El laicismo como religión civil

Desaparecidos de la escena pública un Dios transcendente y la ley natural, el hombre es un dios que hace lo que le da la gana, su única ley es su voluntad, Nietzsche lo explicó muy bien antes de pasar diez años en el manicomio. Y dado que, como es lógico, esta religión civil del laicismo se refleja en nuestra vida social y política, el resultado es claro: un hombre que ha dado la espalda a Dios asume por su cuenta el gobierno del mundo, y así el poder se convierte en el dios de tal mundo. Es decir, el Estado se convierte en un dios social, un Leviatán, un Estado-dios que, a imagen y semejanza del hombre-dios, también hace lo que le da la gana, su única guía es su voluntad, a la que eufemísticamente llama voluntad popular. Sin nada que limite al Estado, sin leyes naturales que observar, los que mandan tienen plenitud de potestad y mangonean todo lo nuestro, nuestras vidas, nuestras libertades y nuestros bienes. Lo cual es una faena pavorosa a la que Ortega llamó politicismo integral: prohibido todo aparte, nada de 4 tener opiniones propias, nada de discrepar, estamos encerrados en la cárcel del pensamiento único y Leviatán (el Estado) nos ordena lo que debemos hacer, decir, y en ocasiones hasta pensar. Así funcionaron el socialismo científico de Stalin y el nacional socialismo de Hitler, quienes gobernaron a modo de dioses en la tierra, destrozando lo más humano en nombre de nuestra liberación.

José Ramón Recuero. Autor de “La Cuestión Política” 

Dignidad y autonomía

“Más allá de cuestiones decisivas como el escaso acceso a los cuidados paliativos o el peligro real de entrar en una “pendiente resbaladiza” -sostiene José María Torralba, profesor titular de Filosofía Moral y Política en la Universidad de Navarra-, lo que hay en el fondo de este debate [acerca de la nueva ley de Eutanasia] son dos maneras de entender la dignidad humana. Esta es la cuestión ideológica sobre la que más hay que hablar, pues la dignidad constituye la base de nuestros ordenamientos jurídicos, al menos desde la Declaración Universal de Derechos Humanos. Lo que ahora se decide es si la dignidad consiste únicamente en la autonomía, es decir, la autodeterminación del individuo; o si, en cambio, se trata del valor intrínseco que posee cada persona, con independencia de sus capacidades, circunstancias e, incluso, percepciones.

La nueva ley se propone “respetar la autonomía” de quien se encuentre en “condiciones que considere incompatibles con su dignidad personal”. De este modo, la dignidad pasa de ser una condición objetiva (el valor intrínseco) a una percepción subjetiva. Habrá condiciones de enfermedad grave o terminal que hagan la vida indigna. La única dignidad que queda entonces es la autonomía para decidir si vale la pena vivir, de modo que sería una obligación respetar esa autodeterminación.

En el reciente informe del Comité de Bioética de España (dependiente del Ministerio de Sanidad) se explica la contradicción que encierra este planteamiento. Si la dignidad consiste en respetar la autonomía, ¿por qué solo se permite la eutanasia a los enfermos graves o terminales? Lo lógico sería otorgar el derecho a cualquier persona, sana o enferma. Esto es, precisamente, lo que hace unos meses sentenció el Tribunal Constitucional de Alemania al reconocer el derecho al suicidio asistido para todos los ciudadanos”.

Derechos humanos depredados

A veces, hay que decir la verdad; y la verdad es sin más lo que hay. Pero no al modo con que el fiscal puede decirlo en un juicio penal: ¡es usted un farsante! Para acusarnos y condenarnos. Sí, a los ancianos, a los desahuciados, hay que decirles la verdad, al menos la que ellos quieren saber. Pero no inducirles, con nuestro malestar o con nuestro silencio culposo, que estorban, que son sobreros. Sería cruel e inhumano. Muchos, en esta situación terminal, en la que por otro lado todos nos encontramos -la salud, se dice de modo jocoso, es un estado provisional que no augura nada bueno- se verán psicológicamente presionados para solicitar la eutanasia. Sí, es una ley garantista, como se ha dicho, pero para no cuidar de los que chochean. Garantista de los que se quedan sin hacer la faena y con la herencia. Garantista de los sanos, no de los sufrientes.

