Lo que está mal en el mundo

“¿Qué está mal en el mundo?”, deberíamos responder como se dice que Chesterton hacía cuando le preguntaban. “Yo”, replicaba.

El problema es que nosotros somos el problema. Es la humanidad caída y rota la que está en la raíz de lo que está mal en el mundo.

“Yo”, dice Chesterton.

“Nosotros”, deberíamos responder, a coro.

“No se ha probado y encontrado imperfecto al ideal cristiano”, dice Chesterton, “se le ha encontrado difícil y ni siquiera se ha intentado” (Lo que está mal en el mundo, I, 5, El templo inacabado).

Y ése es el problema. Eso es lo que está mal.

Se nos pide amar, que consiste en entregar nuestra vida por los demás, pero esto solo es posible si tenemos la humildad de ponernos a nosotros mismos en segundo o último puesto.

Si somos orgullosos en vez de humildes, nos pondremos a nosotros en primer lugar y a los demás en segundo o último plano. Si somos orgullosos, exigiremos nuestros derechos y no asumiremos nuestras responsabilidades. Y si no ponemos nuestras responsabilidades por delante de nuestros derechos, no podremos ser buenos esposos, buenos padres ni buenos ciudadanos. Nos moverán nuestras propias exigencias de lo que queremos, y no las exigencias que nos plantean quienes necesitan nuestro amor. Nosotros seremos el problema. Nosotros seremos lo que está mal en el mundo.

Si somos orgullosos, contemplaremos las cosas en términos de derecha e izquierda, y no en términos del bien y del mal. Habremos sustituido la buena moral por la mala política.

Joseph Pearce

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