos responder, a coro.

“No se ha probado y encontrado imperfecto al ideal cristiano”, dice Chesterton, “se le ha encontrado difícil y ni siquiera se ha intentado” (Lo que está mal en el mundo, I, 5, El templo inacabado).

Y ése es el problema. Eso es lo que está mal.

Se nos pide amar, que consiste en entregar nuestra vida por los demás, pero esto solo es posible si tenemos la humildad de ponernos a nosotros mismos en segundo o último puesto.

Si somos orgullosos en vez de humildes, nos pondremos a nosotros en primer lugar y a los demás en segundo o último plano. Si somos orgullosos, exigiremos nuestros derechos y no asumiremos nuestras responsabilidades. Y si no ponemos nuestras responsabilidades por delante de nuestros derechos, no podremos ser buenos esposos, buenos padres ni buenos ciudadanos. Nos moverán nuestras propias exigencias de lo que queremos, y no las exigencias que nos plantean quienes necesitan nuestro amor. Nosotros seremos el problema. Nosotros seremos lo que está mal en el mundo.

Si somos orgullosos, contemplaremos las cosas en términos de derecha e izquierda, y no en términos del bien y del mal. Habremos sustituido la buena moral por la mala política.

Joseph Pearce

Comprender a los pobres

Leemos en los distintos informes que la OCDE ha publicado sobre cooperación al desarrollo. Una de sus principales conclusiones es que los esfuerzos por combatir la pobreza deben centrarse en promocionar a los pobres para que sean ellos quienes contribuyan al cambio social.

Qué quieren los pobres. Meera Tiwari, investigadora del “School of Law and Social Sciences” de la Universidad de East London, se plantea dos preguntas en uno de los capítulos: ¿Cómo ven la pobreza los pobres? ¿Qué podemos aprender de ellos sobre el tipo de ayudas que necesitan? Tiwari analiza cuatro programas a medida que están resultando eficaces en zonas rurales, dos en la India y los otros dos en Etiopía y Tanzania.

Su primera conclusión es que la pobreza no se reduce a la escasez económica. La mayoría de los encuestados en las cuatro regiones asocian la lucha contra la pobreza a una combinación de factores no económicos como la salud, el acceso a la educación o la necesidad de infraestructuras. Además, sus testimonios dejan claro que lo que los pobres perciben como pobreza varía de un lugar a otro.

Mientras que en los estados de Madyha Padress y Bihar –considerados hasta hace poco entre los más pobres de la India–, los agricultores tienen dificultades para distribuir sus cosechas, los de la región etíope de Sidama quieren aprender a adaptarse a los cambios meteorológicos; y los de la zona del Kilimanjaro, al nordeste de Tanzania, necesitan instalaciones sanitarias, agua potable y educación para combatir enfermedades como la malaria o la diarrea.
Este enfoque –basado en las teorías de Amartya Sen– permite conocer lo que necesitan los pobres en cada lugar y qué es lo que piensan ellos que hay que hacer, lo que se traduce en una mayor implicación de los beneficiarios. Para Tiwari, la clave del éxito de esos programas está en la colaboración de los líderes locales, que son los que ayudan a que la gente use los servicios sociales y las infraestructuras que se ponen en marcha.

El dinero de un modelo fracasado

Aquí una descripción simple del modelo, tomado del análisis de un buen amigo:

Si consideramos que el dinero fiat es un pasivo (deuda) que se emite sin contrapartida de activos tangibles, solo comprometiendo la producción futura, entonces quienes emiten ese dinero nos deben a los tontos, quienes utilizamos nuestro tiempo de vida y nuestra energía trabajando o invirtiendo en la economía real, para producir la verdadera riqueza que es: conocimientos, bienes y servicios (PIB), pero nos pagarán esa deuda con inflación y devaluación, que con el tiempo convertirán la deuda en negativa, lo cual implica que después del expolio realizado, aún sigamos debiendo a los expoliadores.

Esta es la razón de la indignación de quienes protestan a nivel global, aunque ellos aún no entienden porque han perdido su pasado y porque no tienen ningún futuro, pues no tienen ahorros o inversiones que valgan y reciben ingresos reales precarios, por usar un modelo económico fraudulento y fracasado, que favorece a la especulación y castiga a la producción, mediante el uso de dinero que es una estafa, debido a que no conserva su valor.

