Derechos humanos depredados

A veces, hay que decir la verdad; y la verdad es sin más lo que hay. Pero no al modo con que el fiscal puede decirlo en un juicio penal: ¡es usted un farsante! Para acusarnos y condenarnos. Sí, a los ancianos, a los desahuciados, hay que decirles la verdad, al menos la que ellos quieren saber. Pero no inducirles, con nuestro malestar o con nuestro silencio culposo, que estorban, que son sobreros. Sería cruel e inhumano. Muchos, en esta situación terminal, en la que por otro lado todos nos encontramos -la salud, se dice de modo jocoso, es un estado provisional que no augura nada bueno- se verán psicológicamente presionados para solicitar la eutanasia. Sí, es una ley garantista, como se ha dicho, pero para no cuidar de los que chochean. Garantista de los que se quedan sin hacer la faena y con la herencia. Garantista de los sanos, no de los sufrientes.

No hay nada nuevo bajo el sol. Por más que lo vendan como panacea humanitaria, es el mismo argumento de siempre: los otros, los diferentes, los débiles, deben seguir siendo los parias, porque así ha sido siempre. Es lo que hace años explicaba Janne Haaland Matlàry, en ‘Derechos humanos depredados’: caminamos hacia un relativismo que hace del deseo un derecho. Marx lo explicitó indicando que el derecho es la superestructura de los pudientes para conservar su ‘estatus quo’.

Pedro López

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