Cómo la banca “crea” dinero

la banca comercial «crea» dinero. Mucho dinero. Un banquero que tiene depósitos por valor de 100, cuando entrega créditos por valor de 10 hace que en una sociedad «exista» dinero por valor de 110. Los 100 del depósito y los 10 del préstamo que, aunque los ha tomado del propio depósito, está en manos de dos ciudadanos al mismo tiempo. Del ciudadano que cree que los tiene en el banco y del ciudadano al que se los han prestado y, aunque ha de devolverlos, los lleva en el bolsillo y, por ende, actúan como si fueran enteramente suyos, sea invirtiendo, comerciando o gastando. Diez unidades de valor que están en el bolsillo de dos personas al mismo tiempo. Una, pensando pensando que los tienen guardados, y la otra, sabiendo que ha de devolverlos. Pero ambos dan por sentado que esos diez euros están en sus respectivos bolsillos. Todo canalizado a través de una entidad, el banquero, que ha actuado como intermediario de un prestamista anónimo. No me digan que no es alucinante. La imaginación e inventiva humana no tienen parangón (…)

Esa es la lógica de los bancos. Los bancos responden de un dinero que se les deposita y que van a prestar a un tercero, basados en la probabilidad de que no se solicite su reintegro. Su éxito depende de dos cosas: de que la gente devuelva lo que pide prestado y de que los depositantes confíen en que el banco presta sus depósitos a personas solventes para proyectos viables.

Fernando Trías de Bes

Cómo salvar al mercado del capitalismo

“No a un dinero que gobierna en lugar de servir”. Francisco en  Evangelii gaudium, 57.

Las finanzas tienen una función vital: oxigenar e impulsar la economía. Hoy, en cambio, predomina una forma de finanzas (de mercados financieros) que no desempeña esta función de manera apropiada. El dominio de los mercados financieros es políticamente ilegítimo, económicamente dañino y humanamente aberrante. Es necesario salir de esta situación.

Tras la crisis, que fue ante todo “su crisis” los mercados financieros han adquirido un poder sin precedentes. Dictan leyes, imponen políticas económicas a los Estados, deponen gobiernos, derogan derechos, desquician pactos sociales, rediseñan equilibrios y alianzas internacionales. Es un hecho. Hay quienes lo consideran un bien, una forma de disciplina que pone bajo tutela de los mercados a los gobiernos irresponsables. Pero es el dinero que gobierna: “un dólar, un voto”.

Mientras no sea comúnmente aceptado identificar a las personas con su cuenta bancaria –y esperemos que nunca lo sea-, el gobierno de los mercados es un gobierno ilegítimo. Lejos de ser una nueva forma de democracia es una nueva forma de opresión: el dominio de los acreedores sobre los endeudados. En otras épocas, que consideramos superadas, la autoridad política tenía la tarea de equilibrar la relación entre acreedores y endeudados. Hoy se contenta con sancionar el desequilibrio.

Deberíamos haberlo aprendido, vivimos en una situación de soberanía limitada, sometidos a la tutela de los acreedores. Pero seguimos dispuestos a pedir préstamos a la China como si de este modo pudiéramos salvar Europa. Parece claro que deberíamos descubrir otras alternativas.

Tampoco tiene mucho sentido tomarla con el acreedor de turno, sea una cancillería alemana o banqueros internacionales, porque todo acreedor es también deudor. El aspecto verdaderamente nuevo del nuevo régimen que nos encontramos es su carácter impersonal, anónimo, a la vez difuso y concentrado.

¿Valores democráticos?