Julio H. Correa

Deuda internacional y pobreza

En el año 1987 (“Sollicitudo rei socialis”, 19) Juan Pablo II advertía de un peligroso obstáculo para combatir la pobreza

La razón que movió a los países en vías de desarrollo a acoger el ofrecimiento de abundantes capitales disponibles fue la esperanza de poderlos invertir en actividades de desarrollo. En consecuencia, la disponibilidad de los capitales y el hecho de aceptarlos a título de préstamo puede considerarse una contribución al desarrollo mismo, cosa deseable y legítima en sí misma, aunque quizás imprudente y en alguna ocasión apresurada.

Habiendo cambiado las circunstancias tanto en los países endeudados como en el mercado internacional financiador, el instrumento elegido para dar una ayuda al desarrollo se ha transformado en un mecanismo contraproducente. Y esto ya sea porque los Países endeudados, para satisfacer los compromisos de la deuda, se ven obligados a exportar los capitales que serían necesarios para aumentar o, incluso, para mantener su nivel de vida, ya sea porque, por la misma razón, no pueden obtener nuevas fuentes de financiación indispensables igualmente.

Por este mecanismo, el medio destinado al desarrollo de los pueblos se ha convertido en un freno, por no hablar, en ciertos casos, hasta de una acentuación del subdesarrollo.

¿Sigue vigente esta visión del problema por parte de la Iglesia? El pasado 12 de abril el papa Francisco recordó: “Considerando las circunstancias, se relajen además las sanciones internacionales de los países afectados, que les impiden ofrecer a los propios ciudadanos una ayuda adecuada, y se afronten —por parte de todos los Países— las grandes necesidades del momento, reduciendo, o incluso condonando, la deuda que pesa en los presupuestos de aquellos más pobres”.

Pero ¿es justo no pagar las deudas? Ya Juan Pablo II se planteaba la cuestión: “Es ciertamente justo el principio de que las deudas deben ser pagadas. No es lícito, en cambio, exigir o pretender su pago cuando éste vendría a imponer de hecho opciones políticas tales que llevarían al hambre y a la desesperación a poblaciones enteras. No se puede pretender que las deudas contraídas sean pagadas con sacrificios insoportables”.

Sonrisas

La cara risueña juega un papel de primer orden en las relaciones humanas. A veces, cuando se encarece la importancia que este bello gesto tiene en la convivencia, se suele argumentar con cierto escepticismo que todo eso está muy bien, que por supuesto, es un «tic» bonito, pero que expresarla no es tan fácil, pues «la sonrisa nace, no se hace». Es ésta una frase breve, redonda, que, como otras muchas máximas ingeniosas, no deja de ser más que una verdad a medias. Si con este dicho se quiere afirmar que es un gesto instintivo, vale; no hay nada que objetar. Si, por el contrario, de lo que se trata es de postular que es sólo privilegio de unos pocos, no estoy de acuerdo.

Al igual que otros muchos gestos humanos, la sonrisa es una expresión del rostro, fácil de activar y que está al alcance de cualquiera que quiera realizarla. No hay raza, cultura o nacionalidad que no la reconozca, la aprecie y la emplee para manifestar sus alegrías, su felicidad o como recurso para hacer el trato con la gente más grato. Los orientales, y más en concreto los chinos, que, además, entienden bastante de sonrisas, tienen dos proverbios que ilustran bien su papel y su importancia en la vida social: «un día sin sonreír, un día perdido»; o aquel otro que reza así: «la persona que no pueda sonreír, que no ponga una tienda». Si la lectura del rostro es decisiva a la hora de conocer a una persona y saber a qué atenerse en el trato con ella, cabría decir lo mismo de un gesto tan personal y socorrido como éste.

No es fácil, sin embargo, discernir de sonrisas. ¡Son tantas y tan ambiguas! Ni siquiera el mismo Paul Eckman, una de las máximas autoridades en el lenguaje gestual, llegó a dar con una clasificación de ellas que fuera convincente. Sonrisas hay tantas cuantos individuos, estados de ánimo y situaciones existen.

