Narciso

Narciso es el protagonista de un relato antiguo. Era un joven bellísimo que un día contempló su propia imagen reflejada en un espejo de agua. Se enamoró de ella ignorando que la imagen reflejada era él mismo. Se arrojó al agua y se ahogó.

Ningún relato ilustra mejor cuán engañosa es la felicidad fundada en el culto de sí, pero para mucha gente el alfa y la omega de la búsqueda de la felicidad reside en el propio «yo». Si el problema está en esto, en esto se encuentra también la respuesta. ¿Se necesita una aportación externa? Sólo para enriquecerse con ella. Es la felicidad posesiva que descarta fríamente todo lo que podría atraer al hombre fuera del propio nido. El que padece esta enfermedad puede sentirse feliz exclusivamente de sí. Este «cerrarse en el propio capullo» se ha difundido de modo sorprendente en los últimos decenios. Se tiene la impresión de que todas las fronteras se cierran, que puertas y ventanas están atrancadas, que la calefacción central esté abierta al máximo. El lecho de plumas parece haberse convertido en el santuario de toda la familia.

La publicidad colabora a la inflación del yo, como podemos constatar sobre los muros de nuestras calles: mi banco (mímame, mis dineros, mi interés, mi porvenir, mi seguridad…). «Tú» «él» casi han desaparecido.

La desaparición del espíritu de sacrificio produce una sociedad fría, que se hace también superconservadora. Se limita a preservar, no crea nada. ¡Y peor aún! Ante el sufrimiento, la búsqueda de la felicidad pierde su sentido: todo sufrimiento anula la felicidad. De este modo, el hombre se aleja de la verdad misteriosa para la cual la felicidad es bastante fuerte para integrar momentáneamente el sufrimiento y asumirlo. El sufrimiento contiene otra especie de felicidad, una felicidad de registro distinto, una felicidad que sólo conocen los que la han comprendido a la luz de la cruz, Pero algo está claro para cada uno de nosotros: quien quiere ser feliz aquí abajo, debe estar dispuesto a dar cabida al sufrimiento

Godfried Danneels

¿Es Dios bueno y todopoderoso?

A la vista del dolor y las desgracias sin fin que quebrantan la vida del hombre y en particular de los más indefensos, la idea de la existencia de un Dios bueno y personal requiere, para ser admisible, alguna razón por al que Dios no ‘pueda’ evitar tales desgracias, o dicho de otro modo, que tales desgracias tengan una causa que su omnipotencia no ‘pueda’ someter.

Que una voluntad omnipotente no ‘pueda’ evitar algo resulta desconcertante, y más si lo que supuestamente no puede evitar es el dolor y el sufrimiento de unas criaturas. La omnipotencia divina y el sufrimiento humano conjugan un escándalo que no parece mitigarse con la apelación a la culpabilidad del hombre, al tratarse en muchos casos de seres inocentes.

Para algunas personas lo anterior desemboca en la negación de la existencia de un dios con tales  con tales características o en la problematicidad de semejante idea de lo divino. Sin embargo, tal vez exista realmente algo que un Dios omnipotente y creador no pueda sojuzgar precisamente por ser omnipotente: la libertad que ha creado. 

Si existiera un Dios omnipotente y misericordioso que hubiera creado unos seres libres no podría someterlos sin faltar a la justicia con su propia obra, por gratuita que esta fuera. Más todavía, la omnipotencia necesaria para crear seres libres incluye el designio de su respeto fueren las que fueren las consecuencias.

Higinio Marín

Dios y la plenitud humana

“El profundo estupor respecto al valor y a la dignidad del hombre (de todo hombre) se llama Evangelio, es decir Buena nueva. Se llama cristianismo»Juan Pablo II
Nietzsche nos advirtió desde hace tiempo de que la “muerte de Dios” es perfectamente compatible con una “religiosidad burguesa”. El no pensó ni por un momento que la religión se hubiera acabado. Cuando hablaba de la muerte de Dios, lo que ponía en cuestión era la capacidad de la religión para mover a la persona y abrir su mente. La religión se ha convertido en un producto de consumo, una forma de entretenimiento, una forma de consuelo para los débiles o una empresa de servicios emotivos, destinada a satisfacer algunas necesidades irracionales mejor que nadie. Aunque pueda sonar unilateral, puede que Nietzsche tuviera razón.
En esta situación histórica del hombre, donde el cristianismo debe mostrar su relevancia antropológica, su conveniencia humana, precisamente por su capacidad de “mover a la persona y abrir su mente”, el hombre de hoy tomará en serio la propuesta cristiana si la percibe como una respuesta significativa a sus necesidades fundamentales. Para ello el cristianismo cuenta con un gran aliado: todas las dificultades que vive el hombre de hoy no consiguen arrancar de su corazón la esperanza de alcanzar su plenitud humana.
Julián Carrón