No hay nada nuevo bajo el sol. Por más que lo vendan como panacea humanitaria, es el mismo argumento de siempre: los otros, los diferentes, los débiles, deben seguir siendo los parias, porque así ha sido siempre. Es lo que hace años explicaba Janne Haaland Matlàry, en ‘Derechos humanos depredados’: caminamos hacia un relativismo que hace del deseo un derecho. Marx lo explicitó indicando que el derecho es la superestructura de los pudientes para conservar su ‘estatus quo’.

Pedro López

Hombres a la intemperie

El artículo «Hombres a la intemperie» de Carlos Marín-Blázquez —maravillosamente escrito— sobre el feroz individualismo de nuestra sociedad me ha dejado temblando. Copio: «Ante los indicios de un tiempo que intuyen exhausto, las élites se muestran decididas a actuar en su provecho. De la angustia del hombre aislado ellas saben cómo extraer resentimiento; de su sed de fraternidad obtienen el control de sus emociones. De ese modo, la frustración consustancial a un mundo atravesado por el espíritu disgregador del materialismo y desprovisto de cualquier expectativa trascendente redunda en una intensificación de las refriegas ideológicas que, exacerbando su virulencia y mutando constantemente de faz, no albergan propósito más urgente que el de acabar de disolver hasta el último vestigio de los antiguos vínculos comunitarios». Vemos que esto es así: la familia, las profesiones, las costumbres e instituciones de nuestra sociedad están siendo corroídas sistemáticamente, dejando a los pobres individuos a la intemperie y del todo desorientados. Por suerte, su severo y certero diagnóstico termina con una maravillosa cita del filósofo y escritor alemán Ernst Jünger (1895-1998): «Raras veces nos salen al encuentro hombres felices: no quieren llamar la atención. Pero aún viven entre nosotros, en sus celdas y buhardillas, sumidos en el conocimiento, la contemplación, la adoración en los desiertos, en las ermitas bajo el techo del mundo. Tal vez a ellos se deba que nos llegue todavía el calor, la fuerza superior de la vida».

Jaime Nubiola

Política de rostro humano

En su última encíclica, el Papa ha querido enlazar nuevamente con el legado espiritual de san Francisco de Asís, como lo hizo al comienzo de su pontificado, al escoger el nombre de Francisco.  Un gesto lleno de significado, seguido de muchos otros, encaminados todos ellos a evocar la renovación espiritual que inició el santo de Asís en la Iglesia y el mundo de su tiempo, sacudiendo inercias y llamando la atención sobre la  radicalidad del mensaje evangélico; un mensaje que, cuando se acoge en toda su hondura, tiene el potencial de revolucionar lugares comunes, rutinas e ideas acostumbradas. Glosando la parábola evangélica del buen samaritano, Francisco ha querido llamar la atención sobre una de las dimensiones de la fraternidad cristiana, que en una época marcada por enfrentamientos y polarizaciones, resulta estrictamente revolucionaria, y llena de consecuencias para la vida social: justamente la apertura al otro, más allá de todos los muros que puedan levantar nuestras costumbres, intereses o simpatías. En Fratelli tutti, Francisco aborda muchas cuestiones, pero el hilo conductor es siempre este: para gestar sociedades abiertas y fraternas sin duda es precisa una revolución, cuyo contenido puede leerse en la figura del buen samaritano, el cual manifiesta en su conducta una apertura de corazón que no sabe de barreras identitarias, y es por ello capaz de inspirar la reforma de mentalidades, costumbres y la misma práctica política.

