La cultura de la opulencia

Que el consumo se defina como un elemento estructural del sistema económico, al tiempo que como una actividad central en el proyecto de una vida feliz, implica que nuestro sistema económico tiene unos supuestos e implicaciones antropológicas que es necesario conocer.

Como sabemos, para que el consumo no se detenga es necesaria una cierta disponibilidad de renta que de ordinario obliga a conseguir altos niveles de empleo, así como facilidades de crédito, percepción de confianza y otras tantas variables con las que los gurús económicos de nuestro mundo nos ilustran a diario. Pero todas ellas serían sencillamente inútiles si el sujeto quedara satisfecho y ocioso desde el punto de vista del consumo. Es necesario, pues, lo que el departamento de investigación de la General Motors definió como “la creación organizada de la insatisfacción”, es decir, la invención de necesidades cuya satisfacción genera deseos nuevos que “no conducen sino a la decepción, siempre compensada por la promesa de una nueva decepción” estructuralmente inducida.

La conversión de simples deseos en necesidades que es crucial para la inducción al consumo,  es también la lógica interna del ‘capricho’, de modo que todo nuestro sistema económico depende para su viabilidad de la generación en el sujeto de la morfología moral y psicológica del caprichoso. Desde ahí resulta fácil apreciar que una cultura de la opulencia puede definirse como aquella en la que los sujetos experimentan psicológica y conductualmente como necesidades lo que son meros deseos. Esa es la manipulación del deseo que la cultura publicitaria suscita en aquellos a quienes convierte en consumidores adictivos.

Higinio Marín

Poder y autoridad

autoridad,

Poder no es lo mismo que autoridad, esto parece claro. En realidad el poder no pasa de ser una forma menor de la autoridad. La autoridad solo la tienes si te la reconocen los demás. La autoridad es una referencia fundada por la libertad de quienes la reconocen, de modo que no se enfrenta a la libertad del otro -como ocurre con el poder-, aunque pueda contrariarla, sino que persuade de lo mejor por el crédito que el otro le da, incluso a pesar de sus preferencias. Tiene autoridad quien ejerce una función cardinal y sirve de orientación para que otros miren y sepan dónde están y por dónde conducirse.

Ahora bien ¿cómo se llega a merecer la autoridad? La palabra autoridad  etimológicamente viene de “auctoritas”, que a su vez deriva del sustantivo “auctor” y del verbo “augere”. Tiene autoridad quien es autor y no mero actor de su vida. Es autor quien está en posesión de la propia vida y puede dar razón de su forma. Quien se conduce según unas convenciones dominantes o según criterios ajenos, vive una vida cuyo guión no escribe, sólo representa. Todos somos en cierta medida actores, porque nadie escribe del todo el guión de su vida, pero cabe ser más o menos autores de la propia vida mediante la asunción libre y consciente de lo que nos parece mejor para atenernos a eso con independencia de la opinión dominante.

Tener ideales e incorporarlos vitalmente es fuente de autoridad: es la clase de autoría que nuestros hijos esperan cuando nos requieren que demos razón de por qué vivir así y no de cualquier otro modo. Ciertamente ideales los hay de muchas clases. Alguna referencia más precia  nos aporta el segundo término emparentado con autoridad: “augure”, que significa aumentar, completar, dar plenitud a algo. Merece autoridad quien protagoniza una vida cuya principal orientación no es el éxito propio, sino que de un modo u otro procura el auge ajeno. Tiene autoridad quien se ocupa del auge ajeno y respecto de lo humano quien hace crecer la libertad.

Mundus

Estar en el presente es una cualidad indispensable para atisbar el porvenir. Sin hacernos cargo de la existencia (estar en el mundo) ni podemos comprender ni comprendernos. Higinio Marín ha escrito Mundus, que probablemente es el mejor ensayo filosófico aparecido en muchos años, para que nos demos cuenta de lo que significa vivir. 

Dice Anrrubia que para Marín “mundo es lo que tiene lugar por la presencia del hombre”.  Así, los radicales humanos, a saber, la libertad, la sexualidad, la propiedad y también el trabajo, conforman una cultura criada en barrica que el transcurrir del tiempo precipita en oxígeno respirable. Nuestro mundo es habitable en la medida en que nos ofrezcamos a ser lo que somos. Se trata de una onto-sociología basada en relaciones donales diacrónicas y sincrónicas que en la medida en que se nieguen nos hacen inhóspitos de nosotros mismos. De ahí que la amistad sea tan importante y que las páginas dedicadas a este tema ofrezcan, como casi todas las del libro, una gran profundidad y belleza. 