La alegría es fuerza

La alegría es oración. La alegría es fuerza. Es como una red de amor que coge a las almas. Dios ama al que da con alegría. El que da con alegría, da más. No hay mejor manera de manifestar nuestra gratitud a Dios y a los hombres que aceptar todo con alegría. Un corazón ardiente de amor es necesariamente un corazón alegre. No dejéis nunca que la tristeza se apodere de vosotros hasta el punto de olvidar la alegría de Cristo resucitado. Continuad dando Jesús a los demás, no con palabras sino con el ejemplo, por el amor que os une a él, irradiando su santidad y difundiendo su amor profundo, id por todas partes. Que vuestra fuerza no sea otra que la alegría de Jesús. Vivid felices y en paz. Aceptad todo lo que él da y dad todo lo que él toma con una gran sonrisa. Madre Teresa de Calcuta.

¿legalizar el cannabis?

Un tema que ha suscitado un amplio debate social desde hace tiempo es si, dado el amplio uso del cannabis, convendría o no legalizar su uso. El tema se aborda en un amplio artículo publicado en The Lancet el pasado 26 de octubre de 2019.

Como en él se comenta, el cannabis ha sido una droga de uso ilícito durante más de 50 años. Sin embargo, más de 192 millones de adultos lo usaban en el mundo en 2016, casi un 4% de la población adulta.

Según se destaca en el artículo de The Lancet:

  1. El cannabis es la droga ilícita de mayor consumo en el mundo.
  2. Canadá y dos estados de Estados Unidos han legalizado la producción y venta de cannabis para uso medicinal y recreativo.
  3. En Canadá y ciertos estados de Estados Unidos, se utilizaban diversos derivados del cannabis en medicina, aunque no hay evidencia de su eficacia y seguridad.
  4. Frecuentes programas en los medios de comunicación de Canadá y algunos estados norteamericanos han difuminado la frontera entre ser medicinal y no medicinal.
  5. La legalización de la producción del cannabis en Estados Unidos puede haber reducido el mercado negro y permitido a los gobiernos promover una tasa económica para el uso del cannabis, pero el uso mayoritario de esta droga no está regulado y sus precios han disminuido estrepitosamente desde su legalización.
  6. La legalización del cannabis, que por otro lado, la industria que lo manipula tiene un gran interés en promocionar ha incrementado su uso entre los adultos en Estados Unidos.
  7. Los efectos en la salud de los usuarios aún no se han podido determinar adecuadamente.
  8. Finalmente las consecuencias de la legalización del cannabis, así como de otras drogas, especialmente el alcohol, el tabaco y otros opiáceos, no se conoce.

El artículo concluye que la legalización de la producción y comercialización del cannabis para uso medicinal y de recreo en los Estados Unidos puede transformar el mercado del cannabis a nivel mundial, habiendo favorecido el desarrollo de una floreciente industria, interesada en promover el uso regular del cannabis, por lo que el mínimo de consumidores se ha incrementado sustancialmente.

En nuestra opinión, de lo que no cabe duda es que el uso habitual del cannabis tiene perjudiciales efectos secundarios, por lo que cualquier medida que favorezca su uso, debería ser considerada con gran precaución.