Ana Marta González en “Alfa y Omega”

Ecología humana

“De la misma manera que hubo un tiempo en el que ignorábamos el impacto de nuestras industrias sobre el medio ambiente, muchas empresas ignoran hoy el hecho de que están destruyendo la ecología humana y contaminando sus propias organizaciones y la sociedad con unas prácticas que la perjudican y deshumanizan, cuando no permiten que sus empleados cumplan sus roles como miembros de una familia y de una comunidad.

Vivimos ya en un mundo permanentemente conectado. El planeta Tierra es una aldea global que debe afrontar la “incómoda” verdad de lo que vengo llamando “contaminación social” y su insostenibilidad: individuos deshumanizados y “contaminados” por una sociedad sin valores.

Preservar la salud social y la ecología de las personas, de las familias y de las comunidades humanas es tan importante y urgente para la economía como preservar el medio ambiente, cuyo deterioro no deja de ser consecuencia del deterioro de la ecología humana”

Nuria Chinchilla

El problema de la conciencia

El problema de la conciencia se ha convertido actualmente, sobre todo en el ámbito de la teología moral, en un punto esencial del conocimiento moral católica. La disputa gira en torno a los conceptos “libertad” y “norma”, “autonomía” y “heteronomía”, “autodeterminación” y “heterodeterminación” por la autoridad. La conciencia aparece en todo ello como baluarte de la libertad frente a las constricciones de la existencia causadas por la autoridad

En la controversia se contraponen dos concepciones de lo católico: un entendimiento renovado de su esencia, que despliega la fe cristiana desde el fondo de la libertad y un anticuado modelo “preconciliar”, que subordina la existencia cristiana a la autoridad, la cual regula la vida hasta en sus más íntimos recintos tratando de mantener su poder sobre los hombres. De este modo, la moral de la conciencia y la moral de la autoridad parecen enfrentarse como dos morales contrapuestas.

La libertad del cristiano quedaría a salvo gracias a la proposición originaria de la tradición moral: la conciencia es la norma suprema, que el hombre ha de seguir incluso contra la autoridad. Cuando la autoridad, en este caso el Magisterio de la Iglesia, hable sobre problemas de moral, podrá suministrar el material a la conciencia, que se reserva siempre la última palabra, para que forme su propio juicio. La concepción de la conciencia como instancia última es recogida por algunos autores en la fórmula “la conciencia es infalible”.

En este punto se puede, con todo, plantear la oposición. Es incuestionable que debemos seguir siempre el veredicto evidente de la conciencia o, al menos, que no debemos obrar en su contra. Cosa muy distinta es saber si el fallo de la conciencia tiene razón siempre, si es infalible. Decir que lo es significaría tanto como establecer verdad alguna, al menos en asuntos de moral y religión, es decir, en ese ámbito que forma el fundamento constitutivo de nuestra existencia. Como los juicios de conciencia se contradicen unos a otros, sólo habría una verdad del sujeto, que se reduciría a su veracidad.

Joseph Ratzinger en “liberar la libertad” pp. 91-92.

Leer un clásico

Leer un clásico no presenta mayor riesgo que la lectura de algo actual de cierto nivel literario. Es decir, exige una vivaz atención, y tal vez cierta lentitud, para llegar a captar con precisión lo que nos dice por encima de los ecos de su trasfondo de época. Más allá de las convenciones de estilo, lo que caracteriza a un libro clásico es el hecho de que pervive porque fue interesante y emotivo y capaz de sugerir apasionadas lecturas al lector de cualquier época. Classicus quería decir en su origen “con clase” o “de primera clase”, según los mandarines de la crítica; pero los grandes clásicos no requieren lectores muy selectos ni con título especial, sino inteligentes y despiertos, porque versan sobre aspectos esenciales de la condición humana. Un libro clásico es el que puede releerse una y otra vez y siempre parece inquietante y seductor porque nos conmueve y cuestiona, a veces en lo íntimo, y, como escribió Italo Calvino, “siempre tiene algo más que decir”. Por eso se ha salvado del gran enemigo de toda cultura: el abrumador olvido (hablo de los libros, pero vale lo mismo para los clásicos de la música o de otras artes).

