Al salir de casa

Dirígete al ángel custodio. Pero no solo para que te preserve de los peligros o para que te consiga evitar las múltiples insidias del mal. Pídele para que te ayude a afrontar los riesgos de los choques. Que te libre de los prejuicios, de las sospechas injustificadas, de la desconfianza, de las obstrucciones que te impiden estar disponible para las sorpresas.

Pídele que te disponga a aprender de cualquiera, preparado para recibir hasta de ése de quien piensas que eres tú quien tiene que darle. Rézale para abundar en atención, para ser grande en capacidad de escucha, para que la mano del ángel te pare cuando, fastidiado, querrías escabullirte, pasar de largo. Para tener la generosidad más difícil: la confianza.

Rézale para lograr sospechar que puedes descubrir algo hermoso, bueno, verdadero, allá donde no te esperarías nada. Para dejarte sorprender por lo imprevisible. Para caer en la cuenta de que, con cualquiera que te encuentres, también el pobre que te alarga la mano o el viejecito que te cuenta sus recuerdos que ya has oído tantas veces, puede ser “enviado” por Dios con su mensaje para entregártelo hoy.

Sí, el ángel va contigo no sólo para cubrir tu cabeza con la sombrilla de la protección divina, sino también para pedirte que camines con la cabeza descubierta para afrontar los riesgos, para capturar ese rayo de sol “imposible” en un día nublado, para recoger una canica dorada en un charco. Para descubrir que en tu camino no sólo existen peligros, sino también oportunidades.

Un comentario en “Al salir de casa

  1. Claudia Lars tiene unas poesías muy lindas a los Angeles.

    Me salva de mí misma:
    huésped del alma en alma devolviendo
    la palabra que abisma,
    lo que entiendo y no entiendo
    por este viaje en que llorando aprendo.

    Amoroso elemento
    forma su fina y leve arquitectura;
    con ágil movimiento
    de flor sin atadura
    abre su vuelo reino de blancura.

    Sube de mí, conmigo,
    a cumbres de silencio, a ruido vano;
    siendo el eterno amigo
    con invisible mano
    siembra fuego cantor en barro humano.

    Su llamada secreta
    colma venas de noche, luz vigía;
    es canción y saeta,
    profunda compañía,
    íntimo sol… para mi breve día.

    Le he visto por la nube
    con rabel de pastor cuidando sueños;
    por su arboleda anduve
    sobre aromas pequeños,
    y era el abril de verdes abrileños.

    Cuando el clavel tenía
    edad de tierna boca adolescente;
    cuando el gorrión ponía
    aleteo en mi frente,
    él ya me daba su lección paciente.

    Mi soledad le pide
    alta verdad y voz corregidora;
    sé que su tiempo mide
    vida razonadora
    y miseria viviente, hora tras hora.

    Calor sin mengua vierte
    en puertasola, bajo nieve hundida;
    amando me convierte
    en amante aprehendida,
    y ya no puedo estar semidormida.

    Contraluz de mi pecho
    a veces me lo vuelve casi nada;
    mas del soplo deshecho
    su pena derramada
    es goce de otra cita enjazminada.

    Isla de mar adentro,
    donde dulce marea crece y canta;
    iluminado centro
    que hasta el cielo levanta
    angélico poder de mi garganta.

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