«La exigencia de igualdad es noble y debe apoyarse plenamente, pero dentro de su propia esfera que es la justicia social. No tiene ningún espacio fuera de ahí. La democracia es el único sistema político aceptable; pero concierne exclusivamente a la política, y no tiene ninguna aplicación en ningún otro campo. Cuando se aplica en cualquier otro sitio, significa la muerte, porque la verdad no es democrática, la inteligencia y el talento no son democráticos, ni lo es la belleza, ni el amor, ni la gracia de Dios. Una educación democrática de verdad es la que prepara a la gente intelectualmente para defender y promover la democracia dentro del mundo político; pero la educación, en su propio campo, debe ser implacablemente aristocrática e intelectual»

Simon Leys

Un mundo sin rumbo

Nuestros antepasados, con sus más y sus menos, disponían de un centro referencial, unas coordenadas vitales, una estrella polar a dónde dirigirse en caso de pérdida existencial. En cambio, nuestros coetáneos, especialmente los más jóvenes, carecen de toda referencia. En todo caso sólo disponen de artilugios con GPS que no sirven para nada. Están creciendo y tomando puestos de responsabilidad en un mundo sin rumbo, sin norte ni normas. Les hemos enseñado que lo importante es que sean libres, pero no que sean buenos. Y francamente, no saben cómo serlo. Les hemos atiborrado de señuelos del tipo «han de ser los primeros», «lo importante es el éxito», «no tienen que dejar de ser independientes», «no han de comprometerse irreversiblemente», «han de poder disfrutar de la vida que solo se vive una vez». Esto, dicho sucintamente, es sencillamente demoledor porque conlleva la disolución de los vínculos humanos; y su corolario necesario es la soledad, y en el mejor de los casos, soledad compartida y, en algún caso, compasiva:no hay compromisos, todo es volátil (…)

Para superar la ruptura de nuestra generación y poder regresar al buen sentido, hemos de ponernos en vanguardia frente a los disvalores de la postmodernidad que nos ha metido en un buen embrollo, en un laberinto que no tiene salida: entender la vida lograda y feliz como un atiborrarse de trastos y tener los instintos ‘saciados’ (que nunca lo están). Porque tal cosa es del todo insatisfactoria y es la puerta de múltiples desórdenes. Hoy en Occidente, sin moral que compartir, por más que nos calentemos los sesos con leyes, normas y reglamentos, no somos capaces de salir del marasmo, porque hemos abandonado el bien, la verdad y la belleza en pos de lo útil, lo práctico y lo cuántico (lo contante y sonante).

P. López-G.Marco

Educar

Aprender a hablar es el modelo para cualquier otra educación. Educación es introducción al propio mundo, interpretación del mundo, práctica de distinciones, ya sea la distinción entre un mirlo y un petirrojo, entre un arroyo y un canal, o entre un Mercedes y un Volkswagen. Pero también la distinción entre lo importante y lo banal, entre lo bello y lo feo, entre el bien y el mal. Estas últimas distinciones no se pueden aprender de manera puramente teórica. La distinción entre lo importante y lo banal se adquiere sólo mediante la práctica de actos de preferencia, de postergación y de renuncia (…).

«Normalmente la educación no es una profesión. Dar clase puede ser una profesión, la profesión del profesor, que transmite conocimientos y habilidades muy concretas. Pero, ¿qué conocimientos y habilidades transmite el educador? “Vivre c’est le metier que je veux lui apprendre”, -Vivir es el oficio que quiero enseñarle-, hace decir Rousseau al educador de su famoso Émile. Pero ¿cómo enseña uno a vivir? Conviviendo y haciendo todo lo posible unos con otros. La educación no es ningún proceso propio de la racionalidad instrumental. No existe una actividad especial que se llame “Educar”. La educación es un efecto secundario que sobreviene cuando se hacen muchas otras cosas diferentes».

Robert Spaemann

El problema de los partidos políticos

Para Simone Weil, los partidos políticos suponían un problema en sí mismos, pues portaban con ellos el germen del totalitarismo. Esto puede sonar extraño cuando en el siglo XXI se considera a los partidos el baluarte anti totalitario, representantes del pluralismo y la democracia. Veamos pues el razonamiento de Weil.

