Ateísmo resignado

En los tiempos que nos ha tocado vivir contemplamos una multitud de personas que ya no creen en Dios y, por tanto, no esperan nada más allá de la actual vicisitud temporal inmediata. Estamos ante un ateísmo resignado e indoloro. Cómo se echa de menos ese sincero ateísmo dramático de los existencialistas del siglo XX.

Samuel Beckett definió la situación humana como un “vagabundear de gusanos” separados por un gran intervalo, “solos, entre la mugre, más aún, en la oscuridad”. Pero a continuación se sigue, con lógica interna el “bramido” en que estalla el deseo “de algo más importante en lo que haya amor”. Desde el abismo desde la última miseria del hombre apartado de Dios se alza aquí, de nuevo, el grito desesperado, por más que una y otra vez queda sin respuesta.

“Es la historia del “hijo pródigo” traducida a la realidad de nuestra época -dirá Ratzinger-: el ser humano que con su falsa libertad se ha convertido en el último esclavo, ha sido reducido a cuidador de cerdos e incluso envidia a los cerdos”. Esperemos que algún día recuerde también a su Padre.

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