Mundus es al tiempo una bomba y una caricia. El mensaje del libro es explosivo porque su novedad obliga a replantear gran parte de la filosofía actual (y también de la teología). Y todo al tiempo que el autor acompaña al lector con una delicadeza y cercanía que dan placer al transcurrir de sus 490 páginas.

Estamos ante una obra magna, grande: original, profunda, contracultural, atrevida, en definitiva, genial. No es un texto para todos los públicos pero sí que es una lectura indispensable para el pensador que se reconozca como tal. La filosofía de Marín tiene regusto al decantamiento de esencias exquisitas en el fluir de un presente mudable. Este revisor no tiene más que motivos de agradecimiento por haber podido leer lo último de Marín, uno de los tres filósofos más interesantes con que contamos.

José Pérez Adán

libertad religiosa

“la libertad religiosa no es solo la libertad de un grupo social (los creyentes), sino una libertad fundamental, que –junto al derecho a la vida– es la base misma de cualquier sociedad civilizada. En junio de 2014, el Papa Francisco lo explicó del siguiente modo:

«La razón reconoce en la libertad religiosa un derecho fundamental del hombre que refleja su más alta dignidad, la capacidad de poder buscar la verdad y adherirse a ella, y reconoce en ella una condición indispensable para poder desplegar la propia potencialidad. La libertad religiosa no es solo la de pensamiento o de culto privado. Es la libertad de vivir según los principios éticos consiguientes a la verdad encontrada, sea privada o públicamente. Este es un gran reto en el mundo globalizado, donde el pensamiento débil –que es como una enfermedad– rebaja el nivel ético general, y en nombre de un falso concepto de tolerancia se termina persiguiendo a los que defienden la verdad sobre el hombre y sus consecuencias éticas».”

Belleza resucitada

En la resurrección del Crucificado hay espacio también para la -prometida y esperada belleza penúltima. Así el cristiano puede vivir los días laborales con el corazón de fiesta: la invocación y la espera de la eternidad garantizada en Cristo no son condena del destierro presente, sino redención y salvación de todo cuanto la fe en él y el amor alcanzarán a transfigurar desde dentro. Una vez más lo expresa la poesía, esta vez en la belleza singular del “Cant espiritual” de Joan Maragall:

Si el mundo ya es tan bello y se refleja,

Oh Señor, con tu paz en nuestros ojos,

¿qué más nos puedes dar en otra vida?

Así estoy tan celoso de estos ojos

y el cuerpo que me diste, y su latido

de siempre, ¡y tengo miedo a la muerte!

Pues ¿con qué otros sentidos me harás ver?

este azul que corona las montañas,

el ancho mar, y el sol que en todo luce?

Dame en estos sentidos paz eterna

Y no querré más cielo que este, azul.

Bruno Forte

Hacer bella y fuerte la vida

Mi tío murió como un hombre bueno y sencillo: hizo todo lo que pudo por ahorrar a los que le rodeaban el espectáculo de su dolor. “Cosa imperfectísima me parece -decía Santa Teresa- este aullar y quejar siempre, y enflaquecer el habla, haciéndola de enfermos; aunque lo estéis si podéis más, no lo hagáis, por amor De Dios”. Hay almas superiores que saben tener ese gesto supremo en sus angustias: mi tío fue de esas almas. Padeció atrozmente en sus últimos días; él decía que era como si tuviera cerca “unos perritos que venían a morderle”. Y cuando sentía los crueles aguijonazos, él intentaba sonreír y exclamaba: “¡Ya están aquí los perricos!” (…) Si hay un mundo mejor para los hombres que han paseado por la tierra con una sonrisa de bondad, allí estará mi tío Antonio, con su cadena de oro al cuello, oyendo eternamente música de Rossini. Azorín en «Las confesiones de un pequeño filósofo»

qué es la fe

¿Qué significa, «fe»? Es sentir, con profunda convicción, que somos criaturas de Dios; es una percepción practica del mundo invisible; es entender que este mundo no es capaz de hacernos felices, es mirar más allá de él y ver a Dios, darse cuenta de su presencia, esperar en Él, esforzarnos por aprender y hacer su voluntad y buscar en Él nuestro bien. No es un mero acto, intenso pero transitorio, una sensación interior arrolladora, una impresión o una opinión que nos sobreviene, sino un hábito, un estado espiritual firme y duradero. Tener fe en Dios es rendir el propio ser a Dios, poner humildemente los propios intereses, o desear que se nos permita ponerlos, en las manos de quien es Soberano Dador de todo bien. John Henry Newman. Sermones 3, 96

El escándalo de la muerte

En la modernidad nace como idea central en la comprensión del hombre la subjetividad. Con el Renacimiento y la Ilustración la historia bascula desde la idea de un cosmos físico y eterno al yo moral y mortal, titular de una dignidad máxima e incondicional desconocida en siglos anteriores. El hombre se convierte en un fin en sí mismo, nada prevalece sobre la dignidad individual, un nuevo concepto de dignidad que no es prestada, sino propia, inmanente y autofundada.