El silencio en Adviento

Creo que el Adviento es un tiempo de silencios sagrados. En los que callo para oír la voz de Dios en el desierto de mi alma. El silencio y el amor están unidos.Comenta el Papa Francisco en Amoris Laetitia: En el amor los silencios suelen ser más elocuentes que las palabras. Es Dios en ese silencio en el que me debato buscando respuestas. Ese silencio incómodo en el que espero oír su voz cuando permanece callado. O una señal que me indique cómo seguir buscando.Comenta el Papa Francisco en este Adviento: En estos tiempos inquietos en que vivimos el misterio de la Encarnación nos recuerda que Dios siempre nos sale al encuentro y es el Dios-con-nosotros, que pasa por los caminos a veces polvorientos de nuestra vida y, conociendo nuestra ardiente nostalgia de amor y felicidad, nos llama a la alegría.Ese Dios que está conmigo, que sale a mi encuentro. Ese Dios que acampa en mi alma. Que viene a buscarme a mi silencio. Allí donde no hay voces. Donde apenas oigo. Viene para que haga silencio acallando mis gritos. Calmando mis ansias y agobios. Levantando mi desánimo en medio de mi tristeza. Quiero aprender a guardar silencio.Me duele hacer silencio, contemplar. Me duele permanecer solo, sin nadie a mi lado que me sostenga. Prefiero volcarme en el mundo para no pensar. Porque sé que si pienso sufro. Si callo me agobio. Me abismo en la oscuridad del alma buscando resquicios de una luz sagrada que me calme (…) El silencio del amor es elocuente. ¿Qué haces? Me preguntan. Nada. Respondo. Y acompaño la vida del que amo. Del que sufre a mi lado. Del que me necesita. Porque necesita más mi presencia que mis palabras. Porque las palabras no pueden contener todo lo que siento, lo que amo y lo que sufro. Porque en una palabra no cabe toda la eternidad. Quedaría reducida a un concepto vano y frío, demasiado pequeño.Me gusta el silencio de María y José buscando posada. Un silencio inmenso. En medio de la incertidumbre de la vida que no controlo. Callan José y María. Yo también callo. Quiero guardar silencio ante mi amado que me busca. En esa cueva llena de silencios en la que Dios se vuelca. Y se hace carne. Y se hace noche llena de paz y plena de esperanza. Y se hace luz y estrella.

Carlos Padilla

Izquierda y derecha comparten la misma filosofía

Nueva Revista entrevista a Patrick Deneen, autor de «¿Por qué ha fracasado el liberalismo?»

¿Cómo resumiría el tema de su libro?  
–Mi argumento es que el liberalismo como proyecto social, político y económico ha fracasado no por no haber estado a la altura de sus propias aspiraciones, sino por haber triunfado en lo que pretendía llevar a cabo: crear un mundo en el cual los seres humanos estarían en gran medida liberados unos de otros, y particularmente liberados unos de otros por medio del mecanismo de la despersonalización del Estado y de la despersonalización del mercado. En la medida en que la gente ha descubierto que está libre de los otros, más se ha hallado sujeta a las fuerzas de un mercado globalizado y de un Estado cada vez más distante. Muchas de nuestras crisis políticas actuales, lo que estamos viendo en Occidente, son una reacción simultánea contra ese sentido de impotencia respecto de un mercado globalizado y frente al Estado. Es en parte lo que está sucediendo con el Brexit, con el alza del populismo en Occidente, con la Unión Europea; lo que ha contribuido al ascenso de Donald Trump. Lo anterior se manifiesta también en muchas patologías sociales, como la soledad, el suicidio, la adicción a los opiáceos… De tal manera que surge una suerte de crisis política, pero también una crisis de la vida humana. Mi razonamiento en el libro es que justamente el éxito del proyecto de liberarnos unos de otros ha provocado ciertas patologías: políticas, sociales y económicas.

–¿Qué se desconoce del liberalismo con frecuencia y sin embargo conviene conocer?
–La parte de mi libro que probablemente haya recibido más atención quizá sea la que describe el liberalismo como una doctrina con una dimensión progresista y conservadora a la vez, o, dicho de otra manera, de izquierdas y de derechas. Ha servido mi ensayo para ilustrar que en gran medida la izquierda y la derecha comparten la misma filosofía básica del liberalismo. El gran debate de los últimos cincuenta años ha sido ganado por los mecanismos de despersonalización del mercado en el campo de la derecha política, y por los mecanismos de despersonalización del Estado en el campo de la izquierda política. Ambos, el Estado y el mercado, han crecido en la misma medida en que nos hemos fracturado más o fragmentado más.   

La cultura de la opulencia

Que el consumo se defina como un elemento estructural del sistema económico, al tiempo que como una actividad central en el proyecto de una vida feliz, implica que nuestro sistema económico tiene unos supuestos e implicaciones antropológicas que es necesario conocer.

Como sabemos, para que el consumo no se detenga es necesaria una cierta disponibilidad de renta que de ordinario obliga a conseguir altos niveles de empleo, así como facilidades de crédito, percepción de confianza y otras tantas variables con las que los gurús económicos de nuestro mundo nos ilustran a diario. Pero todas ellas serían sencillamente inútiles si el sujeto quedara satisfecho y ocioso desde el punto de vista del consumo. Es necesario, pues, lo que el departamento de investigación de la General Motors definió como “la creación organizada de la insatisfacción”, es decir, la invención de necesidades cuya satisfacción genera deseos nuevos que “no conducen sino a la decepción, siempre compensada por la promesa de una nueva decepción” estructuralmente inducida.