“Si un miembro de un partido está absolutamente decidido a ser fiel a su luz interior en todo su razonamiento y a nada más, no puede dar a conocer esa resolución a su partido. Se enfrenta entonces a un estado de mentiras. Es una situación inaceptable causada por la necesidad que le lleva a pertenecer a un partido para tomar parte eficazmente de los asuntos públicos. Esta necesidad es entonces un mal, y hay que ponerle fin suprimiendo los partidos. Un hombre que no haya decidido ser fiel más que a su luz interior instala el mal en el centro mismo del alma (…) Se trataría en vano de discernir entre la libertad interior y la disciplina exterior. Porque entonces hay que mentir al público, hacia el que todo candidato, todo elegido, tiene una obligación particular de verdad. Si me presto a decir en nombre de mi partido, las cosas que estimo contrarias a la verdad y a la justicia, ¿voy a indicarlo con un cartel antes? Si no lo hago miento. De estas tres formas de mentira (al partido, al público y a sí mismo) la primera es de lejos la menos mala. Pero si la pertenencia a un partido conduce siempre a la mentira, la existencia de los partidos es absoluta e incondicionalmente un mal“.

(Simone Weil, Ensayo sobre la supresión de los partidos políticos).

Tomado de «Libertad Política»

Meritocracia

El profesor de Harvard Michael Sandel es un referente mundial en filosofía moral y ciencia política. En 2020, dedicó un libro a la meritocracia, “La tiranía del mérito” una cuestión que está pasando a la primera línea del debate público y que, según Sandel, pone de manifiesto algunas contradicciones de las sociedades liberales.

La meritocracia es la teoría que representa el ideal del sueño americano, en el que todas las personas tienen las mismas oportunidades de prosperar económicamente y mejorar en la escala social. Si todos partimos del mismo punto —se piensa en EE. UU. y, por extensión, en Occidente en general—, parece lógico premiar a quienes consigan destacar, porque se entiende que el mérito recaerá mayoritariamente en su inteligencia y su esfuerzo.

Sin embargo, los datos demuestran que la realidad es muy distinta. La casilla de salida —al menos en lo relativo al nivel de ingresos y de formación de los padres— no es idéntica para todos y eso condiciona el sistema de ascenso social en su conjunto. Por ejemplo, en España, según el informe Desigualdades socioeconómicas y rendimiento académico en España elaborado por el Observatorio Social de «la Caixa» en 2018, hay unabrecha de dos años de escolarización entre los alumnos de hogares con un mayor nivel socioeconómico y aquellos que proceden de familias más humildes. Eso se traduce en quela mitad de los estudiantes más pobres ha repetido curso en primaria o secundaria, algo que no ocurre en las clases media y adinerada.

Según datos de Credit Suisse, el 1% más rico de la población mundial se ha beneficiado de la mitad del crecimiento de bienestar global desde comienzos de milenio. La diferencia entre ricos y pobres se agranda día a día. Así, la mayor parte de la riqueza en EE. UU. ha ido a parar al 10% más adinerado, hasta el punto de que el 1% de los estadounidenses gana más que el 50% más pobre. ¿Es culpa de alguien? ¿Habría que intervenir para corregirlo?

Imperiofilia

En 2016, Elvira Roca Barea publicó Imperiofobia y la leyenda negra, un ensayo que se proponía desmontar las bases de un antiespañolismo que desde hace siglos habría estado tergiversando la historia de nuestro país, dentro y fuera de nuestras fronteras. Con más de 100.000 ejemplares vendidos, y defendido por figuras como Arcadi Espada, Mario Vargas Llosa o Isabel Coixet, su libro se ha convertido en un fenómeno social.

Ante este fenómeno editorial, el catedrático de de la Universidad Complutense de Madrid José Luis Villacañas propone en estas páginas una lectura bien distinta: «El éxito del libro es revelador de las escasas exigencias culturales de ciertas elites del país, quienes frente a un mundo que no entienden ni saben ya dirigir, necesitan de una legitimidad que Imperiofobia les ofrece de un modo brutal». De la Corona a la Inquisición, de Castilla a las Indias, el autor trenza aquí los pasajes más controvertidos de nuestra historia para revelar que, tras la supuesta incorrección política de Roca Barea, se esconde en realidad un ejercicio de blanqueamiento y manipulación ideológica.

Muchos son los puntos en los que el autor corrige con rigor las afirmaciones de Roca Barea. Selecciono unos cuantos.

Para Roca Barea parece que el mundo se divide entre seres humanos superiores e inferiores. Estos últimos son los que viven anclados en un prejuicio antiimperial, los portadores de la imperiofobia. La exaltación de la idea de Imperio recuerda aquello que se cantaba en los años 60: “Voy por rutas imperiales/ caminando hacia Dios”.