Pero permanece la muerte como realidad inexorable y entonces se consuma el escándalo. Porque he aquí que este individuo máximamente digno sufre la injuria máxima, que es su muerte, experimentada ahora en la plenitud doliente de su significado. Recuérdese que sólo lo particular muere, no lo general. El cosmos era aquella generalidad suprapersonal que existía eternamente, semejante a lo divino. 

Pero, tras el giro subjetivo, la fuente de ser se desplaza al individuo, que, como cualquier otro organismo viviente, muere de verdad y a fondo. En la modernidad, la muerte no es una vicisitud incidental en la corteza del ser, como en la cosmovisión premoderna, sino la negación absoluta del ser, su total y definitiva anulación. El escándalo se hace insoportable: si el individuo es aquel ser cuya perfección dignifica la vida, su destrucción supone la mayor de las indignidades imaginables. 

La muerte destruye absolutamente ese yo absoluto y borra sus huellas. El cosmos deja de comportarse con su más ilustre habitante como una naturaleza proveedora y maternal y se desenmascara como mundo injusto, lejos de ser divino, en extremo inhumano. Por primera vez en la historia de la humanidad, el hombre empieza a interrogarse inevitablemente ¿para qué vivir?

Javier Gomá en “Dignidad”

Libertad y salvación

Existo como un pequeño fragmento en la realidad ilimitada del mundo. Sin embargo, soy más grande que el mundo, porque mi pensamiento puede alcanzar y rebasar todas las cosas; más aún, es capaz de buscar lo que no se encuentra en el universo, a saber: el significado del universo. Me han sido dados unos pocos años de vida: he nacido y moriré. Sin embargo, mi pensamiento es capaz de atravesar estos estrechos límites y se plantea el problema de lo que había antes y de lo que habrá después. Estoy condicionado por mil instintos interiores y estoy manipulado por mil cosas exteriores que me solicitan. Sin embargo, puedo decidir libremente entre una acción y otra, entre una persona y otra, entre un destino y otro. En mi único ser hay, por tanto, algo que me hace pequeño, efímero, esclavo, y hay algo que me nace grande, duradero, libre.

Existo como alguien que pide ser salvado. Tengo sed de verdad sobre mi origen, sobre mi naturaleza, sobre mi suerte última, pero sé que el riesgo del error me acecha. Tengo sed de una alegría sin fin, pero sé que cada día que pasa me acerca al sufrimiento y a la muerte, y esta perspectiva me entristece ya desde ahora. Tengo sed de vivir en justicia, pero sé que soy, poco o mucho, repetidamente injusto. La salvación que necesito es, por consiguiente, salvación del error, de la muerte, de la culpa.

Esta salvación me ha sido dada por la bondad de Dios, que envió al mundo a mi Salvador: Jesús de Nazaret, crucificado y resucitado, que hoy está vivo y es Señor. El Señor Jesús me salva alcanzándome allí donde me encuentro, con una gratuidad y una misericordia inesperadas. Ahora bien, no me salva como un objeto inerte; al contrario, me concede aceptar libremente la iniciativa del Padre, a través del acto de fe; me concede configurarme libremente en mi conducta a su ley de amor; me permite entregarme libremente a la alabanza, a la acción de gracias, a la imploración a través de la oración 

Giacomo Biffi

¿La Iglesia es de derechas?

No falta gente convencida de que la Iglesia es fundamentalmente de derechas y busca imponer sus ideas anticuadas en un estado laico y a personas que no profesan el cristianismo.


La Iglesia levanta la voz en la esfera pública cuando un tema afecta al bien común, a menudo relativo a las libertades y a los derechos fundamentales, y en especial cuando puede ser la voz de los que no tienen voz.

Su autoridad para pronunciarse deriva de su autoridad moral y de su independencia como una de las organizaciones de la sociedad civil más antiguas e importantes del mundo. No es ni de derechas ni de izquierdas, no se alía con partidos políticos concretos, sino que defiende el bien común y el mensaje del Evangelio en su integridad. Sostiene la distinción entre lo político y lo religioso, defiende una «laicidad positiva» y rechaza tanto el fundamentalismo religioso como el laicismo agresivo que pretende prohibir la religión en el ámbito público.


En la actualidad la agenda política de la Iglesia católica puede resumirse en su doctrina social, desarrollada principalmente en el último siglo, más la defensa de la libertad religiosa, la libertad en la que se basan el resto de derechos y libertades.