Carlos García Gual

Mirar con asombro

El mensaje que el cardenal Parolin ha enviado al encuentro de Rimini, de parte del Papa Francisco (5-VIII-2020), subraya la posibilidad del asombro, para descubrir, también en medio de las experiencias dramáticas de la pandemia, con ojos de niño (cf. Mt 18, 3) el valor de la existencia humana, de la existencia de los demás seres y del amor, Y también el don de la fe. Ese asombro se traduce ahora –puede y debe traducirse– en compasión y en servicio a las necesidades de quienes nos rodean.

En efecto. La admiración, el asombro o estupor tiene que ver con la capacidad de mirar. El guardagujas le dice al Principito (capítulo XXII) que en los trenes los viajeros no buscan ni persiguen nada, normalmente duermen o bostezan; “únicamente los niños aplastan su nariz contra los vidrios…. únicamente ellos saben lo que buscan…”.

Si el principio de la filosofía es la atención hacia la realidad y la vida, también el asombro –capacidad exclusivamente humana– es condición para captar el Misterio que está en la raíz y el fundamento de todas las cosas y especialmente de todo lo que tiene que ver con las personas, la nostalgia y el anhelo de infinito. Con ello se conecta el camino de la belleza, cuya plenitud se encuentra en Cristo, que revela la maravilla de la vida cuando se descubre un amor que salva.

“Diversas personas –se lee en ese mensaje– se han apresurado en la búsqueda de respuestas o incluso solo de preguntas sobre el sentido de la vida, a lo que todos aspiramos, aunque no seamos conscientes: en lugar de apagar esa sed más profunda, el confinamiento ha reavivado en algunos la capacidad de maravillarse ante personas y hechos que antes se daban por supuestos. Una circunstancia tan dramática ha restituido, al menos un poco, un modo más genuino de apreciar la existencia, sin la complejidad de las distracciones y pre-conceptos que manchan la mirada, desdibuja las cosas, vacía el asombro y nos priva de preguntarnos quiénes somos”.

Ramiro Pellitero

La filosofía se ha vuelto loca

“El francés Jean-François Braunstein -es la lúcida reseña del escritor Enrique García-Máiquez para Nueva Revista– repasa en La filosofía se ha vuelto loca (Ariel, 2019) algunas teorías ideológicas -y sus autores, como Judith Butler- que configuran nuestra sociedad y sus agendas políticas. Teorías “peligrosamente populares” las ha calificado Fernando Savater. Braunstein desentraña esas ideas con un contundente aparato crítico, no sólo por la cantidad de citas y autores tratados, sino también por la finura de sus observaciones. Obsérvese la ironía: «Las cuestiones relativas al género, al derecho de los animales y a la eutanasia han cruzado el Atlántico y se han convertido en debates sociales, que supuestamente deben apasionarnos». Hay una oscilación entre la información rigurosa y la chispa epigramática, que aparece aquí y allá, como un aliviadero, cuando el autor, que trata de mostrarse siempre ecuánime, no puede más. Ese juego de tonos contribuye a una lectura dinámica, que va y viene de la información a la crítica, aunque sin confundir los planos. (…)

Con todo, la pulsión epigramática de Braunstein no le distrae de subrayar la seriedad de lo que nos jugamos. Se trata de «proyectos aparentemente generosos que conducen a consecuencias absurdas, chocantes incluso». Este ensayo describe, fundamentalmente, «el paso de los buenos sentimientos a la abyección». Como remacha Savater: «[La filosofía] tiende a la genialidad en el mejor de los casos, pero al delirio en los peores». Braunstein estudia a John Money, Anne Fausto-Sterling, Judith Butler…, y muestra cómo van de lo grotesco a lo directamente desagradable. Sostiene un pulso particular con el filósofo australiano Peter Singer, del que subraya que «casi la mitad de su influyente tratado de ética, Ética práctica, está dedicado a la pregunta de si “se puede matar” a fetos, a niños, a ancianos, etc.».