La primera afirmación sorprendente de Roca Barea es: No hay en esencia diferencia apreciable entre la imperiofobia y el antisemitismo o cualquier otra forma de racismo” (sic). Pocos historiadores apoyarían esta extraña afirmación.  La autora de “Imperiofobia) parece inspirarse en el supremacismo de Steve Bannon. Afirma Roca Barea: “Por un lado está el grupo que se siente superior frente a otro más débil. Esto es muy fácil. ¿Qué dificultad hay en verse superior cuando se pertenece al grupo más poderoso? La forma en que se manifiesta este racismo ya sabemos cuál es” (p. 120). Pues no parece tan claro, e incluso esta afirmación se podría volver en contra, ya que todo imperio se fragua en ser más poderoso que el vecino y así ir expandiéndose a base de conquistar al más débil. Pero ¿puede justificarse el “derecho de conquista”? 

Roca Barea llega a afirmar que el Imperio es una “forma de dominio que no es política ni militar. Es pura hegemonía e influencia” (sic) (pag 48). Pero ¿es imaginable que las conquistas de Cortés o Pizarro pudieran realizarse sin fuerzas militares, sin soldados? Pero Roca Barea se cura en salud, no se le puede pedir rigor histórico porque “Este libro trata en gran medida de creencias y opiniones” (pag. 51). Roca Barea no ve nada negativo en los Imperios. No hay violencia, ni invasiones, ni imposiciones, ni destrucción de culturas, ni oligarquías procunsulares, ni guerras de ningún tipo. Claro que se refiere al imperio español, no al Imperio Británico, siempre ávido de poder. Porque, no nos engañemos, Roca Barea no habla de los imperios en general ni de la idea de Imperio que tan abundantemente aparece en la Historia Universal (no le interesan para nada imperios como el otomano) pues se centra sólo en la defensa del Imperio español y (no sabemos muy bien por qué razones) del imperio de EEUU.

Un poco desorientada en cuestiones cronológicas Barea afirma inexplicablemente: “difícilmente habría habido una Italia del Renacimiento sin el paraguas de aquél Imperio (p.138). Pero si el Imperio español comienza con Carlos V (coronado emperador en 1520) en estos años el Renacimiento ya había dado de si sus mejores frutos (FRa Angélico muere en 1455, Donatello en 1466, Filippo Lippi en (1469), Botticelli en 1515) etc.

En fin así otras muchas lindezas como que luchar contra Francia es asumir la defensa del catolicismo, ¡Como si Francia fuera un poder sarraceno! No queremos ser exhaustivos. Ahí estás las 250 páginas del libro de Villacañas para quien quiera documentarse.

Reformas en la Iglesia

Este estudio de perfeccionamiento espiritual y moral se ve estimulado aun exteriormente por las condiciones en que la Iglesia desarrolla su vida. No puede permanecer inmóvil e indiferente ante los cambios del mundo que la rodea. De mil maneras éste influye y condiciona la conducta práctica de la Iglesia. Ella, como todos saben, no está separada del mundo, sino que vive en él. Por eso los miembros de la Iglesia reciben su influjo, respiran su cultura, aceptan sus leyes, adoptan sus costumbres. Este contacto inmanente de la Iglesia con la sociedad temporal le crea una continua situación problemática, hoy laboriosísima.

Por una parte, la vida cristiana, cual la Iglesia la defiende y promueve, debe continua y valerosamente evitar cuanto pueda engañarla, profanarla, sofocarla, tratando de inmunizarse del contagio del error y del mal; por otra, no sólo debe adaptarse a los modos de concebir y de vivir que el ambiente temporal le ofrece y le impone, en cuanto sean compatibles con las exigencias esenciales de su programa religioso y moral, sino que debe procurar acercarse a ellos, purificarlos, ennoblecerlos, vivificarlos y santificarlos; tarea esta que impone a la Iglesia un perenne examen de vigilancia moral y que nuestro tiempo reclama con particular urgencia y con singular gravedad.

Pablo VI