Ateniéndonos a la intencionalidad de la persona, se puede hablar de tres clases de sonrisas: la sentida, la media sonrisa y la falsa. La sentida es la producida por la alegría, por la felicidad o por el optimismo. Es la más fácil de detectar. Moviliza los ojos, los labios, al tiempo que parece iluminar todo el semblante de la persona. Es el gesto-rey; es la sonrisa propiamente dicha. Cuando, de algún modo, los ojos parecen desmentir lo que la boca intenta expresar o la frialdad de la mirada no está en armonía con los labios y el resto de las facciones, el resultado es la media sonrisa. Son ejemplos de ella la sonrisita o sonrisa irónica, y un sinnúmero de expresiones faciales equívocas bien difíciles, a veces, de discernir. La fingida o falsa, por último, es el gesto forzado, fácilmente detectable por la violencia con que se emplean tanto los ojos como los labios que, por cierto, no deja de tener cierto atractivo. Paradójicamente, es la sonrisa que más tiempo permanece en el rostro.

Luis Carlos Bellido, en Aprender a sonreír.

Gobernar sabiamente

Platón, con “La República” inauguró en su época un nuevo modo de ver la política. Parte de la idea de que solo pueden gobernar sabiamente quienes conocen y han experimentado el bien. El poder debe ser servicio, es decir, renuncia consciente a la altura contemplativa. El poder debería ser un retorno voluntario a la “caverna”, en cuya oscuridad viven los hombres. Solo así podrá surgir un verdadero gobierno y no una pelea continua con la apariencia y lo aparente como la que mantiene encarnizados, por lo general, a los políticos.

La ceguera de la política habitual reside, según Platón, en que sus defensores luchan por el poder como si fuera un gran bien. Con estas reflexiones, Platón se aproxima a la idea bíblica de que la verdad no es producida por la política (en nuestro caso el consenso). Cuando los relativistas piensan que sí lo es, se aproximan, a pesar de la primacía de la libertad que buscan, a los totalitarios. La mayoría se convierte en una especie de divinidad contra la que no cabe apelación posible (cuando es patente que las mayorías se han equivocado muchas veces, por ejemplo con el tema de la esclavitud).

Joseph Ratzinger en “Verdad, valores, poder”

Erotismo y pornografía

Se dice de la pornografía que es difícil de definir, pero muy fácil de reconocer. Pienso que efectivamente es así, pero como universitarios no podemos rehuir el definir el fenómeno que en esta sesión queremos estudiar. Los españoles para dilucidar este tipo de cuestiones solemos acudir en primer lugar al Diccionario de la Real Academia y no me parece mal, pues en ese diccionario vienen registradas distinciones muy sutiles que operan en nuestra cultura a través de la lengua. En nuestro caso, las definiciones de los dos términos que nos ocupan son las siguientes5:

Pornografía. Carácter obsceno de obras literarias o artísticas. 2. Obra literaria o artística de este carácter. 3. Tratado acerca de la prostitución.

Erotismo. Amor sensual. 2. Carácter de lo que excita el amor sensual. 3. Exaltación del amor físico en el arte.

Llama la atención la proximidad entre ambos términos, con la diferencia importante de que la pornografía es considerada “obscena”, esto es, como algo que no debe aparecer en escena, y está relacionada con la prostitución, mientras que el erotismo alude más bien a la exaltación de la dimensión física y sensual del amor. Sin duda resultan útiles estas definiciones del diccionario, pero me parece que quizá puede resultarnos todavía más útil lo que escribió a este respecto el novelista Walker Percy, refiriéndose en particular a los libros:

“la pornografía se diferencia de otros escritos en que hace algo que los otros libros no hacen. Hay novelas que aspiran a entretener, a decir cómo son las cosas, a crear personajes y aventuras con los que el lector pueda identificarse. En cambio, la pornografía hace algo completamente diferente: trata de modo completamente deliberado de excitar sexualmente al lector. Esto es algo en lo que podemos estar de acuerdo los cristianos y los no cristianos, los científicos y los profesores de lengua, pues no tiene gran misterio. La pornografía, que es una transacción con signos, no es realmente diferente de la salivación del perro de Pavlov al oír el sonido de la campana que ha aprendido que ‘significa’ que llega la comida”6.