La conversión de simples deseos en necesidades que es crucial para la inducción al consumo,  es también la lógica interna del ‘capricho’, de modo que todo nuestro sistema económico depende para su viabilidad de la generación en el sujeto de la morfología moral y psicológica del caprichoso. Desde ahí resulta fácil apreciar que una cultura de la opulencia puede definirse como aquella en la que los sujetos experimentan psicológica y conductualmente como necesidades lo que son meros deseos. Esa es la manipulación del deseo que la cultura publicitaria suscita en aquellos a quienes convierte en consumidores adictivos.

Higinio Marín

Poder y autoridad

autoridad,

Poder no es lo mismo que autoridad, esto parece claro. En realidad el poder no pasa de ser una forma menor de la autoridad. La autoridad solo la tienes si te la reconocen los demás. La autoridad es una referencia fundada por la libertad de quienes la reconocen, de modo que no se enfrenta a la libertad del otro -como ocurre con el poder-, aunque pueda contrariarla, sino que persuade de lo mejor por el crédito que el otro le da, incluso a pesar de sus preferencias. Tiene autoridad quien ejerce una función cardinal y sirve de orientación para que otros miren y sepan dónde están y por dónde conducirse.

Ahora bien ¿cómo se llega a merecer la autoridad? La palabra autoridad  etimológicamente viene de “auctoritas”, que a su vez deriva del sustantivo “auctor” y del verbo “augere”. Tiene autoridad quien es autor y no mero actor de su vida. Es autor quien está en posesión de la propia vida y puede dar razón de su forma. Quien se conduce según unas convenciones dominantes o según criterios ajenos, vive una vida cuyo guión no escribe, sólo representa. Todos somos en cierta medida actores, porque nadie escribe del todo el guión de su vida, pero cabe ser más o menos autores de la propia vida mediante la asunción libre y consciente de lo que nos parece mejor para atenernos a eso con independencia de la opinión dominante.

Tener ideales e incorporarlos vitalmente es fuente de autoridad: es la clase de autoría que nuestros hijos esperan cuando nos requieren que demos razón de por qué vivir así y no de cualquier otro modo. Ciertamente ideales los hay de muchas clases. Alguna referencia más precia  nos aporta el segundo término emparentado con autoridad: “augure”, que significa aumentar, completar, dar plenitud a algo. Merece autoridad quien protagoniza una vida cuya principal orientación no es el éxito propio, sino que de un modo u otro procura el auge ajeno. Tiene autoridad quien se ocupa del auge ajeno y respecto de lo humano quien hace crecer la libertad.

Mundus

Estar en el presente es una cualidad indispensable para atisbar el porvenir. Sin hacernos cargo de la existencia (estar en el mundo) ni podemos comprender ni comprendernos. Higinio Marín ha escrito Mundus, que probablemente es el mejor ensayo filosófico aparecido en muchos años, para que nos demos cuenta de lo que significa vivir. 

Dice Anrrubia que para Marín “mundo es lo que tiene lugar por la presencia del hombre”.  Así, los radicales humanos, a saber, la libertad, la sexualidad, la propiedad y también el trabajo, conforman una cultura criada en barrica que el transcurrir del tiempo precipita en oxígeno respirable. Nuestro mundo es habitable en la medida en que nos ofrezcamos a ser lo que somos. Se trata de una onto-sociología basada en relaciones donales diacrónicas y sincrónicas que en la medida en que se nieguen nos hacen inhóspitos de nosotros mismos. De ahí que la amistad sea tan importante y que las páginas dedicadas a este tema ofrezcan, como casi todas las del libro, una gran profundidad y belleza. 

Mundus es al tiempo una bomba y una caricia. El mensaje del libro es explosivo porque su novedad obliga a replantear gran parte de la filosofía actual (y también de la teología). Y todo al tiempo que el autor acompaña al lector con una delicadeza y cercanía que dan placer al transcurrir de sus 490 páginas.

Estamos ante una obra magna, grande: original, profunda, contracultural, atrevida, en definitiva, genial. No es un texto para todos los públicos pero sí que es una lectura indispensable para el pensador que se reconozca como tal. La filosofía de Marín tiene regusto al decantamiento de esencias exquisitas en el fluir de un presente mudable. Este revisor no tiene más que motivos de agradecimiento por haber podido leer lo último de Marín, uno de los tres filósofos más interesantes con que contamos.

José Pérez Adán