Por ello, prosigue con fuerza Percy y desde la experiencia que da el ser un autor consagrado de novelas,

“sea lo que fuere la pornografía, no es literatura, ni siquiera mala literatura. Es otra cosa. Poniéndolo en términos semióticos, la literatura tiene que ver con que yo escriba palabras acerca de algo que usted lea comprendiéndolo y —espero— con placer. La pornografía tiene que ver con que yo use palabras como estímulos que provoquen determinadas respuestas en usted. La literatura es una transacción “yo-tú” en la que los símbolos se usan para transmitir verdades de algún tipo. La pornografía es una transacción “yo-ello” en la que tú te conviertes en un objeto, en un organismo manipulado por estímulos. No es necesario, estoy seguro, decirles quien se convierte en el Ello en esta transacción. Es la mujer, por supuesto, todas las mujeres, que son degradadas en su persona misma al ser usadas como objeto”.

Jaime Nubiola

(Ver texto completo)

¿Puede intervenir el Estado en la economía?

Textos de Juan Pablo II sacados de la Carta Encíclica “Centesimus annus”:

“La acción del Estado y de los demás poderes públicos debe conformarse al principio de subsidiaridad y crear situaciones favorables al libre ejercicio de la actividad económica; debe también inspirarse en el principio de solidaridad y establecer los límites a la autonomía de las partes para defender a la más débil”

«El Estado tiene el deber de secundar la actividad de las empresas, creando condiciones que aseguren oportunidades de trabajo, estimulándola donde sea insuficiente o sosteniéndola en momentos de crisis. El Estado tiene, además, el derecho a intervenir, cuando situaciones particulares de monopolio creen rémoras u obstáculos al desarrollo. Pero, aparte de estas incumbencias de armonización y dirección del desarrollo, el Estado puede ejercer funciones de suplencia en situaciones excepcionales»

La tarea fundamental del Estado en ámbito económico es definir un marco jurídico apto para regular las relaciones económicas, con el fin de «salvaguardar… las condiciones fundamentales de una economía libre, que presupone una cierta igualdad entre las partes, no sea que una de ellas supere talmente en poder a la otra que la pueda reducir prácticamente a esclavitud»

“Es necesario que mercado y Estado actúen concertadamente y sean complementarios. El libre mercado puede proporcionar efectos benéficos a la colectividad solamente en presencia de una organización del Estado que defina y oriente la dirección del desarrollo económico, que haga respetar reglas justas y transparentes, que intervenga también directamente, durante el tiempo estrictamente necesario”.

Laicidad del Estado

El profesor Viladrich en los años 80 desarrolló el concepto de laicidad del Estado, entendiendo por tal que el Estado no es competente en materias religiosas en cuanto tales, que la Fe es libre de Estado, que por supuesto el Estado ni es ateo, ni agnóstico, ni confesional, ni concurre, ni compite, ni sustituye al ciudadano en su creencia religiosa. Por ello la laicidad significa que el Estado en cuanto tal es Estado y se relaciona con el hecho religioso y las confesiones a través del Derecho en su repercusión social y jurídica.

Esto lleva a concluir que el Estado no puede ser agresivo, hostil, laicista frente a la religión. Cosa diferente sería equiparar Estado y sociedad. La sociedad mantiene sus creencias que deben ser tenidas en cuenta por los poderes públicos y reguladas por acuerdos con las confesiones religiosas (en España con la Iglesia católica y, por el momento, con musulmanes, judíos y protestantes). Otro equívoco, a mi entender, es el contraponer laico a confesional o religioso, de tal modo que si eres creyente o cuentas con tus convicciones religiosas, ya no eres laico. Laico lo es el creyente y el no creyente, porque ambos son ciudadanos en plena igualdad, ni más ni menos. Por tanto, personalmente no renuncio a ser laico.

Otro malentendido no casual es pensar que el pensamiento del creyente determina su discurso académico, político, científico; y en cambio el pensamiento “laico” es neutro, científico, objetivo, no sometido más que a la razón. Nada más lejos de la realidad: el pensamiento “laico” está lleno de ideología, concepciones del hombre y la sociedad y, en algunas ocasiones, imbuido de su aparente neutralidad, puede intentar imponerse como un laicismo confesional.

Daniel Tirapu